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La década insomne


Abro una revista con fingido descuido y leo…

¿Cuál es tu secreto para lucir esa piel, Angelina?

Me cuido poco, la verdad, trato de beber mucha agua y dormir más de ocho horas al día.

Pues me vas a perdonar pero me voy a cagar en tus muelas, Angelina, porque te juro que yo beber, bebo lo mío e incluso también lo tuyo, pero de dormir hace tiempo que me olvidé. 

Todos los informes de señores estudiosos y sesudos parecen coincidir en una cosa: cuando una persona no duerme lo suficiente, se van al carajo los mecanismos que regulan su salud mental, provocando que los centros emocionales de su cerebro comiencen a reaccionar excesivamente ante experiencias negativas. Será esa la razón por la que me eché a llorar desconsolada ayer porque los de Carrefour on line no trajeron el pedido en hora y cuando llegó el señor repartidor, le arañé la cara con saña, además de con mis propias manos. 

Leo y releo, desde estudios médicos hasta locos experimentos de laboratorio donde obligan a diez incautos a no dormir en dos días y luego les hacen enhebrar cien agujas, sólo con la intención de sentirme persona normal y no un raro espécimen que se vuelve obtusa el día que sólo ha dormido tres horas, y en ocasiones, ni siquiera seguidas. Afortunadamente, todo cuanto leo me lleva a la misma conclusión: la falta de sueño hace que una se vuelva primitiva y dispersa. Eso es así. Y saberlo me hace sentir bien. Mi yo gregario despierta entonces y se alegra como un loco por formar parte de la comunidad insomne, compartiendo con ella síntomas, falta de concentración y mala leche. Mucha mala leche. 

Como Lanaturaleza es sabia y muy ladina, te va preparando durante el proceso de gestación para esta fase de vigilia extrema. Entonces comienzas a segregar una hormona de largo nombre llamada gonadotropina coriónica humana, GCH para amigos y familiares,  que te hace mear cada minuto y medio. Qué bien. Te pasarás los primeros seis meses de embarazo miccionando como las locas por culpa de Lahormona; y los tres últimos, haciéndolo de similar manera por culpa del tamaño y posición de tu vejiga, que viene a ser lo mismo que un filete empanado aprisionado entre tanto órgano vital en busca de hueco. Sea cual sea el motivo, duermes poco tirando a casi nada, porque entre que te levantas, te das con algún mueble, enciendes la luz para no volverte a dar, te quejas por el chichón, miccionas y vuelves a la cama, ya se te han despertado las pocas neuronas libres y tardarás de doscientas a trescientas ovejas en volverte a dormir. 

Este proceso de entrenamiento o “coaching embrionario” no hace que mejore en nada tu situación al nacer el miniser, porque entonces literalmente dejas de dormir. Sin exageraciones. Nada. Cero. Pelotero. Puede que te despierten esos terrores nocturnos en los que aparece volando un enorme pájaro que quiere llevarse a tu bebé en el pico; o que te levantes ene veces para ver si el niño respira o no, poniéndole compulsivamente el espejo del baño frente a la nariz; o que el estómago del bebé glotón le despierte cada tres horas para hacerle geolocalizar con ansia tu teta. Vamos, que entre unas cosas y otras, el ritmo loco y dicharachero de tu noche ya lo querría para sí Callejeros. 

Con el primer hijo, esta etapa es francamente traumática, similar a las torturas psicológicas en las que el malo del este evita que el americano bueno y cautivo duerma, encendiéndole una lamparita frente a los ojos. Creo recordar que yo llegué a quedarme dormida de puro agotamiento dándole el pecho a Lamayor en la cama, con la mano asida al cabecero para evitar un vuelco, como si fuéramos en el autobús. En alguna ocasión también, Marido tuvo que retirar al bebé lactante de mi cuerpo y depositarlo en su cuna ante la imposibilidad de que yo moviera brazo alguno. No sé si debido a una mala interpretación por su parte del concepto broma, o porque él también se había quedado dormido en el suelo por pura desorientación y no pudo reubicarme, desperté en esa posición más de una mañana. 

Si piensan que el destete mejora en algo el escenario, vayan quitándoselo de la cabeza. Como ven, estoy positiva yo hoy. Quizá haya posibilidad de encasquetarle la toma nocturna al padre, por aquello de afianzar el vínculo paterno-filial, pero tampoco lo esperen demasiado rato. Hay algunos que se hacen los dormidos con tal fuerza que ni un Panzer aparcando en mitad del descansillo lograría interrumpir la placidez de su sueño ni la fuerza con la que aprietan los ojos. 

En los años sucesivos, y a medida que el miniser se va haciendo personita, encontrará motivos variopintos para despertar al progenitor: “Se me ha caído el chupete”, “Quiero agua”, o el famoso “Hoy lloro porque sí”, luego el “Mamapis”, el “Tengo miedo”, para terminar con el “Mamá, ven y límame esta uña” como me pasó a mí anoche. 

Si hablan con madres y abuelas experimentadas, todas coinciden en que la curva de despertares nocturnos comienza a decaer en torno a la edad de diez años, periodo en que los niños suelen dormir como cochinillos debido a la cantidad de extraescolares que les enchufamos para complementar su desarrollo. Esta época de bonanza y alegría familiar por el buen dormir durará exactamente cuatro años, momento en que el crecido miniser comienza a tener vida social y gusto por la marcha y el pizpiretismo nocturno. En ese momento llegarán de nuevo los terrores referentes al pájaro gigante y alguno más que no me apetece siquiera imaginar. 

Pensarán que soy muy dramática y llevarán toda la razón, pero tengan en cuenta que llevo cuatro años durmiendo muy malamente y que mis biorritmos ya no son lo que eran… Por delante me queda la terrible visión de futuro de seis u ocho largos años de somnolencia diurna y mala leche, hasta completar la década insomne. Qué bien, mari, qué bien.

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