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El incidente de la croqueta


Hará como unos treinta años, lustro arriba, lustro abajo, delante, detrás, un, dos, tres, yo debía ser una especie de niña porculera con gusto por el mal gesto y la cara de pedo cada vez que mi madre me ponía delante un plato que no contuviera espaguetis con tomate. Si me encontraba algo rumbera ese día igual hasta aceptaba algo de paella, albóndigas con patatas y ya lo más de lo más, pechuga de pollo vuelta y vuelta. Pero por lo demás, no supe lo que era un espárrago hasta que mis ojos se encontraron con las ensaladas de la cafetería de la facultad.
No, la verdad es que no comía muy bien. Era toda yo una espina de pescao, que vestida de chándal rojo, cualquier ojo profano habría confundido con un regaliz de los largos.
Intuyo, pasados los años, que debieron ser muchas las broncas que me cayeron por ese absurdo vicio de no probar bocado. Pero concretamente, la noche de un día cualquiera entre 1980 y 1985, sospecho que debí dar la turra más de lo normal. Sentados todos a la mesa, viendo cómo Joaquín Prats intentaba saber de una puñetera vez cuánto costaban las cosas, mi padre súbitamente enloqueció. Armado con una croqueta en la mano y la mala leche ancestral de los Quevedo poseyéndole por los pies, me gritó ¡Evacome!. A lo que una servidora contestó ¡Mmmmmquenó! Intentolo de nuevo el buen hombre ¡Evacome! Y yo ¡Mmmmmquenó!. ¡Evacome! Ésta sería la última vez. Antes de que pudiera siquiera comenzar el tercer ¡Mmmmmquenó!, con mi cara de raspa y morro torcido, mi padre me aplastó con parsimonia la croqueta contra la cara, más específicamente contra el trozo de cara que comprende el labio superior, las fosas nasales y gran porción del carrillo izquierdo.
Y el silencio se hizo entonces en aquel nuestro salón.
Instantes después, comencé a berrear y a quitarme bechamel de la nariz por temor a que me sobreviniera la asfixia, mientras mis hermanas, desde aquí les mando un afectuoso saludo, salían corriendo al baño para mostrar abiertamente su hilaridad, sin riesgo ya de atragantamiento y muerte. Mi madre se quedó a mi vera, atendiéndome en mi delirio y frenesí y cuidando de que mi padre no empuñara otra croqueta, que ya quedaban pocas.
Pasé parte de mi infancia y mi adolescencia pensando que a mi padre le apretaban las horquillas ese día y que por eso perdió los nervios. Ya en su día le perdoné de forma amorosa porque es mi padre y le quiero horrores, pero nunca logré quitarme cierto resquemor de encima por su comportamiento la noche de la croqueta.
Hoy, treinta años después, cuando me siento con Marido y Lasniñas a cenar cada noche alrededor de la mesa, cruzo los dedos de las manos y los dedos de los pies para que ningún acontecimiento externo perturbe la paz del hogar. Pero mi éxito es de tamaño ridículo, amigos. Sobre las cenas sobrevuela siempre la espesa sombra de la tragedia. Cuando a una no le gusta la tortilla, la otra tira el vaso de agua, o se echa encima el caldo de la sopa, o tira el vaso de agua, o mete las manos en la salsa del pollo, o tira el vaso de agua, o se pelean a gorrazo limpio por ver quién se queda el plato azul mientras en plena lid tiran sus respectivos vasos de agua, o meten el pelo en la salsa de tomate, o mastican y mastican formando una bola de carne carrillera que acumulan como los rumiantes en la cara interna del moflete, mientras con una mano hacen bolitas de pan sobre el mantel y con la otra, tiran el agua.
Ay, las cenas, ese mágico momento en que te sientes exprimida porque después de un día horroroso de compromisos y carreras ves cómo la última gota de energía vital se te va literalmente por los poros. Lejos de desaparecer en la atmósfera, esa energía llega directa y misteriosamente a ellas, por ósmosis, haciendo que tripliquen su actividad normal y la velocidad de sus miembros. Gritan, corren, ríen, se te tiran encima en el sofá aplastándote deliberadamente los órganos internos y algunos externos, tiran cosas, muerden cosas, rompen cosas… son como gremlins disparatados y enloquecidos que practican un salvaje vandalismo antes de meterse a la fuerza en la cama y sucumbir.

Hoy comprendo como nadie cuánta labor de autocontención tuvo mi santo padre antes de exprimirme aquella croqueta. Hoy, treinta años después, estoy completamente convencida de que debería habérmela estampado antes. ¿Qué no?

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Mi querida fashion victim…


El día comienza a las 7:45h. Abro los ojos y los vuelvo a cerrar corriendo, apretándolos fuertemente y sonriendo agradecida al cielo, lámpara mediante, por no estar metida en el atasco. Me desperezo y plantifico presurosa un jersey XL sobre el camisón porque por las mañanas esta casa se trasmuta en un coqueto iglú con plaza de parking y videoportero. Feliz, la la lá, la lá por poder despertar a Lasniñas y llenarlas de besos matutinos, me dirijo a su habitación y subo la persiana mientras murmullo dulces palabras de amor.

– Chiquititas mías, mis pequeñitas, ya es de día, hay que ir al cole, a ver amiguitos, lá lará laritos, venga, que hay que despertarse…

Silencio absoluto.

– Pequeñitas, ¿dónde estáis? … ¡Pero bueno! Si no están… A ver, a ver, voy a investigar por las camas, quizá se hayan ido y tenga que salir corriendo a buscarlas…

Dos cabezas salen entonces de debajo de los edredones gritando al unísono una frase ininteligible y escondida entre tanto decibelio. Por tradición sé que dicen “que no, que no, que estamos aquí” Hasta ahí, bien. Mientras Lamayor se enrosca sobre sí misma, ligeramente reacia a abandonar el calorcito de la cama, yo visto a Lapequeña y le rechupeteo y mordisqueo los mofletes, algo que me es permitido siempre, excepto los días en que se levanta mohína y sin ganas de sintonizar con el mundo. Acto seguido cojo carrerilla, me santiguo tres veces como los toreros y encaro con valentía y prestancia de ánimo el caminito que lleva a la cama de Lamayor. Cual tendero de mercadillo comienzo a canturrear las bondades de la ropa que se va a poner.

– Huy qué bonita, pero qué bonita, pero queeeee bonita!!!! Un pantalón pitillo ideal con una camiseta rosa (este adjetivo es importante pronunciarlo en algún momento de la conversación para encontrar mejor predisposición por su parte) y preciosisisima ¿Has visto, peque?

– ¡No quiero!

– Pero si vas a estar guapísima

 – ¡No quiero!

– ¿Prefieres la de HellowKitty?

– ¡No quiero! 

– ¿Entonces la de Princesas? ¿La de Pocoyó?, ¿La de Iron Maiden?

– ¡No quiero! ¡Son todas muy feas! – dice mi pequeña princesa despeinada, mientras grita con los ojos inyectados en sangre y deja escapar culebrillas y sapos gordos por las comisuras.

Se inicia entonces el proceso de “me tiro al suelo – berreo – me voy a otra habitación – o mejor me encierro en el baño – me paso por otra habitación por si acaso queda algún vecino dormido – como nadie viene a buscarme me siento desatendida – y entonces lloro con más fuerza”.

– Pero, mi amor, ven – insisto sentada aún sobre su cama con la ropa en el regazo – ven y te dejo elegir los calcetines que tú quieras, te lo prometo.

Toma ya mi cesión en cosa insustancial, propia de esos cursos en habilidades de negociación que tanto gustan en las empresas.

– Yo sólo quiero ponerme el disfraz de Blancanievessssss – grita una voz iracunda, desde algún oscuro rincón entre Mordor y el armario del pasillo.

Como ven, la cosa empeora y yo sopeso tomarme un whisky.

Tras media hora de forcejeos, lloros, gritos lastimeros y amenazas tipo “te juro que te vas a la calle en pijama”, mi pequeña It girl accede a vestirse a regañadientes y aplazar el disfraz para el fin de semana. Cuando parece que la calma vuelve a reinar en la habitación, llega el momento de elegir peinado.

– Quiero dos coletas.

– Dos coletas no, mi vida, que luego se te mete el pelo en los ojos.

– Pues una trenza de raíz.

– Sí claro, con las horas que son… ¿No prefieres un moño italiano con las puntas en espiga?

Volvemos a llorar, pero esta vez lloramos todas. Ella por la trenza, yo por desquicie y Lapequeña por pura solidaridad. Cuando por fin accede a ponerse la cinta en la cabeza, observo con verdadero pavor que ha elegido una amarilla con topos verdes de entre todas las candidatas posibles, opción que no le va nada de nada con el modelo de hoy, me perdonarán ustedes. Sin apenas proponérmelo saco el personal shopper Josie que llevo en mí y le comento como por encima la posibilidad de elegir otra cinta argumentando serias incompatibilidades cromáticas.

– Pero a mí me gusta la de lunares, mami.

– Ésa va mejor para clase de baile, cariño, y baile no toca hasta el viernes – sentencio con el único fin de liarla por un momento y que se olvide de esa primera elección -. Mejor escogemos la blanca, que va con todo.

Una vez definido el dress code de hoy bajamos a desayunar, las siento en sus sillitas y delego el desayuno en manos de la mujer de alma cándida que me ayuda en casa. Aprovecho la discusión sobre qué cereales prefieren tomar para ducharme y después pasar la siguiente media hora sentada en la cama pensando qué ponerme para atravesar los escasos 500 metros que separan cole y guardería de la puerta de nuestra casa.

…No me gusta nada, qué ropa más fea tengo, qué asco de invierno, no sé qué hago poniéndome estos tristes vaqueros tan chic rústico, si a mí lo que me apetece en realidad es ponerme el wrap dress rojo con la espalda al aire que me compré para la boda de Elena…

Y es entonces, oh cielos, cuando caigo en la cuenta de cuán injusta he sido.

Camino del cole sonreímos pizpiretas y peladas de frío, yo con mi mega fantastic vestido rojo y Lamayor con el suyo de Blancanieves. Lapequeña nos mira atónita, ajena aún a este absurdo demonio que nos consume y que, por desgracia, casi siempre viste de Prada.

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Cambia de hábitos


Crees que eres joven hasta que un día te sale una verruga en la cabeza, oculta entre la maleza de rizos y ondas pseudo naturales. Tú vives feliz con tus vaqueros pitillo y tus Dr. Martens fucsias, creyéndote la reina del estilismo juvenil y de repente un día al cepillarte aúllas de dolor… ¿Qué será? – te preguntas frente al espejo, palpando fisgona el cuero cabelludo. La edad, amiga, es la edad. Hasta entonces andabas tú ensimismada perdida con tus cremas anti ojeras, anti arrugas, pro tersura, pro tensión, con ácido acidulatoso, sin ácido, con progestolamina, sin progestolamina, con moleculitas de R2D2 anti radicales libres e indignados… Todo es poco para ganarle la batalla a la edad. Hasta que un día te sale una verruga en la cabeza y simplemente te recuerda que perderás.

– Verruga, vete – le dices airada.
– Que te lo crees tú – responde ella algo faltosa – soy un signo de edad perfectamente identificado y tengo todos los permisos para estar aquí. Además, alguien debe decirte que no puedes salir a la calle con los vaqueros rotos y deshilachados. Que eres madre, ser ingenuo, haz el favor de bajarte del tacón con tachuelas, subirte los bajos para que no arrastren, calzarte unos castellanos y echarte la rebequita por los hombros…
– No pienso. Rebequita no. Y castellanos menos. Como mucho admito ampliar tres tallas el monedero e ir con él al mercado a comprar víveres frescos – le dices tú conciliadora – pero rebequita no. Y castellanos menos.
– ¿Recuerdas tu camiseta raída de los Rolling? – te interroga la verruga – pues la he echado para trapos. Ya no te pega.
– ¿Qué has hecho qué?, ¿Estás loca?… La compré en Londres hace años y le tenía un cariño especial – gritas amenazándola con el puño en alto.

Antes de que cunda la furibundia, párate y recuerda que estás hablando con una verruga y eso, que quieras o que no, le resta mucha credibilidad a la discusión. No te disgustes, mujer, no lo merece.
– Como si te la regaló el mismísimo Mingo Star – continúa ella errequerre – ya no tienes edad para disfrazarte de groupie.

Sopesas plantarle cara y sacarla de su error Rolling Vs Beatles, pero como la melomanía tampoco es un rasgo característico de las verrugas y no tienes por qué exigírselo, te callas deseando que los minutos pasen y súbitamente enmudezca.

– Ser madre no significa retroceder en el tiempo, amiga verruga – lo ves como no te puedes ver callada -. Puedo ser buena madre, mascar chicle, hacerme tatuajes y suscribirme a la Rolling Stone. Una cosa no quita las otras.
– Suscribirte a eso, sea lo que sea, sí – contesta con desgana – pero suspirar por jovencitos no. ¿O me vas a negar que antes te gustaban los hombres mayores que tú, con jerséis negros de cuello alto y gafas de intelectual y ahora se te cae la baba viendo a ese actor veinteañero que se pasea por las series en camiseta interior?
– ¿Cómo sabes tú eso? – preguntas inocentemente sin darte cuenta de que acabas de reconocer pensamientos libidinosos con jovencitos delante de una verruga.
– Porque estoy en tu cabeza, mujer, y aquí se oye todo. Pero no te preocupes porque es absolutamente normal. Si a tu edad te gustaran los hombres mayores que tú, la revista Hola incluiría entre sus páginas posters tamaño natural de Papá Noel o Chanquete.
– Eres cruel, verruga – le dices cabizbaja.
– Y tú una señora – contesta ella sin piedad rematando el golpe.
– Una señora con verrugas – dices al borde de la lágrima.
– Y con patas de gallo, con ligero descolgamiento del óvalo facial, foto-envejecimiento, poros como claraboyas, lunares con pelos, líneas de expr….
– ¡Callaaaaa yaaaa! – estallas en plan peliculón -. ¿Es que no tienes ni un poquito de conmiseración?
– Conmiseración mucha, tiempo poco – te contesta altiva y envalentonada-. Debo abandonar tu cabeza para hacer entrar en razón a otra happy woman flower power como tú que cree que el tiempo sólo pasa para las perneras de los pantalones de sus hijos. Chau, vieja pelleja, recuerda lo de los bajos, que las vecinas ya comentan. Corto y cambio.

A la mañana siguiente te levantas y ella ya no está. Casi te alegras de que esté dando la turra en cabeza ajena, pero eso no significa que hayas ganado. Otras como ella vendrán para recordarte que te haces mayor. Canas, ojeras, bolsas, pecas rojas… cualquier disfraz es bueno para amargarte el día. Tras el descubrimiento de un nuevo signo de edad avanzada, haz lo que toda persona cabal haría en tu lugar: acércate a un puesto de esos de minis 2 x 1, desempolva los crampones o recupera del altillo tus ganas de hacer ese máster.  Porque es cierto que una madre debe cambiar de hábitos. Pero nunca colgarlos.

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Mujeres, hombres y bicicletas


Como recién salido de un programa chusquero, digan ustedes que sí, aunque en este caso no hay tronista, y si lo hubiera, sería la bicicleta. 

Hace unos días, una amiga me contó entre risas y codazos maliciosos una genial ocurrencia de su hija de 4 años “Los papás juegan al tenis y las mamás cuidan de nosotros”. Tal cual. Y se quedó tan pichi. Obviamente, si de lo que se trataba era de resumir en una frase su realidad circundante, la niña sabía que lo había bordao.

La frase podría recordar al título de uno de esos libros de autoayuda que diseccionan a ambos sexos y enumeran las razones biológicas por las que en ocasiones somos tan diferentes – que si nivel hormonal bla bla bla, que si hemisferio tal o cual – aunque en realidad no lo seamos tanto. Si dejas a un lado la cantidad de vello corporal y la rapidez y facilidad de postura para miccionar en baños públicos, en el fondo no es tanta la distancia que nos separa.

Pero fíjate tú que hay un punto en el camino en que esta mínima diferencia se hace tan grande y peligrosa como un escorpión de cola gorda. Cuando la cigüeña asoma el pico por la puerta de casa hay mil cosas que al momento se tiran despavoridas por la ventana: la improvisación, las maletas pequeñas, las carnes prietas, los tops ombligueros, el estreno de los viernes… Pero de todo este elenco de fugitivos suicidas el no poder disponer de tu propio tiempo quizá sea lo más sangrante. El miniser llega dispuesto a okupar la casa entera y a acaparar el cien por cien del tiempo libre de todo aquel que se acerque a menos de cien metros a la redonda. Entonces comienza una entretenida partida de Risk en la que Padre y Madre mueven ficha en turnos alternos, luchando con uñas y dientes para no perder ni una mijita de espacio propio. Se abre el coloquio…¿Pasamos todo el tiempo los dos juntos con el bebé? ¿O sacamos el Salomón que todos llevamos dentro y nos repartimos 50% cada uno dejando espacio al otro para oxigenarse a costa de cruzarnos sólo por el pasillo? Cuántas dudas…

Como al cromosoma X, que suele ser el pringao de la clase, le sigue casi siempre un gusto por la abnegación extrema, los hobbies de madre y sus aparejos terminan normalmente en el mismo sitio que las tallas 36, es decir, en el fondo del armario para que nada te recuerde que aquello un día fue tuyo. Tablas de snow, gafas de snorkel, tu disfraz de catwoman, aquella maqueta de la Torre Eiffel que hiciste con mondadientes, el curso de edición de vídeo, el de macramé, el de danza del vientre…

Los hobbies de padre sin embargo son algo más porculeros y se agarran con fuerza sobrehumana a su entorno, mostrando una curiosa resistencia a abandonar el hogar familiar. Es más, lejos de apaciguarla, la llegada de los miniseres acelera la querencia masculina por salir de casa, haciendo planear actividades outdoor a hombres que no se habían puesto unos rockis desde su más tierna infancia. Dos o tres hijos más tarde, y a poco que una madre ceda, en las cenas familiares habrá que ponerle cubierto y servilleta a la raqueta de pádel, a la bicicleta y al piolet. Eso contando con que el interfecto sea un alma solitaria, porque si decide jugar a deportes de equipo tendremos que asilar en casa a diez compañeros más, junto al utillero y los reservas.

Este deseo de escape, si bien es sano y reparador, en ocasiones puede hacer estallar la caja de los truenos si siempre es la misma cabeza con rulos la que se queda en casa custodiando a la progenie. Que digo yo, Paco, que igual de sano es tirarse una hora zascandileando arriba y abajo de portería a portería, que correr detrás de tus hijos durante tiempo similar, intentando que se pongan los pantalones, hagan los deberes, no se coman el jabón o no se saquen mocos, o que por lo menos no los peguen luego en la pared del salón. Si lo pruebas, este ejercicio es igual de bueno para la psiquis y además no tienes que llamar antes para alquilar pista. Lo ves, todo son ventajas.

Como temo que se me tache de tendenciosa, sexista y ajquerosa, también diré que hay excepciones. Me han contado que hay un pueblo en la alta montaña segoviana donde los hombres dejan de lado sus aficiones y hobbies para cuidar de sus hijos, piden reducciones de jornada, aceptan puestos basura con tal de salir a las 2, se comen siempre el trozo de filete más pequeño y se levantan cada noche para ver si la mantita de la cuna continúa en su mismo sitio y función. En este pueblo las mujeres planean salir a la calle a manifestarse para que ellos dejen de acaparar funciones. Ay, qué fatiga. Si encuentro el pueblo del punto medio, ya se lo comentaré en otro post…

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Lamadre visita Larradio


A las cero siete horas treinta minutos suena el despertador y yo me desperezo con esa ligera caraja que produce haber dormido muy malamente. Hoy no puedo echar la culpa a Lasniñas, ni a sus virus, ni a sus despertares aleatorios, así que tendré que asumir mis propias neurosis y reconocer que si no he dormido, ha sido por el estado de nervios galopantemente disperso e irritativo que me produjo anoche mi cita de hoy. Larradio. Una radio grande. RNE. Radio Exterior de España para ser exactos. Ana, redactora del programa Puntos de vista, se puso en contacto conmigo la semana pasada para proponerme una pequeña charla donde contarles cómo nacieron libro y blog. Obviamente accedí encantada, sin imaginar el nivel de autosugestión y nervios locos que alcanzaría. 

Comienzo el día con una ducha rápida antes de llevar a Lasniñas al cole, seguida de siete vueltas corriendo en torno al perímetro de la urbanización para desestresarme porque soy incapaz de parar quieta. Para compensar el ejercicio realizado, me siento en la acera y me fumo una cantidad ingente de cigarrillos con profusión de albañil, convencida de que aplacarán mis nervios. Pero nada. Sólo consiguen dejarme una voz varonil con la que emular a Bonnie Tyler en It’s a heartache si decidiera irme a un karaoke. Ideal del todo para mi estreno en las ondas, oye.

Vuelvo a casa y espero religiosamente en la calle a que llegue el coche de producción a recogerme. Mi ignorancia me hace imaginar un vehículo tuneado, con logos por todos lados y un gran megáfono sobre el capó desde el que gritarán mi nombre. Confundida, hago amago de subirme a cada coche ligeramente diferente a los demás que pasa por mi lado: uno de la guardia civil, un camión de yogures, Reparaciones Gil… hasta que para junto a mí un coche de lo más normal, sin distintivo alguno. El conductor baja la ventanilla y me dice con disimulo “No hay nieve en San Maurice”. “Pero hacen buenos chuletones” le contesto yo sin dilación. Es el santo y seña. Me subo y arrancamos raudos y veloces hacia Prado del Rey.

Ya en el hall de entrada, acato todo tipo de órdenes y amables sugerencias. Identifíquese, me identifico. Espere aquí, espero. A los pocos minutos veo aparecer a Ana con una carpeta en la mano y una enorme sonrisa en la cara. Durante el trayecto en coche he tratado de ensayar una frase inteligente con que deslumbrarla en mi presentación, alguna sentencia brillante que haga pensar a mi interlocutora lo ingeniosa que puedo llegar a ser. En mitad de mi vorágine mental sólo alcanzo a decir “Joder, qué nerviosa estoy” Bien, no es el comienzo ideal, pero tampoco voy a flagelarme, que bastante tengo con lo que tengo. Subimos al estudio y yo entro en pánico. Mesa enorme y redonda, cascos, micrófonos como mi cabeza de gordos y una pecera que alberga una mesa de sonido llena de lucecicas y pilotitos como en las pelis de la NASA…

En menos de tres nanosegundos se me ocurren todo tipo de excusas para escapar de allí corriendo como las locas pero antes de que idee un plan de huída, me presentan a Alberto, director del programa. Encantado. Encantada, ¿Cómo estás? Huy, pues con la boca seca, seca, como si hubiese comido polvorones. Decididamente, lo mío no son las sentencias lapidarias improvisadas. Mientras termino la frase veo en sus ojos un ligero brillo que yo traduzco como “Esta chica está muy dispersa ¿De quién ha sido la idea de invitarla? Produccccióóón! Que le cooooorten la cabeza!”  Salgo de mi alucinación infantil instantes antes de sentarnos todos en torno a la mesa. Ellos sonríen, hablan y tratan de tranquilizarme dándome bofetadas como a la niña de Aterriza como puedas. Tres, dos uno… y de repente todo empieza: me olvido de los nervios, de mi nombre e incluso de cómo se pronuncia la palabra “desdramatizar”. El resto, con todos sus puntos y sus comas, pueden oírlo pinchando en esta imagen que me ha quedado tan cuca….Ésta que les escribe comienza a parlotear en torno al minuto 24’ 45”

Cuando todo termina me dan unas enormes ganas de aplaudir de la emoción. Contra todo pronóstico… ¡me lo he pasado pipa! Gracias Ana, gracias Alberto, por hacerme sentir como una reina en el estudio y por conseguir que mi primera experiencia radiofónica haya sido una autentica maravilla, a pesar del color azul de mi piel y de mi falta de oxígeno… También me gustaría dar las gracias desde aquí a los nervios que me produjeron una privación brutal de apetito previa al programa, gracias a ellos he conseguido meterme de nuevo en una talla 38. Dos entrevistas más… ¡y me voy a Bershka!

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La década insomne


Abro una revista con fingido descuido y leo…

¿Cuál es tu secreto para lucir esa piel, Angelina?

Me cuido poco, la verdad, trato de beber mucha agua y dormir más de ocho horas al día.

Pues me vas a perdonar pero me voy a cagar en tus muelas, Angelina, porque te juro que yo beber, bebo lo mío e incluso también lo tuyo, pero de dormir hace tiempo que me olvidé. 

Todos los informes de señores estudiosos y sesudos parecen coincidir en una cosa: cuando una persona no duerme lo suficiente, se van al carajo los mecanismos que regulan su salud mental, provocando que los centros emocionales de su cerebro comiencen a reaccionar excesivamente ante experiencias negativas. Será esa la razón por la que me eché a llorar desconsolada ayer porque los de Carrefour on line no trajeron el pedido en hora y cuando llegó el señor repartidor, le arañé la cara con saña, además de con mis propias manos. 

Leo y releo, desde estudios médicos hasta locos experimentos de laboratorio donde obligan a diez incautos a no dormir en dos días y luego les hacen enhebrar cien agujas, sólo con la intención de sentirme persona normal y no un raro espécimen que se vuelve obtusa el día que sólo ha dormido tres horas, y en ocasiones, ni siquiera seguidas. Afortunadamente, todo cuanto leo me lleva a la misma conclusión: la falta de sueño hace que una se vuelva primitiva y dispersa. Eso es así. Y saberlo me hace sentir bien. Mi yo gregario despierta entonces y se alegra como un loco por formar parte de la comunidad insomne, compartiendo con ella síntomas, falta de concentración y mala leche. Mucha mala leche. 

Como Lanaturaleza es sabia y muy ladina, te va preparando durante el proceso de gestación para esta fase de vigilia extrema. Entonces comienzas a segregar una hormona de largo nombre llamada gonadotropina coriónica humana, GCH para amigos y familiares,  que te hace mear cada minuto y medio. Qué bien. Te pasarás los primeros seis meses de embarazo miccionando como las locas por culpa de Lahormona; y los tres últimos, haciéndolo de similar manera por culpa del tamaño y posición de tu vejiga, que viene a ser lo mismo que un filete empanado aprisionado entre tanto órgano vital en busca de hueco. Sea cual sea el motivo, duermes poco tirando a casi nada, porque entre que te levantas, te das con algún mueble, enciendes la luz para no volverte a dar, te quejas por el chichón, miccionas y vuelves a la cama, ya se te han despertado las pocas neuronas libres y tardarás de doscientas a trescientas ovejas en volverte a dormir. 

Este proceso de entrenamiento o “coaching embrionario” no hace que mejore en nada tu situación al nacer el miniser, porque entonces literalmente dejas de dormir. Sin exageraciones. Nada. Cero. Pelotero. Puede que te despierten esos terrores nocturnos en los que aparece volando un enorme pájaro que quiere llevarse a tu bebé en el pico; o que te levantes ene veces para ver si el niño respira o no, poniéndole compulsivamente el espejo del baño frente a la nariz; o que el estómago del bebé glotón le despierte cada tres horas para hacerle geolocalizar con ansia tu teta. Vamos, que entre unas cosas y otras, el ritmo loco y dicharachero de tu noche ya lo querría para sí Callejeros. 

Con el primer hijo, esta etapa es francamente traumática, similar a las torturas psicológicas en las que el malo del este evita que el americano bueno y cautivo duerma, encendiéndole una lamparita frente a los ojos. Creo recordar que yo llegué a quedarme dormida de puro agotamiento dándole el pecho a Lamayor en la cama, con la mano asida al cabecero para evitar un vuelco, como si fuéramos en el autobús. En alguna ocasión también, Marido tuvo que retirar al bebé lactante de mi cuerpo y depositarlo en su cuna ante la imposibilidad de que yo moviera brazo alguno. No sé si debido a una mala interpretación por su parte del concepto broma, o porque él también se había quedado dormido en el suelo por pura desorientación y no pudo reubicarme, desperté en esa posición más de una mañana. 

Si piensan que el destete mejora en algo el escenario, vayan quitándoselo de la cabeza. Como ven, estoy positiva yo hoy. Quizá haya posibilidad de encasquetarle la toma nocturna al padre, por aquello de afianzar el vínculo paterno-filial, pero tampoco lo esperen demasiado rato. Hay algunos que se hacen los dormidos con tal fuerza que ni un Panzer aparcando en mitad del descansillo lograría interrumpir la placidez de su sueño ni la fuerza con la que aprietan los ojos. 

En los años sucesivos, y a medida que el miniser se va haciendo personita, encontrará motivos variopintos para despertar al progenitor: “Se me ha caído el chupete”, “Quiero agua”, o el famoso “Hoy lloro porque sí”, luego el “Mamapis”, el “Tengo miedo”, para terminar con el “Mamá, ven y límame esta uña” como me pasó a mí anoche. 

Si hablan con madres y abuelas experimentadas, todas coinciden en que la curva de despertares nocturnos comienza a decaer en torno a la edad de diez años, periodo en que los niños suelen dormir como cochinillos debido a la cantidad de extraescolares que les enchufamos para complementar su desarrollo. Esta época de bonanza y alegría familiar por el buen dormir durará exactamente cuatro años, momento en que el crecido miniser comienza a tener vida social y gusto por la marcha y el pizpiretismo nocturno. En ese momento llegarán de nuevo los terrores referentes al pájaro gigante y alguno más que no me apetece siquiera imaginar. 

Pensarán que soy muy dramática y llevarán toda la razón, pero tengan en cuenta que llevo cuatro años durmiendo muy malamente y que mis biorritmos ya no son lo que eran… Por delante me queda la terrible visión de futuro de seis u ocho largos años de somnolencia diurna y mala leche, hasta completar la década insomne. Qué bien, mari, qué bien.

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Cosas D’Ambulatorio


Con el inicio del curso y la convergencia en una misma estancia de diversos miniseres escolares, con mocos y estafilococos también diversos, se inicia una divertida etapa de enfermedades múltiples y ataques bacteriológicos, digna de Armageddon o peli americana con similar gusto por la catástrofe.

En los últimos días, Lapequeña, neófita en esto del traspaso de mocos y babas a extraños, se ha hecho merecedora de dos gordos galardones, a saber: “Al virus rapidillo”, que presto atacó el segundo día de guardería y “Al virus sibilino” que llegó con sus vomitonas y sin que nadie lo esperara, una noche de jueves a las tres de la mañana.

Lamayor, más curtida en los quehaceres de los ataques virales, no ha contraído aún ningún amigovirus nuevo, o al menos no le ha gustado ninguno lo suficiente como para traerlo a casa y presentarle a sus padres; eso sí, ha adquirido con amor de hermana todos los que Lapequeña traía al hogar y además ha generado por sí misma una alergia medicamentosa, para no ser menos y para que nadie dude de que además de aceptar bichos ajenos, puede generar sus propios males. Faltaría.

Sea como fuere, con ésta que acabo de superar cum laude, son cuatro las tardes que he pasado en urgencias en las últimas semanas. Echando el rato allí, oye, tan pichi. Es tal el vicio que tengo que sopeso seriamente quedarme a dormir en la sala de extracciones, provista como está de camas mullidas y sándwiches de jamón y queso para dar y tomar. Como temo que me lo impidan, y el aparcamiento está fatal por esos lares, me he hecho una nota manuscrita para poner en el cristal cada vez que dejo el coche digamos de forma tirando a ilegal. “Estoy en urgencias” reza el papelín, como si este texto tuviera el poder mágico de salvaguardarme de multas y broncas por parte de la autoridad competente, llegado el caso.

Aunque la señorita de admisión me pide la tarjeta cada vez que llego, es un mero formalismo que mantenemos sólo por guardar las formas. Ambas sabemos que ella conoce al dedillo mi nombre completo, el de mis hijas, el de mi familia de Murcia, mi color favorito, mi postura para dormir y mi contraseña del ordenador. Pase y espere en la salita. En breve les llamaremos. Y entonces yo le guiño un ojo para que sepa que entiendo su fingida frialdad y reafirmar así que estamos en la misma onda.

Paso a la salita y saludo a los allí presentes. Hombre, Jaime, ¿otra vez varicela?. Huy, qué mayor estás MariLuz, has dado un estirón desde el jueves.  Carmen, Lamadre rubia y espigada, era hoy la encargada de traer los bollos, pero se le ha olvidado, así que alguien va a la máquina y saca unas Lays. Con esto y un par de zumos del Mercadona, ya tenemos merendola. Tentada estoy de sacar del maletero unas Mahous, pero me reprimo sólo por el qué dirán.

Me atienden rápido, palpan, pinchan, recetan y me voy por donde he venido, cargando sobre el hombro izquierdo una niña dolorida y agotada de llorar y soportar cuarenta de fiebre, y sobre el derecho, tres barbies y una marioneta de calcetín que me traje para entretenerla durante la espera.

Camino de casa, y tras golpearme en la frente con la palma abierta para dramatizar más la situación, caigo en la cuenta de que no le he pedido a Lamadre de rojo su email y no le voy a poder pasar ese enlace tan gracioso del mono borracho. Es tal el nivel de afinidad emocional que se alcanza con los demás padres que una se siente sola cuando vuelve a casa y piensa que quizá nuestros virus no vuelvan a coincidir.  Afortunadamente, la Providencia se encarga siempre de dar nuevas oportunidades en esta vida y cuando llego a casa me encuentro a “Laotrahija” con los mismos síntomas de su hermana. Suelto a una en el sofá, cojo a la otra y corro presta a ver si aún no han terminado la partida de mus en la salita y me da tiempo de envidar a alguien.

– Otra vez por aquí – oigo que alguien dice tras mi oreja izquierda – Oye, a ver si vas a tener que pagar alquiler. Risita absurda como colofón a un ingenioso chascarrillo de ambulatorio.

– Huy, qué va, jajaja – contesto yo con la risa fingida más natural que encuentro. A ver si te voy a dar una patada en los morros y la próxima en ingresar vas a ser tú. Pero eso sólo lo pienso, no lo digo, por eso no he puesto guión y lo he escrito así, todo seguido.

Por abusona, repetitiva y ansiosa, me confinan al último puesto de la lista de espera, obligándome a socializar de nuevo con el resto de padres. 

– ¿Y la tuya cuánta fiebre tiene? – pregunta el típico padre competitivo.

– Setenta y dos – contesto yo para atajar toda enumeración de síntomas que sólo persiguen ver quién tiene el hijo más enfermo.

Misteriosamente a mi hija se le pasan todos los males de forma fulminante y me sugiere con empujones que en vez de penar y sudar sobre mi pecho, prefiere bajar al suelo para jugar a hacer la croqueta con un niño disfrazado de Superman que se ha tragado un puñao de minas de colores y cuando vomita dibuja la bandera gay.  Me resisto en un principio, no vaya a venir el señor doctor y nos pille a todos en actitud festivalera; pero el amor de madre me puede y finalmente accedo, es más, acompaño sus juegos con palmitas e incluso me arranco con alguna canción. Acto seguido llega el señor doctor con una duda circunvalándole el gorrillo verde… Usté no tenía nada mejor que hacer esta tarde y por eso ha venido a hacernos perder el tiempo a los profesionales del sector, ¿verdad?. Eso lo piensa, pero no lo dice. Gentilmente, me acompaña hasta la consulta mientras yo exagero a más no poder los síntomas de mi hija para que el señor doctor vea que la enfermedad además de real, es seria, y que si he venido ha sido porque es urgente. Adicionalmente le enumero y cuento anécdotas de todos mis amigos de Facebook para que vea que sí tengo vida propia, y a raudales, además.

Su juicio clínico podría haberlo dado yo, desde el cariño lo digo. Es un virus. Antitérmicos, mucha agua y reposo. Perfecto. Si sustituyes los antitérmicos por antidepresivos y el agua por sangría, es justo lo que yo necesito en este momento.

Cuando llego a casa me tiro como un fardo sobre el sofá mientras exclamo esa frase tan de madre ¡Es la primera vez que me siento en tol día!. De repente recuerdo que hay vida humana fuera del ambulatorio y corro a por el móvil. Seis guasaps, dos llamadas perdidas, tres mensajes, doce emails, dos peticiones de socorro inmediato, un concurso que me ofrece un sueldo para toda la vida si termino con éxito un trabalenguas y los dos consabidos huevos duros. ¿Por qué será que las crisis me pillan siempre mirando hacia el otro lado?

Me angustio y temo el desmayo, porque soy de rápido hiperventilar, pero me contengo porque yo a urgencias hoy no vuelvo, así te lo digo, que como siga a este ritmo me van a tomar por el Mocito Feliz de toda la sanidad madrileña…

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