Archivo mensual: octubre 2010

Sobre el desenganche emocional y otros difíciles quehaceres…


Decidido, esta tarde voy a recoger a Lamayor al cole merienda en mano, y nos organizamos plan madre-hija en su versión I Jornada de Adecuación Estética Conjunta. Que me voy a cortarle el pelo, vamos, y ya que mis pies entran en una peluquería por primera vez en siglos, aprovecharé para igualarme y sanear la peluca.

Nada más entrar, una inquietante señorita de pelo asimétrico y uñas bicolores nos quita los abrigos y los condena a descansar manga con manga sobre un perchero de diseño incierto, regalándonos una sonrisa de través que me hace estremecer y recordar los teaser de las pelis de miedo. Nunca me gustaron las peluquerías y mi tensión cervical desde que atravesamos el umbral lo demuestra sobradamente.

Mientras recorremos interminables pasillos llenos de cabinas futuristas y fotos de cabezas, millones de olores dulzones amenazan con colapsarnos las respectivas pituitarias. Lamayor apenas se percata de ello, acostumbrada como está a meter la nariz en todos los botes de plastilina que pilla durante su horario lectivo.

Precedidas por dos señoritas de estrecha bata blanca por donde asoman ambas dos generosidades genéticas y/o quirúrgicas, llegamos a una sala repleta de sillas que sujetan sobre los hombros de sus víctimas unos extraños cascos, cuya misión es lobotomizar al tiempo que te fijan las mechas. No lo advierten en ninguna etiqueta, pero yo lo sé.

– Estáis de suerte – me dice alegremente un Ángel de Charlie de cintura imposible y botas mosquetero hasta medio muslo. A esta hora apenas hay clientes así que podremos atenderos a las dos a la vez.

– ¿Estás de coña?, ¿Separarme YO de MINIÑA y dejarla en vuestras garras para que la tuneéis a vuestro antojo? – pienso mientras digo – ¡Uy, qué bien, así tardaremos menos! Siempre he sido una cochina cobarde cuando la bata de una peluquera me mira directamente a los ojos, quizá eso explique los incomprensibles looks que llevé durante mi adolescencia.

Siento del verbo sentar a Lamayor en uno de los silloncitos alineados frente a un espejo descomunal que ya lo querría para sí Mocedades, mientras siento del verbo sentir una punzada dolorosísima cuando desliza su mano por el hueco de la mía y la aleja para acomodarse la capita que acaban de ponerle sobre los hombros. Ella se mira en el espejo y sonríe. Se siente taaaan mayorrrr.

Con suaves pero insistentes tironcitos, la terrorista con tijeras que el destino me adjudica en suerte me arrastra hasta otro sillón a miles de kilómetros de miniña. Mientras coloco el pelucón sobre el túnel de lavado observo con pavor que la única vista que la postura me permite son unos horrendos focos de discoteca que algún desalmado decorador, confiado en haber dado esquinazo por fin a su daltonismo, ha colocado alegremente en el techo. Contorsiono espalda y cuello hasta que consigo divisar en la lejanía el sillón de Lamayor, de espaldas, con su diminuta cabecita asomando por la capa como si fuese una bola de helado. Ella no gira la cabeza, no se mueve, atenta al espejo que le devuelve su reflejo de persona independiente haciendo cosas de mayores. Me dan ganas de llamarla y hacerle una mueca cómplice, no sé muy bien si para evitar que se asuste o para recordarle que me tiene a su espalda, vigilante y protectora, asegurándome de que nada malo le pase. Jamás.

Qué mal rato estoy pasando pordiosss, y no sólo porque esta mujer no para de friccionarme el cuero cabelludo con todo tipo de sustancias gelatinosas, también porque acabo de ser consciente de que Lamayor no me necesita tanto como yo a ella. Trato desesperadamente de que mi poder mental haga voltear aquella pequeña bolita de helado para que me mire, mientras ella contesta a las preguntas de la mosquetera sobre su cole y sus amigos, en un tono desesperadamente bajo, inaudible para una madre desesperada y sicótica que teme estar siendo apartada de tan crucial rito de iniciación.

La siguiente media hora tarda días en transcurrir. A mi espalda…¿Sólo las puntas o capeamos algo más? ¿Te hidrato? ¿Te acondiciono? ¿Te tiño de verde? Y yo a todo que sí, con una sonrisa de oreja a oreja y la boca seca como un tronco de leña.

Un momento, que parece que la capita con bola de helado se está moviendo. ¿Ves que guapa? – oigo que grita la mosquetera como para dar por finalizada la sesión. Sin apenas mirarse para comprobar el resultado, Lamayor sale corriendo hasta donde yo sufro mi destierro y me regala una enorme y gratificante petición de aprobación que hace que casi me derrita ¿Te gusta mamá? ¿Aquestoyguapa? Beso y requetebeso su cabeza recién pelada mientras exagero a voz en grito lo maravilloso del resultado.

Salimos de allí por fin, con las manos entrelazadas, ella con una nueva experiencia en su haber y yo con un corte de pelo cuanto menos inquietante. De camino a casa la noto más alta, más viva, más risueña e infinitamente más charlatana mientras me explica que su hermanita Lapequeña no puede cortarse el pelo porque casi no tiene dientes, incomprensible asociación que hace que me ría a carcajadas y casi mate de un susto al pobre transeúnte que pasaba por allí. Nunca fui muy discretita en mi forma de reír pero esta vez reconozco que me sirve para descargar nervio acumulado.

Nada más cerrar la puerta de casa oigo cómo va a contarle la experiencia a Lapequeña y a Lanana, cuidadora oficial de la familia que en este momento está tirada en el suelo recogiendo cientos de macarrones esparcidos por el salón. Por salud mental, jamás pregunto qué sucede en el suelo del salón durante mi ausencia así que me disculparán si no desentraño el misterio…

Mientras subo a cambiarme de ropa y a gritar delante del espejo por el corte de pelo que la brujamala ha perpetrado durante mi breve ausencia de consciencia, cachis cuánta aliteración en apenas dos palabras, oigo cómo Lamayor grita y llora escandalosamente. Bajo corriendo, saltando los escalones de seis en seis y aterrizo en el salón con los pies juntos, la espalda recta y los brazos en cruz, justo a tiempo para sacarle un macarrón de la nariz que se ha colado allí nosesabecomo y que en su camino ha conseguido hacerle alguna que otra dolorosa heridita. Beso sanador en cada lágrima más uno de propina en la nariz maltrecha, acurrucamiento en el regazo materno y leve sonrisa que se dibuja en la boca de una mamá aliviada porque vuelve a saberse necesitada.

…Espero sepan disculparme el egoísmo…

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Labuela


A lo largo de la historia, desde Caperucita a Iker Casillas, se ha demostrado con suficiente firmeza lo importante que es tener presente en la vida de uno a Labuela, ese ser amoroso que da besos en metralleta, lleva caramelos en el bolso y siempre huele a jabón.
En las familias normalmente hay dos ejemplares, por lo que este caudal de amor incondicional y permisividad total viene casi siempre por duplicado.

En realidad tienen tantas ganas de malcriar reservadas desde que sus niños eran pequeños y se veían obligadas a cumplir su función de educadoras firmes, que cuando su hijo o hija les obsequia con un nieto o nieta, se desatan el corsé y empiezan a regalar tolerancias por doquier.

Cuando llegas a su casa, le entregas una niña con coletas que se esconde tímidamente entre tus piernas y cuando te vas de allí, lo haces acompañada de una especie de Gormiti de la lava, tamaño infante, que grita y corre como un endemoniado, sucio, exhausto y despeinado, pero inmmmmensamente feliz.

Y no es para menos porque en casa de Labuela reina la libre expresión. Para empezar, no existen los cuadernos; se puede pintar en el suelo, en el techo o sobre el parquet. Eso va en gustos. Estoy convencida de que las famosas pinturas de Altamira no son más que el resultado de la visita de un retoño que desplegaba toda su sensibilidad artística cuando iba a Santander a pasar los veranos en la cueva de los abuelos. En un momento dado, Labuela tendría algo que hacer – despedazar algún animal o algo – y cuando quiso darse cuenta, zas, ya había cogido el niño los pigmentos minerales y el carbón vegetal. Lejos de castigarle, ella le dedicaría algún gesto de cariño a modo de mamporrazo en la cabeza con el as de bastos, acompañado de un gruñido grave y sonoro que traducido vendría a significar algo así como “Verás cuando vengan tus padres”. Pero poco más.

Del mismo modo que Labuela no conoce los cuadernos, desconoce las contraindicaciones alimenticias. Un niño en casa de Labuela come todo lo que se le antoje y cuando se le antoje. Y yastá!. Lo ingerido puede estar contemplado dentro de la pirámide del dietista perfecto …o no. Se puede comer a las dos…o no. Se puede merendar a las tres y luego a las cuatro y también a las cinco. Se puede comer chorizo con chocolate o pan mojado en coca cola. Se puede comer en la mesa, en la alfombra o de pie en la encimera de la cocina mientras se baila con la música de los anuncios de la tele y se chapotea en el agua del fregadero. Para un niño la casa de Labuela es como para un adulto trabajar en Google.

Y es que para Labuela, sus criaturitas jamás hacen nada mal y nada es suficiente con tal de verles sonreír. Recuerdo que en casa de mi propio ejemplar de Labuela había dos coches de época que vivían expectantes sobre una repisa en el salón y con los que mi padre jamás pudo jugar de niño porque eran reliquias antiquísimas y como tal debían ser tratadas. Yo bajaba al parque con esos dos coches en la mochila para triturarles los ejes contra la arena y después desencajar las ruedas para hacerme unos pendientes, todo ello ante la mirada embelesada de Labuela que sonreía ante mi desmesurado torrente creativo. Y si mi padre se quejaba por la injusticia, ella le mandaba callar y me defendía…como debe ser!

Y todo esto si hablamos de un niño sano… pero si el nieto enferma, a ojos de Labuela gana un montón de puntos extra, porque cuidarle le dará oportunidad de decir hasta la saciedad su frase favorita “…pero cómo van a dar asco, hooombre, si son mocos de ángel”… ¿Ven cuánto derroche de amor y cuánta distorsión de la realidad? Si en lugar de en las vías respiratorias el virus infantil se instala en la función estomacal, el apelativo “de ángel” podrá seguir siendo aplicado a toda sustancia que el mamífero convaleciente expulse de sí al exterior, sin importar textura, cuantía, ni olor. Infinito es el amor de Labuela.

Por todo ello y mucho más, Abuelas, un millón de gracias por existir. Sin vosotras, la infancia sería infinitamente más aburrida …y nadie nos vería guapos.

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…Y le hablo de esa amante inoportuna, que se llama soledad…


A mí no me apetece mucho… ¿Puedo no ir?
¡Claro! Quédate en casita y disfruta por un día, tonta, yo me llevo a Lasniñas.

Oooouuuuyeah!!! Tooodo un día para mí, para hacer lo que YO quiera. Para disfrutar de la casa en silencio. Para leer. Para escuchar música. Para verme una temporada entera de How I met your mother. O dos. ¡O todas!

¿Por dónde empiezo?… ¿Estás de coña?… ¡¡A la bañera!! La lleno hasta los topes y me sumerjo en un impresionante baño de espuma…Y yo que pensé que la bañera ya sólo servía como escenario para el barco de los clics. ¡Ay, cuán equivocada estaba!. Exfoliante. Mascarilla. Hidratante. Nutritiva. Algún producto más y tendré que llamar al Servicio de Atención al Intoxicado. Escurro tanto que podría apuntarme a una competición de bobsleigh en línea recta y ganar por tres cuerpos, claro que cuando me quite la ropa será como desnudar un tranchete, pero no me importa porque llevo torta. Ahora que caigo, es una lástima que la láser no me permita ya disfrutar de un buen tarro de cera caliente, como antaño, cuando los aullidos cerraban estas placenteras sesiones de peluquería y estética.

Finalizado el baño me doy cuenta de lo gozoso que habría sido escuchar a Los Ramones en el 90 de volumen mientras hacía el anfibio. Intentando subsanar tamaño olvido conecto el CD y bailoteo delante del espejo, como cuando tenía quince años. Está bien, y veinte… ¡Y ya! El efecto estético es demasiado chocante así que opto por tirarme en plancha a la nevera, abrir una cerveza y sentarme en la terraza a leer el periódico, que para eso no hay límite de edad. Repasada la actualidad, apoyo el codo en la barandilla, enciendo un cigarro, me mareo muchísimo y simulo una despreocupada conversación de barra de bar con un amigo imaginario. Antes de que me vean los vecinos vuelvo a mi asiento y ojeo las revistas, memorizando estilismos para los próximos seis meses, por si no tengo oportunidad de abrir otra en mucho tiempo. Me pregunto qué estarán haciendo Marido y Lasniñas. Les llamo. Al colgar siento ganas de llamar de nuevo. Expulso a empujones la idea de mi cabeza y me voy corriendo a meter el bajo de unos pantalones que llevan en el armario desde el 99 porque aún no he podido arreglarlos… Me tengo que dar prisa porque tengo que disfrutar de muchas cosas aún… Dejo los pantalones a medio coser al recordar que tengo que cortarme las uñas para no parecer más un guitarrista flamenco. Feliz con mis uñas cortas, me voy a cocinar un poco, que me relaja mucho. Hago seis docenas de flanes y salmorejo para toda la urbanización. De vuelta al salón, pongo la tele y paso los capítulos de la serie a cámara rápida. ¿Habrán comido ya Lasniñas? Noto que me estoy estresando. Otra cerveza y una lata de berberechos con mucho vinagre me devuelven a la realidad. Desempolvo la discografía completa de Sabina y recuerdo viejos tiempos cantando a voz en grito. Me callo.

Cuánto silencio hay en esta casa, por dios… Busco el lado positivo y me desnuco en el sofá dispuesta a echarme una siesta excesiva para un adulto sano. ¿Se habrá llevado Marido el chupete? No por él, es más por Lapequeña, que montará en cólera y no dormirá su siesta ni narcotizada si no lo mordisquea un rato.

Me despierto horas después con unas ganas de dulce que ni Winnie the Pooh. Abro un paquete de Oreo y me acuerdo de las meriendas de Lamayor, en el parque, abriendo galletitas. Una lagrimilla incipiente me chiva lo mucho que les echo de menos. No puedo más con este silencio pordiosssss….¿Es que no piensan llegar nunca? Tratando de paliar el mono corro a su baño a oler el aceite Johnson y a tirar de la cuerda de esas mariquitas de madera que les regalaron LosReyes y que esconden en sus barrigas la música más chillona y repetitiva de cuantas tenga la SGAE. Hoy sin embargo me encanta. Tiro y tiro de la cuerda hasta que me veo a mí misma desde fuera y me asusto mucho. De pronto oigo a un bebé llorar y me asusto más aún porque temo empezar a enloquecer. Es en casa de los vecinos. Ay que ver qué suerte tienen algunos…

Vago por la casa como un alma en pena hasta que oigo la puerta del garaje y grito de alegría. Lamayor entra corriendo y me pregunta ¿Nos has echado de menos, mami? Sin darme tiempo a contestar, y a derretirme, la carcajada de Marido responde por mí. Qué rabia me da que me conozca tanto, oiga.

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Sicilia, 1920


Recuerdo que yo era una moza bien parecida, esbelta y pinturera, que atraía las miradas de muchachos de muy diferentes gremios manufactureros, ya fuere en el baile, de paseo o en las terrazas de los cafés. Tres años y dos embarazos después, me hallo en condiciones de afirmar que lo único que me queda en su sitio son los globos oculares.

Cuando los libros me hablaban de los cambios físicos que conlleva la maternidad siempre pensé que se referían a la necesidad de mudarte a una casa más grande. Jamás imaginé la tendencia de músculos y diferentes capas de la dermis por acercarse cada vez más al suelo, como si te estuvieses derritiendo. Cuando un día al agitar el biberón notas cómo la cara interna de tu brazo se independiza del resto de tu cuerpo y pendula como un trapecista nervioso, sientes que el tema se te ha ido de las manos.

Pero todo empieza mucho antes.

Durante el segundo trimestre de embarazo, justo cuando guardas tus vaqueros bajo llave susurrándoles, volveré , te pones como loca de contenta porque aquella barriguita incipiente se nota cada vez más. Los pantalones de cintura elástica te parecen lo más e incluso te planteas porqué no empezaste a utilizarlos ya en el instituto, por dios, con lo cómodos que son!

Lo malo llega después. Un día te levantas de la cama y antes de entrar en la ducha saludas a la mujer esa que te mira desde el espejo con un educado Buenos días, maja, ¿qué haces ahí metida? pero sólo porque tu madre te enseñó a ser cortés incluso con los desconocidos. Cuando te das cuenta de que lleva tu camisón y tu mismo tinte de pelo, sospechas. ¿Quien eres? ¿Y porqué te me has comido a mí misma? Es tu misma imagen pero por triplicado, como si fueseis las hermanas Goyanes. Sopesas montar en cólera y romper botes de colonia contra el espejo como en las pelis de sobremesa, pero sabes que eso no cambiará nada; así que ya que está ahí, hazte su amiga y pídele que te seque la espalda, que no estás tú para estiramientos ni contorsiones.

Siempre hay alguna amiga que te dice, pues yo salí del hospital con mi ropa de antes del embarazo, pero no le hagas caso, porque seguro que se refiere al chándal. Y así no vale.
Yo esperaba desinflarme como un globo de chicle nada más llegar a casa con el bebé, pero creo que la convalecencia incluso me hizo engordar algún gramito. Todos me pedían paciencia. Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas y aquellas lorzas seguían encaramadas a mis costillas como cabras montesas, saltando por encima de la cinturilla del pantalón a la mínima y sin previo aviso.

Entonces te vuelves observadora compulsiva de barrigas ajenas. Carrito que ves por la calle, mirada fija a la madre para calcular en décimas de segundo a) tiempo pasado aproximado desde que dio a luz y b) comparación de su barriga de perfil versus la tuya. Si esta última variable sale a su favor, agudizas aún más la vista para encontrar la línea de la faja a través de su ropa. Y eso quita puntos. Si ella es delgada en extremo, el niño es adoptado. No te castigues más.

Y de repente un lunes cualquiera, tras un año y un día de calvario y ensaladas, y justo cuando empezabas a perder tu fe en el efecto reductor del alga marina, tu cuerpo vuelve a su ser, pero ha tardado tanto tiempo que cuando por fin vuelve a casa, ya no le reconoces.

 

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Fin de semana del horror


Doy gracias al cielo porque haya finalizado este fin de semana sin más bajas que mi régimen, mi paciencia y un par de figuritas de Lladró de casa de la abuela. Descansen en paz todos.

Llegamos a casa tardísimo después de la última comida-cena familiar. Marido lleva a Lamayor arrastrándola de los brazos como si fuese un policía deshaciéndose de un manifestante. Mientras, yo cargo el capazo de Lapequeña, dormida, gracias al cielo y a la ingesta reciente y masiva de un biberón cargado de leche con cereales. Nada más abrir la puerta detecto, ¡oh cielos! un extraño y añorado olor a silencio.

Me acerco a la cocina despavorida, con los ojos en las manos, y descubro en la encimera una hoja de papel robada de mi cuaderno favorito y decorada con unos garabatos bailongos a modo de letras. Intuyo lo que dice pero hago como que no. Respiro profundamente y leo hacia mí misma y mis adentros. Remitente, la asistenta, Elvira (Colombia 1970) diciendo que vuelve a su país y que siente no poder cumplir su compromiso con nosotros. A su lado, lánguidas y desvaídas, las llaves de casa abrazadas en el llavero.

Temo empezar a hiperventilar así que me siento suavemente en el sofá y lloro con hipo pero de forma muy digna, ojo. Todo a mi alrededor comienza a desdibujarse: sombras que me hablan, me zarandean, se agarran a mis piernas y me llenan de pan las rodillas; sombras que lloran, gritan y apagan y encienden la luz como si estuviésemos en un after. Parece una peli de terror, pero de las malas; no sé si gritar asustada o reirme y abandonarme a mi esquizofrenia. Empiezo a enfocar cuando una frase de Marido me arranca del shock: ¡Anda, y encima no hay leche fría! Me gustaría desaparecer, esconderme en una burbuja o en un pueblo de Palencia, y evitar así que me encuentren hasta dentro de muchos meses, cuando Lamayor haya superado ya la crisis por la llegada de la hermana pequeña y Lapequeña haya superado con éxito la dentición y, si me apuras, el bachillerato.

Pero no puedo porque es tarde y hay que empezar con la serie diaria de baños, cenas y cuentos con final feliz.

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Por culpa de un bote de rímel


Esta mañana he descubierto algo escalofriante. Se me ha secado el bote de rímel. Ésta debería ser del tipo de frases hechas que describen grandes catástrofes, pero probablemente nadie que no haya pasado por ello podrá jamás imaginar cuánto encierran estas palabras.

Harta de no tener planes chulos para salir he decidido inventármelos, encerrarme en el baño durante una hora y salir altiva y decorada cual abeto navideño. En el armario esperaba un vestido negro de corte imperio que no veía luz solar desde la boda de Ana y Emilio y dos taconazos a juego. Decidida he mirado la lista de tudús de hoy esperando que me iluminara un rayo de sol guohóhó, pero sólo tenía dos entradas: “Ir al banco a entregar la declaración” y “Comprar toallitas”. Dado el atuendo me veía más suelta en Barclays que en el Carrefour así que para allá me fui, no sin antes revisar ante el espejo de la entrada mi moño italiano cruzado en zigzag.

Esperaba que al bajar del coche una suave brisa con olor a mar me despeinara el flequillo o que un desconocido me regalara flores, lo que sucediera antes, pero lo único que he conseguido ha sido torcerme un tobillo contra la esquinita de la acera y casi dejarme los dientes. La costumbre del zapato plano y el desuso por las alturas es lo que tienen. A pesar de todo, creo que he salido del percance con sobrada dignidad y apenas se me ha notado la cojera hasta llegar a la ventanilla dos.

Carlos Cabello y su placa reluciente de sobremesa se han quedado flipados al verme, como si la gente no fuese con pendientes de brillantes y pasmina a las diez de la mañana de un martes, hay que joderse. El trámite me ha llevado unos quince minutos en los que he podido aguantar como una garza sobre una sola pata, simulando una pose sensual a la par que sencilla, pero al encaminarme hacia la salida se me ha escapado un grito de dolor y un mediopaso tipo Chiquito. Horror: el tobillo damnificado había engordado casi tanto como Britney Spears entre tratamiento y tratamiento. Esta querencia mía a hacerme esguinces me gustaba más cuando me los hacía con tres copas encima bailando paquitoelchocolatero. Era mucho más digno. Dónde va a parar.

Tras dos intentos fallidos de posar con garbo el tobillo Spears sobre el embrague Seat, a la tercera lo conseguí sin marearme de dolor. Arranco y me digo: ahora, a echar el resto al carrefour, total, para una vez que salgo. Al llegar a la puerta del hiper me invade el desaliento. Con un boli entre los dientes y gesto contraído atravieso el control de entrada haciendo esfuerzos por andar derecha. A mi lado, cientos de siluetas similares a mí; lentejuelas y palabras de honor llenan los pasillos desde Hogar a Refrescos y bebidas. Éstas son de las mías, me digo, todas ellas de baja maternal desempolvando vestidos de fiesta. Me encuentro muy a gusto, pero es tarde y debo volver a casa. Completamente convencida de que no puedo dar un paso más, me siento sobre la acera del parking y llamo a Marido para que venga a por mí. Minutos después aparece sonriente y me sorprende tirada en la calle con el moño derretido sobre las sienes y tobillos de diferentes padres… y sin las toallitas. En ese mismo momento doy gracias a dios por no llevar rímel porque si no, los cercos negros bajo los ojos le habrían restado todo glamour a la situación.

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