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Mi querida fashion victim…


El día comienza a las 7:45h. Abro los ojos y los vuelvo a cerrar corriendo, apretándolos fuertemente y sonriendo agradecida al cielo, lámpara mediante, por no estar metida en el atasco. Me desperezo y plantifico presurosa un jersey XL sobre el camisón porque por las mañanas esta casa se trasmuta en un coqueto iglú con plaza de parking y videoportero. Feliz, la la lá, la lá por poder despertar a Lasniñas y llenarlas de besos matutinos, me dirijo a su habitación y subo la persiana mientras murmullo dulces palabras de amor.

– Chiquititas mías, mis pequeñitas, ya es de día, hay que ir al cole, a ver amiguitos, lá lará laritos, venga, que hay que despertarse…

Silencio absoluto.

– Pequeñitas, ¿dónde estáis? … ¡Pero bueno! Si no están… A ver, a ver, voy a investigar por las camas, quizá se hayan ido y tenga que salir corriendo a buscarlas…

Dos cabezas salen entonces de debajo de los edredones gritando al unísono una frase ininteligible y escondida entre tanto decibelio. Por tradición sé que dicen “que no, que no, que estamos aquí” Hasta ahí, bien. Mientras Lamayor se enrosca sobre sí misma, ligeramente reacia a abandonar el calorcito de la cama, yo visto a Lapequeña y le rechupeteo y mordisqueo los mofletes, algo que me es permitido siempre, excepto los días en que se levanta mohína y sin ganas de sintonizar con el mundo. Acto seguido cojo carrerilla, me santiguo tres veces como los toreros y encaro con valentía y prestancia de ánimo el caminito que lleva a la cama de Lamayor. Cual tendero de mercadillo comienzo a canturrear las bondades de la ropa que se va a poner.

– Huy qué bonita, pero qué bonita, pero queeeee bonita!!!! Un pantalón pitillo ideal con una camiseta rosa (este adjetivo es importante pronunciarlo en algún momento de la conversación para encontrar mejor predisposición por su parte) y preciosisisima ¿Has visto, peque?

– ¡No quiero!

– Pero si vas a estar guapísima

 – ¡No quiero!

– ¿Prefieres la de HellowKitty?

– ¡No quiero! 

– ¿Entonces la de Princesas? ¿La de Pocoyó?, ¿La de Iron Maiden?

– ¡No quiero! ¡Son todas muy feas! – dice mi pequeña princesa despeinada, mientras grita con los ojos inyectados en sangre y deja escapar culebrillas y sapos gordos por las comisuras.

Se inicia entonces el proceso de “me tiro al suelo – berreo – me voy a otra habitación – o mejor me encierro en el baño – me paso por otra habitación por si acaso queda algún vecino dormido – como nadie viene a buscarme me siento desatendida – y entonces lloro con más fuerza”.

– Pero, mi amor, ven – insisto sentada aún sobre su cama con la ropa en el regazo – ven y te dejo elegir los calcetines que tú quieras, te lo prometo.

Toma ya mi cesión en cosa insustancial, propia de esos cursos en habilidades de negociación que tanto gustan en las empresas.

– Yo sólo quiero ponerme el disfraz de Blancanievessssss – grita una voz iracunda, desde algún oscuro rincón entre Mordor y el armario del pasillo.

Como ven, la cosa empeora y yo sopeso tomarme un whisky.

Tras media hora de forcejeos, lloros, gritos lastimeros y amenazas tipo “te juro que te vas a la calle en pijama”, mi pequeña It girl accede a vestirse a regañadientes y aplazar el disfraz para el fin de semana. Cuando parece que la calma vuelve a reinar en la habitación, llega el momento de elegir peinado.

– Quiero dos coletas.

– Dos coletas no, mi vida, que luego se te mete el pelo en los ojos.

– Pues una trenza de raíz.

– Sí claro, con las horas que son… ¿No prefieres un moño italiano con las puntas en espiga?

Volvemos a llorar, pero esta vez lloramos todas. Ella por la trenza, yo por desquicie y Lapequeña por pura solidaridad. Cuando por fin accede a ponerse la cinta en la cabeza, observo con verdadero pavor que ha elegido una amarilla con topos verdes de entre todas las candidatas posibles, opción que no le va nada de nada con el modelo de hoy, me perdonarán ustedes. Sin apenas proponérmelo saco el personal shopper Josie que llevo en mí y le comento como por encima la posibilidad de elegir otra cinta argumentando serias incompatibilidades cromáticas.

– Pero a mí me gusta la de lunares, mami.

– Ésa va mejor para clase de baile, cariño, y baile no toca hasta el viernes – sentencio con el único fin de liarla por un momento y que se olvide de esa primera elección -. Mejor escogemos la blanca, que va con todo.

Una vez definido el dress code de hoy bajamos a desayunar, las siento en sus sillitas y delego el desayuno en manos de la mujer de alma cándida que me ayuda en casa. Aprovecho la discusión sobre qué cereales prefieren tomar para ducharme y después pasar la siguiente media hora sentada en la cama pensando qué ponerme para atravesar los escasos 500 metros que separan cole y guardería de la puerta de nuestra casa.

…No me gusta nada, qué ropa más fea tengo, qué asco de invierno, no sé qué hago poniéndome estos tristes vaqueros tan chic rústico, si a mí lo que me apetece en realidad es ponerme el wrap dress rojo con la espalda al aire que me compré para la boda de Elena…

Y es entonces, oh cielos, cuando caigo en la cuenta de cuán injusta he sido.

Camino del cole sonreímos pizpiretas y peladas de frío, yo con mi mega fantastic vestido rojo y Lamayor con el suyo de Blancanieves. Lapequeña nos mira atónita, ajena aún a este absurdo demonio que nos consume y que, por desgracia, casi siempre viste de Prada.

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Pal’ armario VII


 

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Mujeres, hombres y bicicletas


Como recién salido de un programa chusquero, digan ustedes que sí, aunque en este caso no hay tronista, y si lo hubiera, sería la bicicleta. 

Hace unos días, una amiga me contó entre risas y codazos maliciosos una genial ocurrencia de su hija de 4 años “Los papás juegan al tenis y las mamás cuidan de nosotros”. Tal cual. Y se quedó tan pichi. Obviamente, si de lo que se trataba era de resumir en una frase su realidad circundante, la niña sabía que lo había bordao.

La frase podría recordar al título de uno de esos libros de autoayuda que diseccionan a ambos sexos y enumeran las razones biológicas por las que en ocasiones somos tan diferentes – que si nivel hormonal bla bla bla, que si hemisferio tal o cual – aunque en realidad no lo seamos tanto. Si dejas a un lado la cantidad de vello corporal y la rapidez y facilidad de postura para miccionar en baños públicos, en el fondo no es tanta la distancia que nos separa.

Pero fíjate tú que hay un punto en el camino en que esta mínima diferencia se hace tan grande y peligrosa como un escorpión de cola gorda. Cuando la cigüeña asoma el pico por la puerta de casa hay mil cosas que al momento se tiran despavoridas por la ventana: la improvisación, las maletas pequeñas, las carnes prietas, los tops ombligueros, el estreno de los viernes… Pero de todo este elenco de fugitivos suicidas el no poder disponer de tu propio tiempo quizá sea lo más sangrante. El miniser llega dispuesto a okupar la casa entera y a acaparar el cien por cien del tiempo libre de todo aquel que se acerque a menos de cien metros a la redonda. Entonces comienza una entretenida partida de Risk en la que Padre y Madre mueven ficha en turnos alternos, luchando con uñas y dientes para no perder ni una mijita de espacio propio. Se abre el coloquio…¿Pasamos todo el tiempo los dos juntos con el bebé? ¿O sacamos el Salomón que todos llevamos dentro y nos repartimos 50% cada uno dejando espacio al otro para oxigenarse a costa de cruzarnos sólo por el pasillo? Cuántas dudas…

Como al cromosoma X, que suele ser el pringao de la clase, le sigue casi siempre un gusto por la abnegación extrema, los hobbies de madre y sus aparejos terminan normalmente en el mismo sitio que las tallas 36, es decir, en el fondo del armario para que nada te recuerde que aquello un día fue tuyo. Tablas de snow, gafas de snorkel, tu disfraz de catwoman, aquella maqueta de la Torre Eiffel que hiciste con mondadientes, el curso de edición de vídeo, el de macramé, el de danza del vientre…

Los hobbies de padre sin embargo son algo más porculeros y se agarran con fuerza sobrehumana a su entorno, mostrando una curiosa resistencia a abandonar el hogar familiar. Es más, lejos de apaciguarla, la llegada de los miniseres acelera la querencia masculina por salir de casa, haciendo planear actividades outdoor a hombres que no se habían puesto unos rockis desde su más tierna infancia. Dos o tres hijos más tarde, y a poco que una madre ceda, en las cenas familiares habrá que ponerle cubierto y servilleta a la raqueta de pádel, a la bicicleta y al piolet. Eso contando con que el interfecto sea un alma solitaria, porque si decide jugar a deportes de equipo tendremos que asilar en casa a diez compañeros más, junto al utillero y los reservas.

Este deseo de escape, si bien es sano y reparador, en ocasiones puede hacer estallar la caja de los truenos si siempre es la misma cabeza con rulos la que se queda en casa custodiando a la progenie. Que digo yo, Paco, que igual de sano es tirarse una hora zascandileando arriba y abajo de portería a portería, que correr detrás de tus hijos durante tiempo similar, intentando que se pongan los pantalones, hagan los deberes, no se coman el jabón o no se saquen mocos, o que por lo menos no los peguen luego en la pared del salón. Si lo pruebas, este ejercicio es igual de bueno para la psiquis y además no tienes que llamar antes para alquilar pista. Lo ves, todo son ventajas.

Como temo que se me tache de tendenciosa, sexista y ajquerosa, también diré que hay excepciones. Me han contado que hay un pueblo en la alta montaña segoviana donde los hombres dejan de lado sus aficiones y hobbies para cuidar de sus hijos, piden reducciones de jornada, aceptan puestos basura con tal de salir a las 2, se comen siempre el trozo de filete más pequeño y se levantan cada noche para ver si la mantita de la cuna continúa en su mismo sitio y función. En este pueblo las mujeres planean salir a la calle a manifestarse para que ellos dejen de acaparar funciones. Ay, qué fatiga. Si encuentro el pueblo del punto medio, ya se lo comentaré en otro post…

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Lamadre visita Larradio


A las cero siete horas treinta minutos suena el despertador y yo me desperezo con esa ligera caraja que produce haber dormido muy malamente. Hoy no puedo echar la culpa a Lasniñas, ni a sus virus, ni a sus despertares aleatorios, así que tendré que asumir mis propias neurosis y reconocer que si no he dormido, ha sido por el estado de nervios galopantemente disperso e irritativo que me produjo anoche mi cita de hoy. Larradio. Una radio grande. RNE. Radio Exterior de España para ser exactos. Ana, redactora del programa Puntos de vista, se puso en contacto conmigo la semana pasada para proponerme una pequeña charla donde contarles cómo nacieron libro y blog. Obviamente accedí encantada, sin imaginar el nivel de autosugestión y nervios locos que alcanzaría. 

Comienzo el día con una ducha rápida antes de llevar a Lasniñas al cole, seguida de siete vueltas corriendo en torno al perímetro de la urbanización para desestresarme porque soy incapaz de parar quieta. Para compensar el ejercicio realizado, me siento en la acera y me fumo una cantidad ingente de cigarrillos con profusión de albañil, convencida de que aplacarán mis nervios. Pero nada. Sólo consiguen dejarme una voz varonil con la que emular a Bonnie Tyler en It’s a heartache si decidiera irme a un karaoke. Ideal del todo para mi estreno en las ondas, oye.

Vuelvo a casa y espero religiosamente en la calle a que llegue el coche de producción a recogerme. Mi ignorancia me hace imaginar un vehículo tuneado, con logos por todos lados y un gran megáfono sobre el capó desde el que gritarán mi nombre. Confundida, hago amago de subirme a cada coche ligeramente diferente a los demás que pasa por mi lado: uno de la guardia civil, un camión de yogures, Reparaciones Gil… hasta que para junto a mí un coche de lo más normal, sin distintivo alguno. El conductor baja la ventanilla y me dice con disimulo “No hay nieve en San Maurice”. “Pero hacen buenos chuletones” le contesto yo sin dilación. Es el santo y seña. Me subo y arrancamos raudos y veloces hacia Prado del Rey.

Ya en el hall de entrada, acato todo tipo de órdenes y amables sugerencias. Identifíquese, me identifico. Espere aquí, espero. A los pocos minutos veo aparecer a Ana con una carpeta en la mano y una enorme sonrisa en la cara. Durante el trayecto en coche he tratado de ensayar una frase inteligente con que deslumbrarla en mi presentación, alguna sentencia brillante que haga pensar a mi interlocutora lo ingeniosa que puedo llegar a ser. En mitad de mi vorágine mental sólo alcanzo a decir “Joder, qué nerviosa estoy” Bien, no es el comienzo ideal, pero tampoco voy a flagelarme, que bastante tengo con lo que tengo. Subimos al estudio y yo entro en pánico. Mesa enorme y redonda, cascos, micrófonos como mi cabeza de gordos y una pecera que alberga una mesa de sonido llena de lucecicas y pilotitos como en las pelis de la NASA…

En menos de tres nanosegundos se me ocurren todo tipo de excusas para escapar de allí corriendo como las locas pero antes de que idee un plan de huída, me presentan a Alberto, director del programa. Encantado. Encantada, ¿Cómo estás? Huy, pues con la boca seca, seca, como si hubiese comido polvorones. Decididamente, lo mío no son las sentencias lapidarias improvisadas. Mientras termino la frase veo en sus ojos un ligero brillo que yo traduzco como “Esta chica está muy dispersa ¿De quién ha sido la idea de invitarla? Produccccióóón! Que le cooooorten la cabeza!”  Salgo de mi alucinación infantil instantes antes de sentarnos todos en torno a la mesa. Ellos sonríen, hablan y tratan de tranquilizarme dándome bofetadas como a la niña de Aterriza como puedas. Tres, dos uno… y de repente todo empieza: me olvido de los nervios, de mi nombre e incluso de cómo se pronuncia la palabra “desdramatizar”. El resto, con todos sus puntos y sus comas, pueden oírlo pinchando en esta imagen que me ha quedado tan cuca….Ésta que les escribe comienza a parlotear en torno al minuto 24’ 45”

Cuando todo termina me dan unas enormes ganas de aplaudir de la emoción. Contra todo pronóstico… ¡me lo he pasado pipa! Gracias Ana, gracias Alberto, por hacerme sentir como una reina en el estudio y por conseguir que mi primera experiencia radiofónica haya sido una autentica maravilla, a pesar del color azul de mi piel y de mi falta de oxígeno… También me gustaría dar las gracias desde aquí a los nervios que me produjeron una privación brutal de apetito previa al programa, gracias a ellos he conseguido meterme de nuevo en una talla 38. Dos entrevistas más… ¡y me voy a Bershka!

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Cosas D’Ambulatorio


Con el inicio del curso y la convergencia en una misma estancia de diversos miniseres escolares, con mocos y estafilococos también diversos, se inicia una divertida etapa de enfermedades múltiples y ataques bacteriológicos, digna de Armageddon o peli americana con similar gusto por la catástrofe.

En los últimos días, Lapequeña, neófita en esto del traspaso de mocos y babas a extraños, se ha hecho merecedora de dos gordos galardones, a saber: “Al virus rapidillo”, que presto atacó el segundo día de guardería y “Al virus sibilino” que llegó con sus vomitonas y sin que nadie lo esperara, una noche de jueves a las tres de la mañana.

Lamayor, más curtida en los quehaceres de los ataques virales, no ha contraído aún ningún amigovirus nuevo, o al menos no le ha gustado ninguno lo suficiente como para traerlo a casa y presentarle a sus padres; eso sí, ha adquirido con amor de hermana todos los que Lapequeña traía al hogar y además ha generado por sí misma una alergia medicamentosa, para no ser menos y para que nadie dude de que además de aceptar bichos ajenos, puede generar sus propios males. Faltaría.

Sea como fuere, con ésta que acabo de superar cum laude, son cuatro las tardes que he pasado en urgencias en las últimas semanas. Echando el rato allí, oye, tan pichi. Es tal el vicio que tengo que sopeso seriamente quedarme a dormir en la sala de extracciones, provista como está de camas mullidas y sándwiches de jamón y queso para dar y tomar. Como temo que me lo impidan, y el aparcamiento está fatal por esos lares, me he hecho una nota manuscrita para poner en el cristal cada vez que dejo el coche digamos de forma tirando a ilegal. “Estoy en urgencias” reza el papelín, como si este texto tuviera el poder mágico de salvaguardarme de multas y broncas por parte de la autoridad competente, llegado el caso.

Aunque la señorita de admisión me pide la tarjeta cada vez que llego, es un mero formalismo que mantenemos sólo por guardar las formas. Ambas sabemos que ella conoce al dedillo mi nombre completo, el de mis hijas, el de mi familia de Murcia, mi color favorito, mi postura para dormir y mi contraseña del ordenador. Pase y espere en la salita. En breve les llamaremos. Y entonces yo le guiño un ojo para que sepa que entiendo su fingida frialdad y reafirmar así que estamos en la misma onda.

Paso a la salita y saludo a los allí presentes. Hombre, Jaime, ¿otra vez varicela?. Huy, qué mayor estás MariLuz, has dado un estirón desde el jueves.  Carmen, Lamadre rubia y espigada, era hoy la encargada de traer los bollos, pero se le ha olvidado, así que alguien va a la máquina y saca unas Lays. Con esto y un par de zumos del Mercadona, ya tenemos merendola. Tentada estoy de sacar del maletero unas Mahous, pero me reprimo sólo por el qué dirán.

Me atienden rápido, palpan, pinchan, recetan y me voy por donde he venido, cargando sobre el hombro izquierdo una niña dolorida y agotada de llorar y soportar cuarenta de fiebre, y sobre el derecho, tres barbies y una marioneta de calcetín que me traje para entretenerla durante la espera.

Camino de casa, y tras golpearme en la frente con la palma abierta para dramatizar más la situación, caigo en la cuenta de que no le he pedido a Lamadre de rojo su email y no le voy a poder pasar ese enlace tan gracioso del mono borracho. Es tal el nivel de afinidad emocional que se alcanza con los demás padres que una se siente sola cuando vuelve a casa y piensa que quizá nuestros virus no vuelvan a coincidir.  Afortunadamente, la Providencia se encarga siempre de dar nuevas oportunidades en esta vida y cuando llego a casa me encuentro a “Laotrahija” con los mismos síntomas de su hermana. Suelto a una en el sofá, cojo a la otra y corro presta a ver si aún no han terminado la partida de mus en la salita y me da tiempo de envidar a alguien.

– Otra vez por aquí – oigo que alguien dice tras mi oreja izquierda – Oye, a ver si vas a tener que pagar alquiler. Risita absurda como colofón a un ingenioso chascarrillo de ambulatorio.

– Huy, qué va, jajaja – contesto yo con la risa fingida más natural que encuentro. A ver si te voy a dar una patada en los morros y la próxima en ingresar vas a ser tú. Pero eso sólo lo pienso, no lo digo, por eso no he puesto guión y lo he escrito así, todo seguido.

Por abusona, repetitiva y ansiosa, me confinan al último puesto de la lista de espera, obligándome a socializar de nuevo con el resto de padres. 

– ¿Y la tuya cuánta fiebre tiene? – pregunta el típico padre competitivo.

– Setenta y dos – contesto yo para atajar toda enumeración de síntomas que sólo persiguen ver quién tiene el hijo más enfermo.

Misteriosamente a mi hija se le pasan todos los males de forma fulminante y me sugiere con empujones que en vez de penar y sudar sobre mi pecho, prefiere bajar al suelo para jugar a hacer la croqueta con un niño disfrazado de Superman que se ha tragado un puñao de minas de colores y cuando vomita dibuja la bandera gay.  Me resisto en un principio, no vaya a venir el señor doctor y nos pille a todos en actitud festivalera; pero el amor de madre me puede y finalmente accedo, es más, acompaño sus juegos con palmitas e incluso me arranco con alguna canción. Acto seguido llega el señor doctor con una duda circunvalándole el gorrillo verde… Usté no tenía nada mejor que hacer esta tarde y por eso ha venido a hacernos perder el tiempo a los profesionales del sector, ¿verdad?. Eso lo piensa, pero no lo dice. Gentilmente, me acompaña hasta la consulta mientras yo exagero a más no poder los síntomas de mi hija para que el señor doctor vea que la enfermedad además de real, es seria, y que si he venido ha sido porque es urgente. Adicionalmente le enumero y cuento anécdotas de todos mis amigos de Facebook para que vea que sí tengo vida propia, y a raudales, además.

Su juicio clínico podría haberlo dado yo, desde el cariño lo digo. Es un virus. Antitérmicos, mucha agua y reposo. Perfecto. Si sustituyes los antitérmicos por antidepresivos y el agua por sangría, es justo lo que yo necesito en este momento.

Cuando llego a casa me tiro como un fardo sobre el sofá mientras exclamo esa frase tan de madre ¡Es la primera vez que me siento en tol día!. De repente recuerdo que hay vida humana fuera del ambulatorio y corro a por el móvil. Seis guasaps, dos llamadas perdidas, tres mensajes, doce emails, dos peticiones de socorro inmediato, un concurso que me ofrece un sueldo para toda la vida si termino con éxito un trabalenguas y los dos consabidos huevos duros. ¿Por qué será que las crisis me pillan siempre mirando hacia el otro lado?

Me angustio y temo el desmayo, porque soy de rápido hiperventilar, pero me contengo porque yo a urgencias hoy no vuelvo, así te lo digo, que como siga a este ritmo me van a tomar por el Mocito Feliz de toda la sanidad madrileña…

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Síndrome feo ataca a Madre


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Una mañana te levantas como revuelta, tensión abdominal, dolor doloroso, mala leche generalizada… Como puedes arrancas a andar, pensando que no quieres estar aquí pero tampoco te apetece estar en ningún otro lado. Los sonidos te molestan, la luz te molesta, tú misma te molestas. Miras las paredes de tu habitación y te planteas qué tipo de gilipollez supina te encharcó el raciocinio el día que decidiste pintarla de ese color. ¿Y esos cojines? ¿Estás de coña? Si más feos no los hacen…

Entras en el baño y los ratios de histeria se te disparan hasta hacer estallar los halógenos y llenarte entera de cascotes caídos del techo. Sólo ves ojeras, pelo crespo, piel gris y un gran grano rojo, como la cabeza de un pollo, sito equidistante entre ambos ojos. Sopesas llorar pero prefieres cabrearte que es mucho más digno y socialmente más aceptable.

La ducha no mejora ni un ápice la situación, ni siquiera la de tu pelo, que antes parecía una escoba y ahora un cúmulo de algas que te chorrean sin gracia ninguna sobre los hombros. Quizá si no te hubieras pasado treinta y dos minutos bajo la ducha con la mascarilla puesta, pensando en lo desgraciadita gitana tú eres teniéndolo , ahora tu melena tendría algo más de cuerpo y tú unas poquitas más ganas de vivir.

Vestirte es un calvario. Cuando vas por el décimo conjunto tirado en el suelo, te decantas por unos pantalones blancos del año de la tos que te hacen unas cartucheras como melones y una camiseta de similar añada, que te transforma misteriosamente los melones en desvaídas paraguayas. Resultado. Te pones a llorar. Ahora sí.

De esta guisa sales al descansillo, ofreciéndote en cuerpo y alma al diablo con tal de no encontrarte a ningún vecino, cuando aterrizas en el bajo y te abre la puerta EVB (El vecino buenorro) Avergonzada, inclinas la cerviz y aceleras a lo Zinedine Zidane, como si fueses a embestir el pecho de EVB, pero en plena escapada te miras los pies y caes en la cuenta de cuán largas y descascarilladas llevas las uñas y de lo mucho que te han crecido los pelos de las piernas desde la última vez que te las miraste. Con tanto ensimismamiento tropiezas y te caes. Era de prever en esa pose. 

Tardas exactamente diez minutos en encontrar tu plaza de parking dentro de tu propio edificio. Saliendo le das un golpe al coche o limas la rueda contra la acera, lo que más a mano te pille. De camino al trabajo cambias veintisiete veces de emisora porque no te gusta ninguna de las canciones que ponen. Como te aburres, llamas a Marido y discutes con él. Por lo que sea, tampoco es plan de ponerse tiquismiquis y buscar como loca una razón. En la radio suena algo de Maná y aunque la canción espanta, a ti se te erizan los pelos de los brazos como si el volante diese calambre. Y lloras. Mucho. 

Llegas al curro con el rímel corrido y unas ganas inmensas de que una maceta te caiga directamente sobre el occipucio. En el camino que va del parking a la puerta del edificio reproduces mentalmente la conversación que, débil y en voz baja, mantendrías con tu jefe desde la ambulancia. Juan, por favor, llama a mi marido y dile que le quiero y de paso acércate a esa reunión de tres horas a la que me habías mandado porque a ti no te apetecía una mierda. Gracias.  La vena dramática que te invade hoy está en su punto álgido, sí, así que corre, corre que te pilla.

La mañana transcurre lentamente sin un solo punto positivo del que hacer mención, así que en vez de comer con unas amigas en un bonito restaurante y disfrutar de la vida, decides autoflagelarte comprándote un sándwich en el bar de abajo para comerlo cabreadísima delante del ordenador. Como todo el mundo se ha ido a comer, llamas a Marido y discutes con él. 

La tarde no mejora. Las piernas se te hinchan y la tripa te duele tanto que parece que vas a parir gemelos frente a la fotocopiadora en tres, dos, uno… Atacas la cuarta dosis de ibuprofeno del día aún a riesgo de que tus compañeros te ingresen en Proyecto Hombre. Tus ovarios te dominan el cuerpontero y tú no tienes ganas de más que de morirte! 

A las seis decides irte a casa llorando como las plañideras porque una de tus compañeras te ha mirado mal por el pasillo o no te ha copiado en un mail, lo que significa que te odia y que confabula contra tu persona para hacer que el resto del mundo también te odie profundamente. Si alguien pregunta, nunca expliques los motivos de tu llanto porque dará la sensación de que padeces cierto retardo mental. Y en la oficina con esas cosas hay que ser muy mirada. 

De camino a casa discutes con tres coches, dos motos y un transeúnte que se atreve a cruzar por un paso de cebra interrumpiendo así a las bravas, la placidez de tu conducción. Tú sacas la cabeza por la ventanilla y muy dignamente le comentas que su mujer yace en ese momento en amoroso colecho con su mejor amigo. La escena es observada de lejos por un Municipal que no sabe muy bien si detenerte o mandarte exorcizar. 

Cuando llegas a casa tus hijos están en el parque con Lanana pero en vez de pasar por allí, como harían las buenas madres, decides irte a casa a continuar lamentándote o a ingerir con alevosía los macarrones con chorizo que sobraron de la cena de ayer. Te sientes muy culpable por no haber ido al parque pero saltarte el régimen es un grado más en el ranking  “Culpabilizaciones chupis” así que te sientas tranquilamente en el sofá a abofetearte hasta la hora del baño. Ese momento, otrora idílico y lleno de mimos madre-hijo, es imposible de sobrellevar con este dolor de riñones, esta retención de líquidos y este monumental cabreo contra la humanidad, así que gruñes y lanzas hipogritos huracanados, mientras tus hijos te miran fijamente y piensan ¿…Madre, está usted ahí?…

Marido llega media hora después que tú y aunque entra sigiloso para no hacer ningún ruido que te moleste, le detectas y discutes con él.

A las diez de la noche consideras que ya has tenido suficiente crisis emocional por un día y te metes bajo las sábanas en postura fetal, recordando el sabor de los Filipinos mientras veías Candy Candy. Lloras pensando en qué habrá sido de la señorita Penny y de Anthony y de Archibald y de la pequeña Annie y acto seguido te duermes deseando que las hormonas te dejen mañana volver a ser persona y no una versión iracunda y pasada de cafeína de Mss. Hyde.

Sinceramente, amigos, creo que a Lasmadres se nos debería convalidar esto del Síndrome Premenstrual para no tener que sufrirlo nunca más jamás en todos los días de nuestras vidas. Es obvio que a base de contracciones, pujos, tijeretazos, varices, mastitis, estrías y puntos de sutura, nos lo hemos ganado con creces.  Ya vale de broma.

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Amigas de madre y demás deliciosos seres…


Tengo una amiga, tengo una amiga, que su marido se queda mucho en casa, el pobrecito, está malito, no tiene fuerzas por eso no trabaja; y así mi amiga, cada mañana, madruga mucho y se marcha a la oficina, pero una tarde que se encuentra mal, regresa pronto para descansar…

Tengo otra amiga, bien guardadita en el cajón de los tesoros desde tiempos inmemoriales, que no quiere ni oír hablar de tener hijos. Es la tía perpetua. La que malcría. Y la que por norma general te invita a estrambóticos planes como viajar a Ibiza un jueves para tomar un té con menta, asegurándote que el viernes a primera hora estarás en Madrid lista para fichar.  Luego se queja de que le duelen las cervicales. No te van a doler, criatura…

Tengo otra amiga que cuando se acicala cada mañana frente al espejo antes de ir a trabajar, se peina meticulosamente las cejas con el cepillo de dientes de su marido. Extraña costumbre, pensarán ustedes, pero ruego confidencialidad porque a día de hoy él ni siquiera lo sospecha. Y si lo sospechara, le daría igual. Él la adora porque, a pesar de que confunda los peines, ella es altamente adorable.

Tengo otra amiga gemela desde la extinta EGB que practica puenting y también rafting, parking, lifting, jogging, camping y marketing, y que ahora mismo lucha contra el feroz mobbing que unos extraños duendes cojoneros le están haciendo padecer en el trabajo. Ella aguanta el tirón e intenta ser feliz entre tanta gente fea. Es fuerte para aguantar eso y mucho más. Yo lo sé. Y quiero que ella también lo sepa.

Tengo otra amiga a la que le gusta la cerveza y los combinaos casi tanto como a mí y siempre responde presurosa a unas cañas improvisadas cuando las circunstancias nos lo permiten. Aparece como un soplo de aire fresco, te desparasita la mente y vuelve a desaparecer durante días hasta que vuelves a necesitar terapia. A veces me llama chatunga y me descoloca un poco, pero por lo demás es perfecta.

Tengo otra amiga que tiene una flauta y nació por la zona de Hamelín. Vive con tal pasión todo lo que hace que todas acabamos siguiéndola de una forma u otra. Por su culpa me apunté a un cursillo de mandarín el verano pasado y a punto estuve de hacerme un maquillaje permanente de pestañas en tonos tierra, porque según ella estaba muy de moda y yo hago caso de todo lo que me dice.

Tengo otra amiga que hace tatuajes. En forma de frases. Siempre tiene la frase perfecta para el momento perfecto. Frases que se te quedan grabadas como a fuego en algún lugar oculto entre el estómago y el cerebelo y que en momentos de crisis siempre puedes volver a leer para no ahogarte.

Tengo una amiga que tiene barba y, aparte de que hacemos pis en puertas diferentes, poco más nos diferencia. Hasta nos gustan los mismos hombres. Es una deslenguada y siempre me dice lo que no quiero oír, será por eso que la quiero tanto.

Tengo otra amiga que habla mucho y muy rápido. Siempre pierde el móvil y siempre le roban el bolso cada vez que salimos. A veces se le rompe un tacón tropezando en plena calle y cuando queremos darnos cuenta se ha caído en una zanja. Nosotras la levantamos con mimo del suelo, le quitamos las pajitas del pelo y la echamos de nuevo a andar. Ideal para viajar a climas húmedos porque siempre le pican a ella todos los mosquitos. Es el típico espíritu etéreo que entra en una estación de servicio, abona el repostaje en la caja de prepago, compra unos Bocabits, se mete en el coche y vuelve a su casa sin llenar el depósito. Adorable. Todos deberíamos tener una como ella en la mesita de noche.

Tengo otra amiga que tiene cien hijos y se organiza mejor que mi prima Pili la soltera. No para de hacer planes, de organizar fiestas, de apuntarse a cursos. Y para colmo tiene la tripa plana. Es mi ídola y es de otro planeta, con total seguridad.

Tengo otra amiga que siempre huele a jabón. Un día la vi bajar de un taxi con unas maxigafas y un ramo de girasoles en la mano y pensé que en un descuido me había colado entre las páginas centrales del Vogue. Está perfecta hasta en pijama y con una tira de cera sobre el bigote, Lamuy. Tanto si necesitas un vestido para una boda como una boda en sí misma, sabes que siempre puedes contar con ella.

Tengo otra amiga que son dos amigas, que en realidad son hermanas y mías para más señas. Por misteriosos motivos que sólo pueden explicarse por el hecho de compartir genes y cuarto de baño durante años, somos capaces de arañarnos la cara y tomarnos un par de tintos instantes después.

Amigas nuevas, viejas amigas, amigas tan ricas que hacen que te chupes los dedos cuando cocinan y cuando no, amigas virtuales que llegaron para quedarse, amigas que un día se jubilaron pero que seguro reaparecerán como Ortega Cano… Huelga decir que en esta historieta inconexa son todas las que están pero de ninguna manera están todas las que deberían. La vida me ha tratado bien en lo que seres amistosos se refiere y de alguna forma pública debía agradecérselo. Hasta ayer sopesaba la posibilidad de alquilar un globo y tirar octavillas por la calle con mensajes de amor impresos, pero creo que de esta forma queda algo más cuco. Gracias, guapas, por todos los cachitos de vosotras mismas que cada día me regaláis. Si los junto todos y pongo una peluca en la cima, el resultado es lo que veo cada mañana en el espejo. Y casi siempre me gusta, oyess.

Muerte por chocolate para cinco

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