La década insomne


Abro una revista con fingido descuido y leo…

¿Cuál es tu secreto para lucir esa piel, Angelina?

Me cuido poco, la verdad, trato de beber mucha agua y dormir más de ocho horas al día.

Pues me vas a perdonar pero me voy a cagar en tus muelas, Angelina, porque te juro que yo beber, bebo lo mío e incluso también lo tuyo, pero de dormir hace tiempo que me olvidé. 

Todos los informes de señores estudiosos y sesudos parecen coincidir en una cosa: cuando una persona no duerme lo suficiente, se van al carajo los mecanismos que regulan su salud mental, provocando que los centros emocionales de su cerebro comiencen a reaccionar excesivamente ante experiencias negativas. Será esa la razón por la que me eché a llorar desconsolada ayer porque los de Carrefour on line no trajeron el pedido en hora y cuando llegó el señor repartidor, le arañé la cara con saña, además de con mis propias manos. 

Leo y releo, desde estudios médicos hasta locos experimentos de laboratorio donde obligan a diez incautos a no dormir en dos días y luego les hacen enhebrar cien agujas, sólo con la intención de sentirme persona normal y no un raro espécimen que se vuelve obtusa el día que sólo ha dormido tres horas, y en ocasiones, ni siquiera seguidas. Afortunadamente, todo cuanto leo me lleva a la misma conclusión: la falta de sueño hace que una se vuelva primitiva y dispersa. Eso es así. Y saberlo me hace sentir bien. Mi yo gregario despierta entonces y se alegra como un loco por formar parte de la comunidad insomne, compartiendo con ella síntomas, falta de concentración y mala leche. Mucha mala leche. 

Como Lanaturaleza es sabia y muy ladina, te va preparando durante el proceso de gestación para esta fase de vigilia extrema. Entonces comienzas a segregar una hormona de largo nombre llamada gonadotropina coriónica humana, GCH para amigos y familiares,  que te hace mear cada minuto y medio. Qué bien. Te pasarás los primeros seis meses de embarazo miccionando como las locas por culpa de Lahormona; y los tres últimos, haciéndolo de similar manera por culpa del tamaño y posición de tu vejiga, que viene a ser lo mismo que un filete empanado aprisionado entre tanto órgano vital en busca de hueco. Sea cual sea el motivo, duermes poco tirando a casi nada, porque entre que te levantas, te das con algún mueble, enciendes la luz para no volverte a dar, te quejas por el chichón, miccionas y vuelves a la cama, ya se te han despertado las pocas neuronas libres y tardarás de doscientas a trescientas ovejas en volverte a dormir. 

Este proceso de entrenamiento o “coaching embrionario” no hace que mejore en nada tu situación al nacer el miniser, porque entonces literalmente dejas de dormir. Sin exageraciones. Nada. Cero. Pelotero. Puede que te despierten esos terrores nocturnos en los que aparece volando un enorme pájaro que quiere llevarse a tu bebé en el pico; o que te levantes ene veces para ver si el niño respira o no, poniéndole compulsivamente el espejo del baño frente a la nariz; o que el estómago del bebé glotón le despierte cada tres horas para hacerle geolocalizar con ansia tu teta. Vamos, que entre unas cosas y otras, el ritmo loco y dicharachero de tu noche ya lo querría para sí Callejeros. 

Con el primer hijo, esta etapa es francamente traumática, similar a las torturas psicológicas en las que el malo del este evita que el americano bueno y cautivo duerma, encendiéndole una lamparita frente a los ojos. Creo recordar que yo llegué a quedarme dormida de puro agotamiento dándole el pecho a Lamayor en la cama, con la mano asida al cabecero para evitar un vuelco, como si fuéramos en el autobús. En alguna ocasión también, Marido tuvo que retirar al bebé lactante de mi cuerpo y depositarlo en su cuna ante la imposibilidad de que yo moviera brazo alguno. No sé si debido a una mala interpretación por su parte del concepto broma, o porque él también se había quedado dormido en el suelo por pura desorientación y no pudo reubicarme, desperté en esa posición más de una mañana. 

Si piensan que el destete mejora en algo el escenario, vayan quitándoselo de la cabeza. Como ven, estoy positiva yo hoy. Quizá haya posibilidad de encasquetarle la toma nocturna al padre, por aquello de afianzar el vínculo paterno-filial, pero tampoco lo esperen demasiado rato. Hay algunos que se hacen los dormidos con tal fuerza que ni un Panzer aparcando en mitad del descansillo lograría interrumpir la placidez de su sueño ni la fuerza con la que aprietan los ojos. 

En los años sucesivos, y a medida que el miniser se va haciendo personita, encontrará motivos variopintos para despertar al progenitor: “Se me ha caído el chupete”, “Quiero agua”, o el famoso “Hoy lloro porque sí”, luego el “Mamapis”, el “Tengo miedo”, para terminar con el “Mamá, ven y límame esta uña” como me pasó a mí anoche. 

Si hablan con madres y abuelas experimentadas, todas coinciden en que la curva de despertares nocturnos comienza a decaer en torno a la edad de diez años, periodo en que los niños suelen dormir como cochinillos debido a la cantidad de extraescolares que les enchufamos para complementar su desarrollo. Esta época de bonanza y alegría familiar por el buen dormir durará exactamente cuatro años, momento en que el crecido miniser comienza a tener vida social y gusto por la marcha y el pizpiretismo nocturno. En ese momento llegarán de nuevo los terrores referentes al pájaro gigante y alguno más que no me apetece siquiera imaginar. 

Pensarán que soy muy dramática y llevarán toda la razón, pero tengan en cuenta que llevo cuatro años durmiendo muy malamente y que mis biorritmos ya no son lo que eran… Por delante me queda la terrible visión de futuro de seis u ocho largos años de somnolencia diurna y mala leche, hasta completar la década insomne. Qué bien, mari, qué bien.

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Cosas D’Ambulatorio


Con el inicio del curso y la convergencia en una misma estancia de diversos miniseres escolares, con mocos y estafilococos también diversos, se inicia una divertida etapa de enfermedades múltiples y ataques bacteriológicos, digna de Armageddon o peli americana con similar gusto por la catástrofe.

En los últimos días, Lapequeña, neófita en esto del traspaso de mocos y babas a extraños, se ha hecho merecedora de dos gordos galardones, a saber: “Al virus rapidillo”, que presto atacó el segundo día de guardería y “Al virus sibilino” que llegó con sus vomitonas y sin que nadie lo esperara, una noche de jueves a las tres de la mañana.

Lamayor, más curtida en los quehaceres de los ataques virales, no ha contraído aún ningún amigovirus nuevo, o al menos no le ha gustado ninguno lo suficiente como para traerlo a casa y presentarle a sus padres; eso sí, ha adquirido con amor de hermana todos los que Lapequeña traía al hogar y además ha generado por sí misma una alergia medicamentosa, para no ser menos y para que nadie dude de que además de aceptar bichos ajenos, puede generar sus propios males. Faltaría.

Sea como fuere, con ésta que acabo de superar cum laude, son cuatro las tardes que he pasado en urgencias en las últimas semanas. Echando el rato allí, oye, tan pichi. Es tal el vicio que tengo que sopeso seriamente quedarme a dormir en la sala de extracciones, provista como está de camas mullidas y sándwiches de jamón y queso para dar y tomar. Como temo que me lo impidan, y el aparcamiento está fatal por esos lares, me he hecho una nota manuscrita para poner en el cristal cada vez que dejo el coche digamos de forma tirando a ilegal. “Estoy en urgencias” reza el papelín, como si este texto tuviera el poder mágico de salvaguardarme de multas y broncas por parte de la autoridad competente, llegado el caso.

Aunque la señorita de admisión me pide la tarjeta cada vez que llego, es un mero formalismo que mantenemos sólo por guardar las formas. Ambas sabemos que ella conoce al dedillo mi nombre completo, el de mis hijas, el de mi familia de Murcia, mi color favorito, mi postura para dormir y mi contraseña del ordenador. Pase y espere en la salita. En breve les llamaremos. Y entonces yo le guiño un ojo para que sepa que entiendo su fingida frialdad y reafirmar así que estamos en la misma onda.

Paso a la salita y saludo a los allí presentes. Hombre, Jaime, ¿otra vez varicela?. Huy, qué mayor estás MariLuz, has dado un estirón desde el jueves.  Carmen, Lamadre rubia y espigada, era hoy la encargada de traer los bollos, pero se le ha olvidado, así que alguien va a la máquina y saca unas Lays. Con esto y un par de zumos del Mercadona, ya tenemos merendola. Tentada estoy de sacar del maletero unas Mahous, pero me reprimo sólo por el qué dirán.

Me atienden rápido, palpan, pinchan, recetan y me voy por donde he venido, cargando sobre el hombro izquierdo una niña dolorida y agotada de llorar y soportar cuarenta de fiebre, y sobre el derecho, tres barbies y una marioneta de calcetín que me traje para entretenerla durante la espera.

Camino de casa, y tras golpearme en la frente con la palma abierta para dramatizar más la situación, caigo en la cuenta de que no le he pedido a Lamadre de rojo su email y no le voy a poder pasar ese enlace tan gracioso del mono borracho. Es tal el nivel de afinidad emocional que se alcanza con los demás padres que una se siente sola cuando vuelve a casa y piensa que quizá nuestros virus no vuelvan a coincidir.  Afortunadamente, la Providencia se encarga siempre de dar nuevas oportunidades en esta vida y cuando llego a casa me encuentro a “Laotrahija” con los mismos síntomas de su hermana. Suelto a una en el sofá, cojo a la otra y corro presta a ver si aún no han terminado la partida de mus en la salita y me da tiempo de envidar a alguien.

– Otra vez por aquí – oigo que alguien dice tras mi oreja izquierda – Oye, a ver si vas a tener que pagar alquiler. Risita absurda como colofón a un ingenioso chascarrillo de ambulatorio.

– Huy, qué va, jajaja – contesto yo con la risa fingida más natural que encuentro. A ver si te voy a dar una patada en los morros y la próxima en ingresar vas a ser tú. Pero eso sólo lo pienso, no lo digo, por eso no he puesto guión y lo he escrito así, todo seguido.

Por abusona, repetitiva y ansiosa, me confinan al último puesto de la lista de espera, obligándome a socializar de nuevo con el resto de padres. 

– ¿Y la tuya cuánta fiebre tiene? – pregunta el típico padre competitivo.

– Setenta y dos – contesto yo para atajar toda enumeración de síntomas que sólo persiguen ver quién tiene el hijo más enfermo.

Misteriosamente a mi hija se le pasan todos los males de forma fulminante y me sugiere con empujones que en vez de penar y sudar sobre mi pecho, prefiere bajar al suelo para jugar a hacer la croqueta con un niño disfrazado de Superman que se ha tragado un puñao de minas de colores y cuando vomita dibuja la bandera gay.  Me resisto en un principio, no vaya a venir el señor doctor y nos pille a todos en actitud festivalera; pero el amor de madre me puede y finalmente accedo, es más, acompaño sus juegos con palmitas e incluso me arranco con alguna canción. Acto seguido llega el señor doctor con una duda circunvalándole el gorrillo verde… Usté no tenía nada mejor que hacer esta tarde y por eso ha venido a hacernos perder el tiempo a los profesionales del sector, ¿verdad?. Eso lo piensa, pero no lo dice. Gentilmente, me acompaña hasta la consulta mientras yo exagero a más no poder los síntomas de mi hija para que el señor doctor vea que la enfermedad además de real, es seria, y que si he venido ha sido porque es urgente. Adicionalmente le enumero y cuento anécdotas de todos mis amigos de Facebook para que vea que sí tengo vida propia, y a raudales, además.

Su juicio clínico podría haberlo dado yo, desde el cariño lo digo. Es un virus. Antitérmicos, mucha agua y reposo. Perfecto. Si sustituyes los antitérmicos por antidepresivos y el agua por sangría, es justo lo que yo necesito en este momento.

Cuando llego a casa me tiro como un fardo sobre el sofá mientras exclamo esa frase tan de madre ¡Es la primera vez que me siento en tol día!. De repente recuerdo que hay vida humana fuera del ambulatorio y corro a por el móvil. Seis guasaps, dos llamadas perdidas, tres mensajes, doce emails, dos peticiones de socorro inmediato, un concurso que me ofrece un sueldo para toda la vida si termino con éxito un trabalenguas y los dos consabidos huevos duros. ¿Por qué será que las crisis me pillan siempre mirando hacia el otro lado?

Me angustio y temo el desmayo, porque soy de rápido hiperventilar, pero me contengo porque yo a urgencias hoy no vuelvo, así te lo digo, que como siga a este ritmo me van a tomar por el Mocito Feliz de toda la sanidad madrileña…

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Síndrome feo ataca a Madre


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Una mañana te levantas como revuelta, tensión abdominal, dolor doloroso, mala leche generalizada… Como puedes arrancas a andar, pensando que no quieres estar aquí pero tampoco te apetece estar en ningún otro lado. Los sonidos te molestan, la luz te molesta, tú misma te molestas. Miras las paredes de tu habitación y te planteas qué tipo de gilipollez supina te encharcó el raciocinio el día que decidiste pintarla de ese color. ¿Y esos cojines? ¿Estás de coña? Si más feos no los hacen…

Entras en el baño y los ratios de histeria se te disparan hasta hacer estallar los halógenos y llenarte entera de cascotes caídos del techo. Sólo ves ojeras, pelo crespo, piel gris y un gran grano rojo, como la cabeza de un pollo, sito equidistante entre ambos ojos. Sopesas llorar pero prefieres cabrearte que es mucho más digno y socialmente más aceptable.

La ducha no mejora ni un ápice la situación, ni siquiera la de tu pelo, que antes parecía una escoba y ahora un cúmulo de algas que te chorrean sin gracia ninguna sobre los hombros. Quizá si no te hubieras pasado treinta y dos minutos bajo la ducha con la mascarilla puesta, pensando en lo desgraciadita gitana tú eres teniéndolo , ahora tu melena tendría algo más de cuerpo y tú unas poquitas más ganas de vivir.

Vestirte es un calvario. Cuando vas por el décimo conjunto tirado en el suelo, te decantas por unos pantalones blancos del año de la tos que te hacen unas cartucheras como melones y una camiseta de similar añada, que te transforma misteriosamente los melones en desvaídas paraguayas. Resultado. Te pones a llorar. Ahora sí.

De esta guisa sales al descansillo, ofreciéndote en cuerpo y alma al diablo con tal de no encontrarte a ningún vecino, cuando aterrizas en el bajo y te abre la puerta EVB (El vecino buenorro) Avergonzada, inclinas la cerviz y aceleras a lo Zinedine Zidane, como si fueses a embestir el pecho de EVB, pero en plena escapada te miras los pies y caes en la cuenta de cuán largas y descascarilladas llevas las uñas y de lo mucho que te han crecido los pelos de las piernas desde la última vez que te las miraste. Con tanto ensimismamiento tropiezas y te caes. Era de prever en esa pose. 

Tardas exactamente diez minutos en encontrar tu plaza de parking dentro de tu propio edificio. Saliendo le das un golpe al coche o limas la rueda contra la acera, lo que más a mano te pille. De camino al trabajo cambias veintisiete veces de emisora porque no te gusta ninguna de las canciones que ponen. Como te aburres, llamas a Marido y discutes con él. Por lo que sea, tampoco es plan de ponerse tiquismiquis y buscar como loca una razón. En la radio suena algo de Maná y aunque la canción espanta, a ti se te erizan los pelos de los brazos como si el volante diese calambre. Y lloras. Mucho. 

Llegas al curro con el rímel corrido y unas ganas inmensas de que una maceta te caiga directamente sobre el occipucio. En el camino que va del parking a la puerta del edificio reproduces mentalmente la conversación que, débil y en voz baja, mantendrías con tu jefe desde la ambulancia. Juan, por favor, llama a mi marido y dile que le quiero y de paso acércate a esa reunión de tres horas a la que me habías mandado porque a ti no te apetecía una mierda. Gracias.  La vena dramática que te invade hoy está en su punto álgido, sí, así que corre, corre que te pilla.

La mañana transcurre lentamente sin un solo punto positivo del que hacer mención, así que en vez de comer con unas amigas en un bonito restaurante y disfrutar de la vida, decides autoflagelarte comprándote un sándwich en el bar de abajo para comerlo cabreadísima delante del ordenador. Como todo el mundo se ha ido a comer, llamas a Marido y discutes con él. 

La tarde no mejora. Las piernas se te hinchan y la tripa te duele tanto que parece que vas a parir gemelos frente a la fotocopiadora en tres, dos, uno… Atacas la cuarta dosis de ibuprofeno del día aún a riesgo de que tus compañeros te ingresen en Proyecto Hombre. Tus ovarios te dominan el cuerpontero y tú no tienes ganas de más que de morirte! 

A las seis decides irte a casa llorando como las plañideras porque una de tus compañeras te ha mirado mal por el pasillo o no te ha copiado en un mail, lo que significa que te odia y que confabula contra tu persona para hacer que el resto del mundo también te odie profundamente. Si alguien pregunta, nunca expliques los motivos de tu llanto porque dará la sensación de que padeces cierto retardo mental. Y en la oficina con esas cosas hay que ser muy mirada. 

De camino a casa discutes con tres coches, dos motos y un transeúnte que se atreve a cruzar por un paso de cebra interrumpiendo así a las bravas, la placidez de tu conducción. Tú sacas la cabeza por la ventanilla y muy dignamente le comentas que su mujer yace en ese momento en amoroso colecho con su mejor amigo. La escena es observada de lejos por un Municipal que no sabe muy bien si detenerte o mandarte exorcizar. 

Cuando llegas a casa tus hijos están en el parque con Lanana pero en vez de pasar por allí, como harían las buenas madres, decides irte a casa a continuar lamentándote o a ingerir con alevosía los macarrones con chorizo que sobraron de la cena de ayer. Te sientes muy culpable por no haber ido al parque pero saltarte el régimen es un grado más en el ranking  “Culpabilizaciones chupis” así que te sientas tranquilamente en el sofá a abofetearte hasta la hora del baño. Ese momento, otrora idílico y lleno de mimos madre-hijo, es imposible de sobrellevar con este dolor de riñones, esta retención de líquidos y este monumental cabreo contra la humanidad, así que gruñes y lanzas hipogritos huracanados, mientras tus hijos te miran fijamente y piensan ¿…Madre, está usted ahí?…

Marido llega media hora después que tú y aunque entra sigiloso para no hacer ningún ruido que te moleste, le detectas y discutes con él.

A las diez de la noche consideras que ya has tenido suficiente crisis emocional por un día y te metes bajo las sábanas en postura fetal, recordando el sabor de los Filipinos mientras veías Candy Candy. Lloras pensando en qué habrá sido de la señorita Penny y de Anthony y de Archibald y de la pequeña Annie y acto seguido te duermes deseando que las hormonas te dejen mañana volver a ser persona y no una versión iracunda y pasada de cafeína de Mss. Hyde.

Sinceramente, amigos, creo que a Lasmadres se nos debería convalidar esto del Síndrome Premenstrual para no tener que sufrirlo nunca más jamás en todos los días de nuestras vidas. Es obvio que a base de contracciones, pujos, tijeretazos, varices, mastitis, estrías y puntos de sutura, nos lo hemos ganado con creces.  Ya vale de broma.

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Amigas de madre y demás deliciosos seres…


Tengo una amiga, tengo una amiga, que su marido se queda mucho en casa, el pobrecito, está malito, no tiene fuerzas por eso no trabaja; y así mi amiga, cada mañana, madruga mucho y se marcha a la oficina, pero una tarde que se encuentra mal, regresa pronto para descansar…

Tengo otra amiga, bien guardadita en el cajón de los tesoros desde tiempos inmemoriales, que no quiere ni oír hablar de tener hijos. Es la tía perpetua. La que malcría. Y la que por norma general te invita a estrambóticos planes como viajar a Ibiza un jueves para tomar un té con menta, asegurándote que el viernes a primera hora estarás en Madrid lista para fichar.  Luego se queja de que le duelen las cervicales. No te van a doler, criatura…

Tengo otra amiga que cuando se acicala cada mañana frente al espejo antes de ir a trabajar, se peina meticulosamente las cejas con el cepillo de dientes de su marido. Extraña costumbre, pensarán ustedes, pero ruego confidencialidad porque a día de hoy él ni siquiera lo sospecha. Y si lo sospechara, le daría igual. Él la adora porque, a pesar de que confunda los peines, ella es altamente adorable.

Tengo otra amiga gemela desde la extinta EGB que practica puenting y también rafting, parking, lifting, jogging, camping y marketing, y que ahora mismo lucha contra el feroz mobbing que unos extraños duendes cojoneros le están haciendo padecer en el trabajo. Ella aguanta el tirón e intenta ser feliz entre tanta gente fea. Es fuerte para aguantar eso y mucho más. Yo lo sé. Y quiero que ella también lo sepa.

Tengo otra amiga a la que le gusta la cerveza y los combinaos casi tanto como a mí y siempre responde presurosa a unas cañas improvisadas cuando las circunstancias nos lo permiten. Aparece como un soplo de aire fresco, te desparasita la mente y vuelve a desaparecer durante días hasta que vuelves a necesitar terapia. A veces me llama chatunga y me descoloca un poco, pero por lo demás es perfecta.

Tengo otra amiga que tiene una flauta y nació por la zona de Hamelín. Vive con tal pasión todo lo que hace que todas acabamos siguiéndola de una forma u otra. Por su culpa me apunté a un cursillo de mandarín el verano pasado y a punto estuve de hacerme un maquillaje permanente de pestañas en tonos tierra, porque según ella estaba muy de moda y yo hago caso de todo lo que me dice.

Tengo otra amiga que hace tatuajes. En forma de frases. Siempre tiene la frase perfecta para el momento perfecto. Frases que se te quedan grabadas como a fuego en algún lugar oculto entre el estómago y el cerebelo y que en momentos de crisis siempre puedes volver a leer para no ahogarte.

Tengo una amiga que tiene barba y, aparte de que hacemos pis en puertas diferentes, poco más nos diferencia. Hasta nos gustan los mismos hombres. Es una deslenguada y siempre me dice lo que no quiero oír, será por eso que la quiero tanto.

Tengo otra amiga que habla mucho y muy rápido. Siempre pierde el móvil y siempre le roban el bolso cada vez que salimos. A veces se le rompe un tacón tropezando en plena calle y cuando queremos darnos cuenta se ha caído en una zanja. Nosotras la levantamos con mimo del suelo, le quitamos las pajitas del pelo y la echamos de nuevo a andar. Ideal para viajar a climas húmedos porque siempre le pican a ella todos los mosquitos. Es el típico espíritu etéreo que entra en una estación de servicio, abona el repostaje en la caja de prepago, compra unos Bocabits, se mete en el coche y vuelve a su casa sin llenar el depósito. Adorable. Todos deberíamos tener una como ella en la mesita de noche.

Tengo otra amiga que tiene cien hijos y se organiza mejor que mi prima Pili la soltera. No para de hacer planes, de organizar fiestas, de apuntarse a cursos. Y para colmo tiene la tripa plana. Es mi ídola y es de otro planeta, con total seguridad.

Tengo otra amiga que siempre huele a jabón. Un día la vi bajar de un taxi con unas maxigafas y un ramo de girasoles en la mano y pensé que en un descuido me había colado entre las páginas centrales del Vogue. Está perfecta hasta en pijama y con una tira de cera sobre el bigote, Lamuy. Tanto si necesitas un vestido para una boda como una boda en sí misma, sabes que siempre puedes contar con ella.

Tengo otra amiga que son dos amigas, que en realidad son hermanas y mías para más señas. Por misteriosos motivos que sólo pueden explicarse por el hecho de compartir genes y cuarto de baño durante años, somos capaces de arañarnos la cara y tomarnos un par de tintos instantes después.

Amigas nuevas, viejas amigas, amigas tan ricas que hacen que te chupes los dedos cuando cocinan y cuando no, amigas virtuales que llegaron para quedarse, amigas que un día se jubilaron pero que seguro reaparecerán como Ortega Cano… Huelga decir que en esta historieta inconexa son todas las que están pero de ninguna manera están todas las que deberían. La vida me ha tratado bien en lo que seres amistosos se refiere y de alguna forma pública debía agradecérselo. Hasta ayer sopesaba la posibilidad de alquilar un globo y tirar octavillas por la calle con mensajes de amor impresos, pero creo que de esta forma queda algo más cuco. Gracias, guapas, por todos los cachitos de vosotras mismas que cada día me regaláis. Si los junto todos y pongo una peluca en la cima, el resultado es lo que veo cada mañana en el espejo. Y casi siempre me gusta, oyess.

Muerte por chocolate para cinco

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Pal’ armario VI


En estos tumultuosos días en que nos da por preparar con meticulosidad la vuelta al cole, no deberemos perder de vista esta cascarria…

Elarmario de Lascascarrias. Abra con un clic y deje su artefacto inservible.

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El mismo temor, la misma lluvia


En verano no debería llover, ni muchísimo menos tronar, y menos un sábado, que es de muy mala educación.

Imagen extraída de El Libro de Blog de Madre

La versión individualista de esta historia te permitiría pasar una tarde melancólica en casa; una de esas tardes grises de manta y peli, ingiriendo helado a manos llenas y sin la menor intención de levantarte del sofá hasta que el roce del skay te produjera una alarmante quemazón local. Quizá hablarías horas con una amiga, o con dos, o con tres, leerías algo pendiente, te conectarías para ver qué anda sucediendo en el mundo…y poco más. Pasar una tarde encerrada en casa con niños en edad de experimentar con su entorno quizá genere un pelín más de ansiedad y desazón. Si a eso añades que el verano y sus planes vacacionales tienden a alejar del hogar a familiares y amigos a quienes pedir socorro, el resultado es ciertamente devastador.

Es en estas tardes cuando a tus vecinos les da por empujar lentamente las paredes colindantes que os separan, hasta que tu casa queda reducida al mínimo habitable por ley; los techos se derriten sobre tu cabeza, el suelo se te pone de puntillas y tú, en medio y con cara de queso de sandwich, te ves obligada a pasar horas y horas y horas inventando un mundo paralelo para entretener a Lasniñas. ¡Ay, Lasniñas! Esos seres angelicales que hacen las delicias de cuantos las conocen en situaciones normales outdoor, desarrollan en las tardes de lluvia una tendencia psicótica que les hace reír, gritar y llorar, todo a un tiempo y a unos decibelios anormalmente disparatados según las ordenanzas municipales. Igual que expertos zapadores, y con una proactividad digna de elogio, se encargarán de efectuar cuantas demoliciones sean necesarias en mobiliario y decoración al tiempo que plantan a su paso minas terrestres en forma de galleta untada en saliva y colacao por todo el salón, pasillo y parte inferior de la escalera.

Temerosa por tu salud mental y harta de decir quenooooooooooo cada minuto y medio, optas por relajar los nervios y las normas educativas y aquello se vuelve Gomorra. ¡Haaala! Saltar en la cama desde el armario, comerse el jabón, cortar con los dientes los cables del teléfono y desencajar el lavabo de la pared con sus pequeñas manos de deditos angelicales, todas ellas actividades que con sol estarían absolutamente prohibidas, en días de lluvia son pasadas por alto como si en lugar de padres y educadores fuesemos concejales de urbanismo de moral algo laxa.

La reacción más sana para tu psiquis sería salir corriendo y sentarte en la acera a esperar que la lluvia te calara hasta los huesos y se llevara por el desagüe tanto kilo de tensión acumulada. Si no fuera porque dejarías abandonado dentro del receptáculo al padre de las criaturas que después estaría esperándote con los ojos llenos de rencor y un palo de golf escondido tras la espalda, sería una opción a considerar.

Por todo ello, y por más cosas que no cuento por puro pudor, Marido y yo nos sentamos atemorizados cada noche a ver Eltiempo. Abrazados en el sofá y rezando a cuantas deidades conocemos con mano en cuestiones climatológicas – de Ra a la Virgen de la Cueva – celebramos con palmitas los soles y sollozamos temblorosos ante las nubes. Si las predicciones anuncian lluvia, sabemos que no podemos venirnos abajo; es hora de ser fuertes y de encargar cantidades industriales de pizzas, DVDs de Mickey y dardos tranquilizantes.

(Post reeditado. Oct 2o1o)

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¿Qué le pasa en el cuello, madre?


Fue un breve movimiento, creo recordar, un simple pero vertiginoso estiramiento de brazo en modo latiguillo para evitar que Lapequeña metiera los dedos entre las puertas del ascensor, cuando de repente noté ese clac tan propio de las contracturas de trapecio. Cargada con el saco bolso en un hombro y la mano de Lamayor asida a la otra mano libre, me quedé enganchada en postura de semiflexión y así anduve unos pasos, como la madre de Maruja Jarrón, hasta que decidí dejar de hacerme la fuerte y sentarme en la acera a arañarme la cara y llorar desconsolada de dolor.

Como resultado del tirón llevo dos días emulando sin estilo ninguno a Robocop, absolutamente incapacitada para girar el cuello, mirar a ambos lados de mi cuerpo por si me atacan por los flancos hordas de enanos verdes o simplemente bajar la cabeza para comprobar si llevo los zapatos puestos. Mi universo entero se reduce a la visión frontal que me permite mi cabeza fosilizada. Si quiero mirar a derecha o izquierda, giro la cintura con los brazos en jarras como si estuviera bailando una muñeira y listo. No me pidan más.

Miamiga fisioterapeuta altamente bronceada me recomienda telefónicamente desde las playas de Cádiz ingerir antiinflamatorios y relajantes musculares a partes iguales. Prescindo de lo segundo porque me dejan con la misma actividad cerebral que una col y no me apetece nada derramar baba por las comisuras. Los antiinflamatorios me ayudan sobremanera y se convierten en mis mejores amigos. ¡Cómo los adoro y cómo los ingiero! También me recomienda calor pero a no ser que me enchufe la plancha directamente sobre el hombro damnificado lo veo difícil porque la manta eléctrica desapareció durante la mudanza y no me veo yo con cuerpo torero para ponerme a buscarla entre gritos e improperios, deshaciendo las cajas que aún viven en la habitación del caos.

Resignada me siento en el sillón mientras Lasniñas chillan a mi alrededor y se me enganchan a las piernas intentando treparme hasta la coleta. Cuando tiran del músculo enganchado bramo de dolor y ellas se asustan y se van. Soy clavadita a esas abuelas que se duermen en la cena de Nochevieja y sus nietos aprovechan para ponerles sobre el cuerpo espumillón y luces de navidad. La operación de escalada se repite dos veces más hasta que huyo, me encierro en el baño y cierro con cerrojo.

La mujer todopoderosa que trabaja en casa cuidándonos a todos me libera temporalmente de mis obligaciones maternales y baja al parque con Lasniñas. Loado sea el señor. Maltrecha salgo del váter, andando despacito y con cautela, como si pisara huevos frescos y temiera despachurrarlos sobre el parqué. Enciendo la tele, apago la tele, abro un libro, cierro el libro. Tiene narices que para una vez que tengo tiempo libre, carezca de actividad muscular para disfrutarlo.   

Me siento como si hubiese pasado por las manos de un taxidermista, erecta toda yo, hierática, tiesa como un palo de sombrilla y dolorida como si me hubiese volteado una vaquilla de pueblo. En plena desesperación recurro a la caja de Relaxilitos y me echo un par al coleto. Minutos después se me apaga la cabeza y dormito durante tiempo indeterminado. Soy incapaz de discernir si hubo o no derramamiento de baba. Lamento no poder dar detalles escabrosos.

Cuando Marido vuelve al hogar al grito de Vilmaaaa me encuentra vertida sobre el sofá y mimetizada con la polipiel cual tapete de ganchillo. Asustado y diligente corre a darme un masaje con crema en el hombro dolorido, máximo gesto de amor por su parte pues odia la crema más que a Hacienda o incluso que a las alcachofas, que ya es. El meneo me calma el dolor del hombro pero me deja un extraño dolor reflejo en las lumbares que ahora también me impide agacharme. Definitivamente, soy un dechado de agilidad y virtudes móviles. De repente me asusto mucho y pido al cielo que mi casa no se queme espontáneamente porque apenas tendría fuerzas para salir corriendo y salvar de las llamas la mesa de pino del salón y la yogurtera. Los relajantes musculares, oye, que me hacen pensar cosas muy raras.

Lasniñas entran en casa como en toriles pero antes de que vuelvan a intentar trepar sobre mi cuerpo como mozos sobre una cucaña, su padre les hace un placaje y se las lleva jolgorioso a la piscina. Ellas encantadas. Yo les digo adiós con la manita, en modo infanta, desde mi destierro en el sillón. 

El efecto del cóctel de medicamentos llega a su momento álgido y siento unas ganas locas de pinchar algo de Bob Marley. Sonrío bobaliconamente, tarareo canciones, quiero mucho a mis amigos. Si me viera capacitada para semiflexionar el brazo y encenderme un cigarrito ya sí que me sentiría la reina del afterhour doméstico.  Ventanas azules, verdes escaleras, muros amarillos con enredaderas ¿De dónde habré sacado yo esta poesía que me martillea la cabeza? Vuelvo a dormitar y sueño que comparto jarras y jarras de hidromiel junto a otros vikingos como yo. Qué extraños sueños. En esas me hallo cuando se me cae el cuello del cojín por la flojez que produce la extrarrelajación y me despiertan mis propios gritos de dolor.

Me pican mucho las plantas de los pies… ¿Hay alguien ahí? – grito mientras oigo mi propio eco en la lejanía. ¿Hola?… ¿Alguien puede ayudarme? Supernanny viene a rescatarme y me trae un vasito de agua fresca con pajita. Sonrío agradecida con los ojos llenos de candor. Esta mujer se acaba de ganar el cielo y dos días libres. Mientras se aleja vuelven a picarme los pies pero me aguanto, que no me gusta abusar.

Antes de que un agente judicial se presente en casa y me obligue a ingresar en la Betty Ford por mi uso y abuso de los relajantes, decido tomar las riendas de mi propio destino y llamo a un fisio de urgencia. Media hora después me planto en su consulta despeinada y con los ojos inyectados en sangre, conmocionada por el suplicio de conducir hasta allí. Me recibe el increíble Hulk con bata verde y unas manos como raquetas, plagadas de enormes dedos que ganarían sin dudarlo cualquier concurso de hortalizas gordas. Esto lo arreglamos en un momento, maja – oigo que dice instantes antes de desmayarme.  Una vez terminada la sesión de tecrujolcuerpo, el increíble Hulk me comenta riguroso su dictamen. Esto viene producido mayormente por demasiadas horas frente al ordenador – me dice. Maldito ratón – pienso compungida – si ya sabía yo que ser una madre 2.0 terminaría siendo una profesión de alto riesgo.

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