Archivo mensual: septiembre 2011

Cosas D’Ambulatorio


Con el inicio del curso y la convergencia en una misma estancia de diversos miniseres escolares, con mocos y estafilococos también diversos, se inicia una divertida etapa de enfermedades múltiples y ataques bacteriológicos, digna de Armageddon o peli americana con similar gusto por la catástrofe.

En los últimos días, Lapequeña, neófita en esto del traspaso de mocos y babas a extraños, se ha hecho merecedora de dos gordos galardones, a saber: “Al virus rapidillo”, que presto atacó el segundo día de guardería y “Al virus sibilino” que llegó con sus vomitonas y sin que nadie lo esperara, una noche de jueves a las tres de la mañana.

Lamayor, más curtida en los quehaceres de los ataques virales, no ha contraído aún ningún amigovirus nuevo, o al menos no le ha gustado ninguno lo suficiente como para traerlo a casa y presentarle a sus padres; eso sí, ha adquirido con amor de hermana todos los que Lapequeña traía al hogar y además ha generado por sí misma una alergia medicamentosa, para no ser menos y para que nadie dude de que además de aceptar bichos ajenos, puede generar sus propios males. Faltaría.

Sea como fuere, con ésta que acabo de superar cum laude, son cuatro las tardes que he pasado en urgencias en las últimas semanas. Echando el rato allí, oye, tan pichi. Es tal el vicio que tengo que sopeso seriamente quedarme a dormir en la sala de extracciones, provista como está de camas mullidas y sándwiches de jamón y queso para dar y tomar. Como temo que me lo impidan, y el aparcamiento está fatal por esos lares, me he hecho una nota manuscrita para poner en el cristal cada vez que dejo el coche digamos de forma tirando a ilegal. “Estoy en urgencias” reza el papelín, como si este texto tuviera el poder mágico de salvaguardarme de multas y broncas por parte de la autoridad competente, llegado el caso.

Aunque la señorita de admisión me pide la tarjeta cada vez que llego, es un mero formalismo que mantenemos sólo por guardar las formas. Ambas sabemos que ella conoce al dedillo mi nombre completo, el de mis hijas, el de mi familia de Murcia, mi color favorito, mi postura para dormir y mi contraseña del ordenador. Pase y espere en la salita. En breve les llamaremos. Y entonces yo le guiño un ojo para que sepa que entiendo su fingida frialdad y reafirmar así que estamos en la misma onda.

Paso a la salita y saludo a los allí presentes. Hombre, Jaime, ¿otra vez varicela?. Huy, qué mayor estás MariLuz, has dado un estirón desde el jueves.  Carmen, Lamadre rubia y espigada, era hoy la encargada de traer los bollos, pero se le ha olvidado, así que alguien va a la máquina y saca unas Lays. Con esto y un par de zumos del Mercadona, ya tenemos merendola. Tentada estoy de sacar del maletero unas Mahous, pero me reprimo sólo por el qué dirán.

Me atienden rápido, palpan, pinchan, recetan y me voy por donde he venido, cargando sobre el hombro izquierdo una niña dolorida y agotada de llorar y soportar cuarenta de fiebre, y sobre el derecho, tres barbies y una marioneta de calcetín que me traje para entretenerla durante la espera.

Camino de casa, y tras golpearme en la frente con la palma abierta para dramatizar más la situación, caigo en la cuenta de que no le he pedido a Lamadre de rojo su email y no le voy a poder pasar ese enlace tan gracioso del mono borracho. Es tal el nivel de afinidad emocional que se alcanza con los demás padres que una se siente sola cuando vuelve a casa y piensa que quizá nuestros virus no vuelvan a coincidir.  Afortunadamente, la Providencia se encarga siempre de dar nuevas oportunidades en esta vida y cuando llego a casa me encuentro a “Laotrahija” con los mismos síntomas de su hermana. Suelto a una en el sofá, cojo a la otra y corro presta a ver si aún no han terminado la partida de mus en la salita y me da tiempo de envidar a alguien.

– Otra vez por aquí – oigo que alguien dice tras mi oreja izquierda – Oye, a ver si vas a tener que pagar alquiler. Risita absurda como colofón a un ingenioso chascarrillo de ambulatorio.

– Huy, qué va, jajaja – contesto yo con la risa fingida más natural que encuentro. A ver si te voy a dar una patada en los morros y la próxima en ingresar vas a ser tú. Pero eso sólo lo pienso, no lo digo, por eso no he puesto guión y lo he escrito así, todo seguido.

Por abusona, repetitiva y ansiosa, me confinan al último puesto de la lista de espera, obligándome a socializar de nuevo con el resto de padres. 

– ¿Y la tuya cuánta fiebre tiene? – pregunta el típico padre competitivo.

– Setenta y dos – contesto yo para atajar toda enumeración de síntomas que sólo persiguen ver quién tiene el hijo más enfermo.

Misteriosamente a mi hija se le pasan todos los males de forma fulminante y me sugiere con empujones que en vez de penar y sudar sobre mi pecho, prefiere bajar al suelo para jugar a hacer la croqueta con un niño disfrazado de Superman que se ha tragado un puñao de minas de colores y cuando vomita dibuja la bandera gay.  Me resisto en un principio, no vaya a venir el señor doctor y nos pille a todos en actitud festivalera; pero el amor de madre me puede y finalmente accedo, es más, acompaño sus juegos con palmitas e incluso me arranco con alguna canción. Acto seguido llega el señor doctor con una duda circunvalándole el gorrillo verde… Usté no tenía nada mejor que hacer esta tarde y por eso ha venido a hacernos perder el tiempo a los profesionales del sector, ¿verdad?. Eso lo piensa, pero no lo dice. Gentilmente, me acompaña hasta la consulta mientras yo exagero a más no poder los síntomas de mi hija para que el señor doctor vea que la enfermedad además de real, es seria, y que si he venido ha sido porque es urgente. Adicionalmente le enumero y cuento anécdotas de todos mis amigos de Facebook para que vea que sí tengo vida propia, y a raudales, además.

Su juicio clínico podría haberlo dado yo, desde el cariño lo digo. Es un virus. Antitérmicos, mucha agua y reposo. Perfecto. Si sustituyes los antitérmicos por antidepresivos y el agua por sangría, es justo lo que yo necesito en este momento.

Cuando llego a casa me tiro como un fardo sobre el sofá mientras exclamo esa frase tan de madre ¡Es la primera vez que me siento en tol día!. De repente recuerdo que hay vida humana fuera del ambulatorio y corro a por el móvil. Seis guasaps, dos llamadas perdidas, tres mensajes, doce emails, dos peticiones de socorro inmediato, un concurso que me ofrece un sueldo para toda la vida si termino con éxito un trabalenguas y los dos consabidos huevos duros. ¿Por qué será que las crisis me pillan siempre mirando hacia el otro lado?

Me angustio y temo el desmayo, porque soy de rápido hiperventilar, pero me contengo porque yo a urgencias hoy no vuelvo, así te lo digo, que como siga a este ritmo me van a tomar por el Mocito Feliz de toda la sanidad madrileña…

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Síndrome feo ataca a Madre


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Una mañana te levantas como revuelta, tensión abdominal, dolor doloroso, mala leche generalizada… Como puedes arrancas a andar, pensando que no quieres estar aquí pero tampoco te apetece estar en ningún otro lado. Los sonidos te molestan, la luz te molesta, tú misma te molestas. Miras las paredes de tu habitación y te planteas qué tipo de gilipollez supina te encharcó el raciocinio el día que decidiste pintarla de ese color. ¿Y esos cojines? ¿Estás de coña? Si más feos no los hacen…

Entras en el baño y los ratios de histeria se te disparan hasta hacer estallar los halógenos y llenarte entera de cascotes caídos del techo. Sólo ves ojeras, pelo crespo, piel gris y un gran grano rojo, como la cabeza de un pollo, sito equidistante entre ambos ojos. Sopesas llorar pero prefieres cabrearte que es mucho más digno y socialmente más aceptable.

La ducha no mejora ni un ápice la situación, ni siquiera la de tu pelo, que antes parecía una escoba y ahora un cúmulo de algas que te chorrean sin gracia ninguna sobre los hombros. Quizá si no te hubieras pasado treinta y dos minutos bajo la ducha con la mascarilla puesta, pensando en lo desgraciadita gitana tú eres teniéndolo , ahora tu melena tendría algo más de cuerpo y tú unas poquitas más ganas de vivir.

Vestirte es un calvario. Cuando vas por el décimo conjunto tirado en el suelo, te decantas por unos pantalones blancos del año de la tos que te hacen unas cartucheras como melones y una camiseta de similar añada, que te transforma misteriosamente los melones en desvaídas paraguayas. Resultado. Te pones a llorar. Ahora sí.

De esta guisa sales al descansillo, ofreciéndote en cuerpo y alma al diablo con tal de no encontrarte a ningún vecino, cuando aterrizas en el bajo y te abre la puerta EVB (El vecino buenorro) Avergonzada, inclinas la cerviz y aceleras a lo Zinedine Zidane, como si fueses a embestir el pecho de EVB, pero en plena escapada te miras los pies y caes en la cuenta de cuán largas y descascarilladas llevas las uñas y de lo mucho que te han crecido los pelos de las piernas desde la última vez que te las miraste. Con tanto ensimismamiento tropiezas y te caes. Era de prever en esa pose. 

Tardas exactamente diez minutos en encontrar tu plaza de parking dentro de tu propio edificio. Saliendo le das un golpe al coche o limas la rueda contra la acera, lo que más a mano te pille. De camino al trabajo cambias veintisiete veces de emisora porque no te gusta ninguna de las canciones que ponen. Como te aburres, llamas a Marido y discutes con él. Por lo que sea, tampoco es plan de ponerse tiquismiquis y buscar como loca una razón. En la radio suena algo de Maná y aunque la canción espanta, a ti se te erizan los pelos de los brazos como si el volante diese calambre. Y lloras. Mucho. 

Llegas al curro con el rímel corrido y unas ganas inmensas de que una maceta te caiga directamente sobre el occipucio. En el camino que va del parking a la puerta del edificio reproduces mentalmente la conversación que, débil y en voz baja, mantendrías con tu jefe desde la ambulancia. Juan, por favor, llama a mi marido y dile que le quiero y de paso acércate a esa reunión de tres horas a la que me habías mandado porque a ti no te apetecía una mierda. Gracias.  La vena dramática que te invade hoy está en su punto álgido, sí, así que corre, corre que te pilla.

La mañana transcurre lentamente sin un solo punto positivo del que hacer mención, así que en vez de comer con unas amigas en un bonito restaurante y disfrutar de la vida, decides autoflagelarte comprándote un sándwich en el bar de abajo para comerlo cabreadísima delante del ordenador. Como todo el mundo se ha ido a comer, llamas a Marido y discutes con él. 

La tarde no mejora. Las piernas se te hinchan y la tripa te duele tanto que parece que vas a parir gemelos frente a la fotocopiadora en tres, dos, uno… Atacas la cuarta dosis de ibuprofeno del día aún a riesgo de que tus compañeros te ingresen en Proyecto Hombre. Tus ovarios te dominan el cuerpontero y tú no tienes ganas de más que de morirte! 

A las seis decides irte a casa llorando como las plañideras porque una de tus compañeras te ha mirado mal por el pasillo o no te ha copiado en un mail, lo que significa que te odia y que confabula contra tu persona para hacer que el resto del mundo también te odie profundamente. Si alguien pregunta, nunca expliques los motivos de tu llanto porque dará la sensación de que padeces cierto retardo mental. Y en la oficina con esas cosas hay que ser muy mirada. 

De camino a casa discutes con tres coches, dos motos y un transeúnte que se atreve a cruzar por un paso de cebra interrumpiendo así a las bravas, la placidez de tu conducción. Tú sacas la cabeza por la ventanilla y muy dignamente le comentas que su mujer yace en ese momento en amoroso colecho con su mejor amigo. La escena es observada de lejos por un Municipal que no sabe muy bien si detenerte o mandarte exorcizar. 

Cuando llegas a casa tus hijos están en el parque con Lanana pero en vez de pasar por allí, como harían las buenas madres, decides irte a casa a continuar lamentándote o a ingerir con alevosía los macarrones con chorizo que sobraron de la cena de ayer. Te sientes muy culpable por no haber ido al parque pero saltarte el régimen es un grado más en el ranking  “Culpabilizaciones chupis” así que te sientas tranquilamente en el sofá a abofetearte hasta la hora del baño. Ese momento, otrora idílico y lleno de mimos madre-hijo, es imposible de sobrellevar con este dolor de riñones, esta retención de líquidos y este monumental cabreo contra la humanidad, así que gruñes y lanzas hipogritos huracanados, mientras tus hijos te miran fijamente y piensan ¿…Madre, está usted ahí?…

Marido llega media hora después que tú y aunque entra sigiloso para no hacer ningún ruido que te moleste, le detectas y discutes con él.

A las diez de la noche consideras que ya has tenido suficiente crisis emocional por un día y te metes bajo las sábanas en postura fetal, recordando el sabor de los Filipinos mientras veías Candy Candy. Lloras pensando en qué habrá sido de la señorita Penny y de Anthony y de Archibald y de la pequeña Annie y acto seguido te duermes deseando que las hormonas te dejen mañana volver a ser persona y no una versión iracunda y pasada de cafeína de Mss. Hyde.

Sinceramente, amigos, creo que a Lasmadres se nos debería convalidar esto del Síndrome Premenstrual para no tener que sufrirlo nunca más jamás en todos los días de nuestras vidas. Es obvio que a base de contracciones, pujos, tijeretazos, varices, mastitis, estrías y puntos de sutura, nos lo hemos ganado con creces.  Ya vale de broma.

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Amigas de madre y demás deliciosos seres…


Tengo una amiga, tengo una amiga, que su marido se queda mucho en casa, el pobrecito, está malito, no tiene fuerzas por eso no trabaja; y así mi amiga, cada mañana, madruga mucho y se marcha a la oficina, pero una tarde que se encuentra mal, regresa pronto para descansar…

Tengo otra amiga, bien guardadita en el cajón de los tesoros desde tiempos inmemoriales, que no quiere ni oír hablar de tener hijos. Es la tía perpetua. La que malcría. Y la que por norma general te invita a estrambóticos planes como viajar a Ibiza un jueves para tomar un té con menta, asegurándote que el viernes a primera hora estarás en Madrid lista para fichar.  Luego se queja de que le duelen las cervicales. No te van a doler, criatura…

Tengo otra amiga que cuando se acicala cada mañana frente al espejo antes de ir a trabajar, se peina meticulosamente las cejas con el cepillo de dientes de su marido. Extraña costumbre, pensarán ustedes, pero ruego confidencialidad porque a día de hoy él ni siquiera lo sospecha. Y si lo sospechara, le daría igual. Él la adora porque, a pesar de que confunda los peines, ella es altamente adorable.

Tengo otra amiga gemela desde la extinta EGB que practica puenting y también rafting, parking, lifting, jogging, camping y marketing, y que ahora mismo lucha contra el feroz mobbing que unos extraños duendes cojoneros le están haciendo padecer en el trabajo. Ella aguanta el tirón e intenta ser feliz entre tanta gente fea. Es fuerte para aguantar eso y mucho más. Yo lo sé. Y quiero que ella también lo sepa.

Tengo otra amiga a la que le gusta la cerveza y los combinaos casi tanto como a mí y siempre responde presurosa a unas cañas improvisadas cuando las circunstancias nos lo permiten. Aparece como un soplo de aire fresco, te desparasita la mente y vuelve a desaparecer durante días hasta que vuelves a necesitar terapia. A veces me llama chatunga y me descoloca un poco, pero por lo demás es perfecta.

Tengo otra amiga que tiene una flauta y nació por la zona de Hamelín. Vive con tal pasión todo lo que hace que todas acabamos siguiéndola de una forma u otra. Por su culpa me apunté a un cursillo de mandarín el verano pasado y a punto estuve de hacerme un maquillaje permanente de pestañas en tonos tierra, porque según ella estaba muy de moda y yo hago caso de todo lo que me dice.

Tengo otra amiga que hace tatuajes. En forma de frases. Siempre tiene la frase perfecta para el momento perfecto. Frases que se te quedan grabadas como a fuego en algún lugar oculto entre el estómago y el cerebelo y que en momentos de crisis siempre puedes volver a leer para no ahogarte.

Tengo una amiga que tiene barba y, aparte de que hacemos pis en puertas diferentes, poco más nos diferencia. Hasta nos gustan los mismos hombres. Es una deslenguada y siempre me dice lo que no quiero oír, será por eso que la quiero tanto.

Tengo otra amiga que habla mucho y muy rápido. Siempre pierde el móvil y siempre le roban el bolso cada vez que salimos. A veces se le rompe un tacón tropezando en plena calle y cuando queremos darnos cuenta se ha caído en una zanja. Nosotras la levantamos con mimo del suelo, le quitamos las pajitas del pelo y la echamos de nuevo a andar. Ideal para viajar a climas húmedos porque siempre le pican a ella todos los mosquitos. Es el típico espíritu etéreo que entra en una estación de servicio, abona el repostaje en la caja de prepago, compra unos Bocabits, se mete en el coche y vuelve a su casa sin llenar el depósito. Adorable. Todos deberíamos tener una como ella en la mesita de noche.

Tengo otra amiga que tiene cien hijos y se organiza mejor que mi prima Pili la soltera. No para de hacer planes, de organizar fiestas, de apuntarse a cursos. Y para colmo tiene la tripa plana. Es mi ídola y es de otro planeta, con total seguridad.

Tengo otra amiga que siempre huele a jabón. Un día la vi bajar de un taxi con unas maxigafas y un ramo de girasoles en la mano y pensé que en un descuido me había colado entre las páginas centrales del Vogue. Está perfecta hasta en pijama y con una tira de cera sobre el bigote, Lamuy. Tanto si necesitas un vestido para una boda como una boda en sí misma, sabes que siempre puedes contar con ella.

Tengo otra amiga que son dos amigas, que en realidad son hermanas y mías para más señas. Por misteriosos motivos que sólo pueden explicarse por el hecho de compartir genes y cuarto de baño durante años, somos capaces de arañarnos la cara y tomarnos un par de tintos instantes después.

Amigas nuevas, viejas amigas, amigas tan ricas que hacen que te chupes los dedos cuando cocinan y cuando no, amigas virtuales que llegaron para quedarse, amigas que un día se jubilaron pero que seguro reaparecerán como Ortega Cano… Huelga decir que en esta historieta inconexa son todas las que están pero de ninguna manera están todas las que deberían. La vida me ha tratado bien en lo que seres amistosos se refiere y de alguna forma pública debía agradecérselo. Hasta ayer sopesaba la posibilidad de alquilar un globo y tirar octavillas por la calle con mensajes de amor impresos, pero creo que de esta forma queda algo más cuco. Gracias, guapas, por todos los cachitos de vosotras mismas que cada día me regaláis. Si los junto todos y pongo una peluca en la cima, el resultado es lo que veo cada mañana en el espejo. Y casi siempre me gusta, oyess.

Muerte por chocolate para cinco

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