Archivo mensual: marzo 2011

Vestida para la ocasión


Al igual que los cocineros, los guardias civiles, las folclóricas y los transformistas, una madre debe vestirse adecuadamente si quiere ejercer su profesión con dignidad, tronío y saberestar.  De nada sirve salir al parque con falda tubo rodillera y taconazo de diez centímetros, a no ser, claro, que te hayas cansado ya de tus piezas dentales y desees estamparlas contra el respaldo de un banco y así tener excusa para reemplazarlas por otras más relucientes y pintonas, como de famosa volviendo de Miami.

Así a bote pronto me sobrevienen a la zona de pensar algunas prendas vetadas por traumatizantes o peligrosas y otras necesarias en extremo para sobrevivir en esta jungla despiadada que es el día a día maternal. A saber:

Bolso. Gordo y grande, ande o no ande. Preferiblemente bandolera para que te deje ambas dos manos libres en caso de que el que estampe los dientes contra la escalera mecánica o el columpio sea tu miniser. El tamaño de la tira de la bandolera deberá ser la justica para que el sacobolso te quede mismamente a la altura de la cadera. Si lo extiendes más, se te colará el culo por el hueco cada vez que te agaches a recoger utensilios inusitados o a impedir que el miniser ingiera sustancias tóxicas, cacas de perro, o ambas dos cosas en el mismo tiempo y acción.

Zapatos. Si tienes zuecos o botas de pocero bien, si no, unas deportivas servirán perfectamente. Las de velcro van bien para que los miniseres gateantes no se entretengan en chupar los cordones como si fuesen patas de cigala, con el subsiguiente riesgo de que se traguen el plastiquito de la punta y a ti te dé un ictus por concentración de temor repentino y alborotado.

Medias. Si tienes en casa y te van bien, que sean de fútbol. Las carisísimas déjalas para cuando vayas a la ópera o a comer con tus suegros. No seas temeraria ni desafíes las reglas establecidas, hazme caso. No hay medias que sobrevivan a un encuentro con un niño; en cuanto te descuidas meten el dedito en cualquier punto y te dejan compuesta y con la cacha al aire.

Camisa. Su blancura es inversamente proporcional a la cantidad de nocilla o barro de maceta que tu hijo porte bajo las uñas. A una buena madre, de las de verdad, se la reconoce por la suciedad que lleva en la camisa. Si ésta luce limpia e impoluta es que ella es una desidiosa malamadre y no te conviene para nada frecuentarla.

Tops estrechos. Si tras el parto has recuperado la firmeza abdominal, perfecto, si no, opta por el corte imperio, tan socorrido él. Se presupone que a una madre siempre le quedan lorzas tras los embarazos, pero no todo el mundo lo sabe a ciencia cierta, ayudémonos entre nosotras y no demos pistas, jo.

Jerséis. No importa cómo sean. Te los van a vomitar igual.

Chaquetas. Mete los brazos en las mangas, eso ante todo. Nada de dejarlas descansar desvaídas y lánguidas sobre los hombros, a no ser que lleven unas agujas de hacer punto incorporadas bajo las sisas, en cuyo caso puedes aprovechar y tejerte unas polainas.

Faldas. Ideales para que todo el parque te vea la nalga la séptima vez que te agaches a por algo o cuando decidas hacerte la hippy y tirarte al suelo a hacer castillos. Sin telita de por medio, excuso decirte hasta dónde avanza la arena. También dan mucho juego cuando tus miniseres piden desde el suelo ser aupados y tiran de lo primero que pillan. Cuando la cinturilla te llega por las corvas, te das cuenta de que la goma de tus bragas acaba de tener su propio minuto de gloria.

Fulares, pasminas y allegados. Si quieres morir ahogada, bien, ponte uno y coge un miniser en brazos. Con tal de que esté entretenido y pseudomudo le dejarás juguetear con ambos extremos y cuando te quieras dar cuenta estarás tan mareada por la falta de oxígeno que sólo podrás desmayarte, azul y sigilosa, ante el estupor general.

Anillos. Dan mucho juego en las cafeterías, sobre todo cuando quieres terminar de contarle a tu amiga aquella historia de diversión extrema. Al segundo anillo de oro blanco que tu hijo meta bajo la máquina de los helados y no recuperes jamás, no volverás a sacar la pedrería del joyero ni para las recepciones con el embajador. Como te lo cuento.

Collares. Pertenecen al mismo grupo de armas de destrucción materna que los Fulares, pasminas y allegados, pero son infinitamente más peligrosos. Los abalorios de colores les gustan casi tanto como los plastiquitos de los cordones así que prepárate para un segundo ictus.

Sujetador. Pues mayormente el que pilles, combine o no combine con el resto de tu ser. Como si eso importara.

Tanga. Ay, amiga, llegó la hora de la verdad. Recolocarse la gomita de la ropa interior al estilo Nadal siempre ha resultado poco estiloso, pero prueba tú a subir la cuesta del garaje con la bici en una mano, una pelota en modo “melón” bajo la axila, arrastrando al niño con la mano libre y mientras tanto el tanga rozándote el colon. Que no, hombre que no, que ni en Guantánamo. Así que larga vida a la braga y si es de cuello vuelto, tanto mejor.

Si sigues estas indicaciones tu vida será mucho más cómoda, aunque vayas hecha una fachosa y parezca que el armario te ha vomitado encima. En tus ratos de asueto gozarás de algo más de libertad de indumentaria, podrás vestirte de paisano y enfundarte estrechos ligueros, corpiños y minishorts con avidez, como si los fuesen a dejar de importar de china.

Pero no me sufras ni pienses que la maternidad mató tu glamour. Hazte a la idea de que llevas una doble vida que te obliga a entrar y salir del armario varias veces al día…y hasta puede que resulte divertido, peligroso y enriquecedor… mmm, ah, sí, eh?…

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Thebadmother


It’s easy to estimate, abacus in hand, that it´s been more than one, two, or even three million times I’ve been overwhelmed with the cruel feeling of being a Badmother, of not being good enough, of really messing things up. And believe me, it hurts like a bang in the dark (one of those bangs in the dark you don’t expect until is too late, when your big toe is throbbing like a tin of tomatoes).
When TheEldest was more or less three weeks old and we were already over that terrifying period of corporal maturity in which IT IS possible to have her earlobes pierced but IT IS NOT possible to have her fingernails cut, even though she scratches, again and again, her little face like crazy, waking up like an after-party Sue Ellen, I went straight to my baby, my face muscles tightened in tension, grabbing the baby nail scissors and mentally repeating in a sort of karma “It’sdeadeasy, It’sdeadeasy, It’sdeadeasy!“. Little movement she made, mainly because she was enjoying one of those fourand-a-half-hours of neonatal lethargy that sadly vanishes over the years. But the fact is that, once dealing with her little left finger, I cut not only her teeny-weeny fingernail but also a piece of the surrounding flesh. She bled and cried and, of course, I wished to be struck at that very right moment by a thunderbolt or electrocuted by any other electrical appliance. And as a real lion-mum I sucked her injured little finger and cradled my baby until she disconnected and felt asleep again. Hours after the shock and I was still unable to take her little finger out of my mouth because each time I saw her wound, I couldn’t help but think… how could you do that, you wicked woman!?!?

After that day, that bloody sentence has slipped through my thoughts and daydreams again and again: when you arrive at home, after the whole morning doing shopping, and notice that Thegirl has a poo so firmly stuck to her little butt that it won’t come out unless you rub it with boiling water and the hob-scraper; when you pick her up from the school, grab her little hand and realise that her fingernails were long enough to look like mandarin stickers, and so, so black underneath that she could have spent the break changing the crankshaft bearing from a Talbot Samboa; when you try to soothe her and make her sleep with a lullaby at the end of the day and feel that the exhaustion only let your brain hum the daleatucuerpoalegríamacarena; when you open the fridge with the healthy resolution of preparing a fruit purée and find there´s a lonely, wrinkled  and moldy lemon as the only available piece of fruit; when you meet that neighbourwhoseeseverithing going for a walk and Yourchild flaunts a pair of green snots hanging from his nose and slipping dangerously towards his mouth, as he tries to get rid of them with strong pendular movements of his tongue…
When children grow up and, as a result of their cerebral maturity, they start making audible and sensible sentences, it all becomes more and more complicated. “My Mummy smokes” your candid girl says to your mother-in-law. Here comes a deep silence followed by a stomach cramp and the Grandmother’s mental image becomes transparent: you appear disguised in a polydrug-addict-tracksuit and playing slot machines. “My mommy has a tattoo”, Yourchild says in the park… “….And she surely also robs the gas stations”… You hear what the other mothers, well settled on the bench and eating sunflower seeds, must be thinking.
Badmother… badmother… badmother… If nobody calls you one, no problem, you call yourself one. How on earth didn’t you realise? How could you allow such a big slip-up? Where the hell were you while…? If you want to keep on punishing yourself, there are thousands more questions I can make, but I believe it’s about time to unwind and get things into perspective. You are not perfect, and fortunately, you never will be. Yourchild will grow up witnessing your mistakes, and then laughing at them with his or her friends, as we all have done… Like when you can’t spell Schwarzenegger, or it’s impossible for you to program the hard disk recorder, or when you dance at weddings as if you were being electrocuted… We’re all children of imperfect parents, and nevertheless we’re pretty neat, as far as I can see.

I really don’t know if this urge to be perfect comes as a result of a microchip implanted at childhood or it’s just like a tic we develop as we age, like saddlebags, crow’s feet or tennis elbow. Do we really have to do everything right? Does anyone really expect it?
As far as I’m concerned I’m really proud of my “normal” parents, who would put me to sleep in their arms or allow me to suck the heads of prawns, both potentially dangerous activities and nevertheless they weren’t able to prevent me from one painful fall or another  (or they simply didn’t want to). The thought of being raised by a perfect family that doesn’t even give you the opportunity to make mistakes and to blame them for your mistakes doesn’t appeal to me in the slightest.

* Thanks for the (invaluable) Accidental help and the native proofreading.

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Pal’armario II


Elarmario de Lascascarrias. Abre y deja tu artefacto inservible.

 

Otra cascarria pal’armario!!

Que la disfruten!!

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Lamadre ya no quiere ser como Beckham


Me gustaba el fútbol. Y mucho, oiga. Puede ser que en ello influyera a raudales que soy la menor de tres hermanas y cuando mi padre vio la poca opción que quedaba para la llegada del hijo varón, me apañó un par de lazos blancos en las coletas y me dijo, “anda y tira pal Bernabéu”. Todo cuanto ven tus ojos un día será tuyo, hija – exclamó entre otras jacarandas y chistes típicos, con aquel gorro de ruso espantoso que se me ponía para los partidos invernales. Pero yo me lo creí. Y me lo creí tanto que mientras mis amigas leían a LosCinco en la casa de la tortuga, yo me metí entre pecho y espalda las biografías completas de Di Stéfano y otros semidioses, no fuera a ser que un día me llamaran para gobernar y no me hallara yo dispuesta.

Pasaron los años y Laniña que fui creció jubilosa viéndole un testículo a Butragueño, sufriendo con los últimos goles de Malta y con el señor al que Juanito pisó la cabeza; sospechando que Michel sentía algo verdadero por Valderrama y que Hugo Sánchez se había criado en un circo; llorando con los robos de Tenerife más que con los partos y vociferando hasta la afonía la llegada de Laséptima, Laoctava, Lanovena…¡Tol día en Cibeles, ay, qué gustico!

Sólo fui ferviente creyente, ojo, cero practicante, que todo hay que decirlo.  Aunque competí con cierta dignidad en más de una Liga Fantástica, aquello de enfundarme espinilleras, mancharme de barro y briznas de hierba y escupir gargajos sobre el césped por boca y/o nariz siempre me pareció de lo más tosco y rural. Obvio que me apeteciera infinitamente más tirar de palillo, mahous y unas bravas sobre la barra de cualquier bar, entre provechitos disimulados e improperios al árbitro.   

Celebrando Laoctava me hice un esguince, no pensaba yo decirlo pero ya que me preguntan. Tantas veces elevé mi cuerpontero y lo dejé caer entre oé y oé, mostrando ingenio, capacidad para el desmarque y doble visión de juego que en una de esas me olvidé de aterrizar sobre ambos tobillos y perdí la verticalidad al borde de la barra. La confluencia de astros quiso que dos días después hubiera de empezar un nuevo trabajo en una nueva agencia, viéndome por tanto obligada, oh cielos, a llamar al futuro y por siempre Jefe para explicarle el motivo de mi convalecencia y de mi escayola, ambas dos cosas. Afortunadamente me entendió y creo que desde ese día le caí mucho mejor. Entre hombres nos entendemos. 

Y ya que sacamos las agujas de hacer punto y nos entregamos por entero al mundo confidencias, también diré que durante años escuché cada noche Elarguero con religiosa perseverancia y un cuco transistor bajo la almohada. Nunca se lo dije a nadie por miedo al qué dirán, déjate, que de malignas está el mundo lleno y ya circulaban ciertos rumores por la facultad sobre que antes me llamaba Ramón y calzaba un cuarenta y tres. 

De igual modo abochornado reconoceré que fue a un futbolista a quien pedí el primer y único autógrafo que he solicitado en mi vida. Fue a Michel, en un restaurante. Me sonrió y me desmayé. No recuerdo más. Igual de emocionada asistí al nacimiento de Raúl aquella jornada en Larromareda y hasta el día de hoy siento orgullo de madre al ver en lo que se ha convertido y en la cantidad de hijos que tiene, Lavirgen.

Pero algo en mí ha cambiado, para qué negarlo. Ya no me subyuga como antes ver a veintidós tipos churretosos corriendo como becerros, ahora todos allí, ahora todos pal otro lao, como si el campo se balanceara cual barco pirata y no les permitiera a los angelicos decidirse entre la dicotomía de una u otra portería; ahora me quejo porque manolito me ha tirado al suelo, ahora se me cruza un cable y te doy un cabezazo en el estómago, ahora me sale una nueva tableta en el abdominal derecho y ya parezco Hulk. Nontiendo, qué quieren que les diga. 

Cuando yo aparqué mi afición, el futbol era otra cosa, más humano, no sé, más de andar por casa, algo más paternalista y menos sofisticado. Había un único árbitro, vestido de negro hurraca, que imponía respetito, no como ahora que hay diecisiete y salen todos al campo cual horda de manifestantes con pinganillo tipo Madonna para cuchichear a sus anchas. Así no, hombre, no. 

Es posible que la culpa de esta mi desidia la tengan los nuevos horarios que se han marcado las televisiones, amas y señoras del cotarro futbolero amén de otras muchas cosas. Empezar la fiesta cuando el sol se pone, el primetime llega y una ya está ahíta de correr tras sus propios miniseres, laverdad, no me parece de recibo. Pero como tampoco es cuestión de echar balones fuera, también deberé admitir que mis prioridades han cambiado y que puestos a estar hora y tres cuartos viendo jugar a la pelota, prefiero hacerlo con Lasniñas, en el parque, jugando a lanzársela lejos, lejos para que corran a por ella, se cansen y duerman morrocotudamente hasta el nuevo sol. Dios sea loado.

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Elmés que viene…


…Se dice Miamiga a sí misma, mientras oye el golpeteo voluntario y rítmico de su cabeza contra el seno del lavabo. El angelico lleva más de un año repitiendo esta frase a modo de mantra antidepresivo pero témome que ya esté a puntito de desesperar. Y no es para menos. Si a cualquiera le estresa y reconcome escuchar más de cinco minutos la musiquilla de espera de cualquier callcenter sin que se vislumbre oreja que te escuche, imagínense llevar más de un año lanzando óvulos al mundo con la esperanza de que alguno vuelva a casa fertilizado y hermoso todo él. Pero nada.

Con lo divertido que es ensayar, mujer – les comentan amables gentes conciliadoras a ella y a Suchico. Ella sonríe y se cagaentó, que la conozco. Y es que esta dichosa espera está haciendo gran mella en su estado anímico. Meses y meses esperando que llegue Laconcepción, Doña Concha para Losamigos, esa buena mujer voluble e impredecible que a veces llega sin avisar y se te presenta a merendar pillándote en bragas, nunca mejor dicho, y otras veces no encuentra tu puerta asín se la señales en rojo chispa sobre el googlemaps.

Por si acaso la buena mujer se decide a visitarles, cada mes el cuerpontero de mi amiga se engalana presuroso para la ocasión. Su endometrio se viste de fiesta y se prepara para recibir invitados, airea la casa, saca la vajilla buena, música suave, aperitivos, algo de cava… Elóvulo con flequillo atusado y engominado se sienta en el salón a esperar, tic, tac, tic, tac, un día, dos días…pero el timbre no suena. Nadie llega. Bueno – se dice ella – esta vez no ha podido ser pero ya vendrá.

Al mes siguiente más de lo mismo. Vuelven todos a prepararse para la fiesta, hormonas a cascoporro correteando nerviosas por su torrente sanguíneo al grito de Jerónimooooo, pitidos de coches, manos que enarbolan banderas y pancartas a lo Bienvenido Mr. Marshall, pero tampoco llega nadie esta vez. Ni los americanos ni sampitopato. Aquí no llama nidios.
El mes que viene será, seguro.

Sin apenas recobrarse del último derechazo, Miamiga empieza el ciclo de nuevo, vuelve a lanzar un óvulopompa que diestro y esperanzado derrapa trompa abajo y cae de culo sobre el mullido y preparadico lecho del útero, a esperar resignado que le saquen a bailar. Nadie se acerca. Nadie le invita ni a un mísero ponche. Yo temo por ella y por su salud mental, ojo, que por un desplante similar Carrie se lió a gorrazos en la peli con medio instituto y aquello terminó como Elrosario de Laurora. No digo más.

Alejando el desaliento a mamporros, su cuerpo vuelve al ataque al mes siguiente. Un nuevo óvulopompa, lanzado desde el cañón cual enano de circo, vigila expectante por si el destino le hace cruzarse con alguien interesante en el camino. Sin más aterriza en el útero, se aloja en sitio visible y… ¡Espera! ¡En el horizonte se adivina algo! ¿Galgos? ¿Podencos? Da igual. Fuera lo que fuese han pasado de largo. Apaga la fogata que esta vez tampoco te han visto.

Perseverante, si bien un poco hasta Losmismísimos de tanto subibaja emocional, su cuerpo sigue lanzando óvulos como churros, además de bengalas, jabalinas y gritos desesperados, pero nada. Pasan los meses y Laconcepción no llega pero Lafrustración avanza a codazos que da gustico verla, pisando el césped, tirando los carros de fruta, dejando un rastro de desolación y líogordo a su paso.

De esta guisa lleva Miamiga más de un año y yo ya no sé qué decirle para animar su espíritu mustio. He probado a regalarle un gato pero me lo devolvió educadamente argumentando cierto temor a que le arañe las cenefas de tul de la cuna que ya tiene dispuesta. Así que impotente de mí le dedico este post y le mando un beso, recordándole que tengo bonita ropa tamaño carpadecirco esperándola. Hasta el mes que viene.

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