Archivo mensual: noviembre 2011

El incidente de la croqueta


Hará como unos treinta años, lustro arriba, lustro abajo, delante, detrás, un, dos, tres, yo debía ser una especie de niña porculera con gusto por el mal gesto y la cara de pedo cada vez que mi madre me ponía delante un plato que no contuviera espaguetis con tomate. Si me encontraba algo rumbera ese día igual hasta aceptaba algo de paella, albóndigas con patatas y ya lo más de lo más, pechuga de pollo vuelta y vuelta. Pero por lo demás, no supe lo que era un espárrago hasta que mis ojos se encontraron con las ensaladas de la cafetería de la facultad.
No, la verdad es que no comía muy bien. Era toda yo una espina de pescao, que vestida de chándal rojo, cualquier ojo profano habría confundido con un regaliz de los largos.
Intuyo, pasados los años, que debieron ser muchas las broncas que me cayeron por ese absurdo vicio de no probar bocado. Pero concretamente, la noche de un día cualquiera entre 1980 y 1985, sospecho que debí dar la turra más de lo normal. Sentados todos a la mesa, viendo cómo Joaquín Prats intentaba saber de una puñetera vez cuánto costaban las cosas, mi padre súbitamente enloqueció. Armado con una croqueta en la mano y la mala leche ancestral de los Quevedo poseyéndole por los pies, me gritó ¡Evacome!. A lo que una servidora contestó ¡Mmmmmquenó! Intentolo de nuevo el buen hombre ¡Evacome! Y yo ¡Mmmmmquenó!. ¡Evacome! Ésta sería la última vez. Antes de que pudiera siquiera comenzar el tercer ¡Mmmmmquenó!, con mi cara de raspa y morro torcido, mi padre me aplastó con parsimonia la croqueta contra la cara, más específicamente contra el trozo de cara que comprende el labio superior, las fosas nasales y gran porción del carrillo izquierdo.
Y el silencio se hizo entonces en aquel nuestro salón.
Instantes después, comencé a berrear y a quitarme bechamel de la nariz por temor a que me sobreviniera la asfixia, mientras mis hermanas, desde aquí les mando un afectuoso saludo, salían corriendo al baño para mostrar abiertamente su hilaridad, sin riesgo ya de atragantamiento y muerte. Mi madre se quedó a mi vera, atendiéndome en mi delirio y frenesí y cuidando de que mi padre no empuñara otra croqueta, que ya quedaban pocas.
Pasé parte de mi infancia y mi adolescencia pensando que a mi padre le apretaban las horquillas ese día y que por eso perdió los nervios. Ya en su día le perdoné de forma amorosa porque es mi padre y le quiero horrores, pero nunca logré quitarme cierto resquemor de encima por su comportamiento la noche de la croqueta.
Hoy, treinta años después, cuando me siento con Marido y Lasniñas a cenar cada noche alrededor de la mesa, cruzo los dedos de las manos y los dedos de los pies para que ningún acontecimiento externo perturbe la paz del hogar. Pero mi éxito es de tamaño ridículo, amigos. Sobre las cenas sobrevuela siempre la espesa sombra de la tragedia. Cuando a una no le gusta la tortilla, la otra tira el vaso de agua, o se echa encima el caldo de la sopa, o tira el vaso de agua, o mete las manos en la salsa del pollo, o tira el vaso de agua, o se pelean a gorrazo limpio por ver quién se queda el plato azul mientras en plena lid tiran sus respectivos vasos de agua, o meten el pelo en la salsa de tomate, o mastican y mastican formando una bola de carne carrillera que acumulan como los rumiantes en la cara interna del moflete, mientras con una mano hacen bolitas de pan sobre el mantel y con la otra, tiran el agua.
Ay, las cenas, ese mágico momento en que te sientes exprimida porque después de un día horroroso de compromisos y carreras ves cómo la última gota de energía vital se te va literalmente por los poros. Lejos de desaparecer en la atmósfera, esa energía llega directa y misteriosamente a ellas, por ósmosis, haciendo que tripliquen su actividad normal y la velocidad de sus miembros. Gritan, corren, ríen, se te tiran encima en el sofá aplastándote deliberadamente los órganos internos y algunos externos, tiran cosas, muerden cosas, rompen cosas… son como gremlins disparatados y enloquecidos que practican un salvaje vandalismo antes de meterse a la fuerza en la cama y sucumbir.

Hoy comprendo como nadie cuánta labor de autocontención tuvo mi santo padre antes de exprimirme aquella croqueta. Hoy, treinta años después, estoy completamente convencida de que debería habérmela estampado antes. ¿Qué no?

Anuncios

34 comentarios

Archivado bajo Edad, Familia, Humor, Mujer, Neurosis, Ser madre

Mi querida fashion victim…


El día comienza a las 7:45h. Abro los ojos y los vuelvo a cerrar corriendo, apretándolos fuertemente y sonriendo agradecida al cielo, lámpara mediante, por no estar metida en el atasco. Me desperezo y plantifico presurosa un jersey XL sobre el camisón porque por las mañanas esta casa se trasmuta en un coqueto iglú con plaza de parking y videoportero. Feliz, la la lá, la lá por poder despertar a Lasniñas y llenarlas de besos matutinos, me dirijo a su habitación y subo la persiana mientras murmullo dulces palabras de amor.

– Chiquititas mías, mis pequeñitas, ya es de día, hay que ir al cole, a ver amiguitos, lá lará laritos, venga, que hay que despertarse…

Silencio absoluto.

– Pequeñitas, ¿dónde estáis? … ¡Pero bueno! Si no están… A ver, a ver, voy a investigar por las camas, quizá se hayan ido y tenga que salir corriendo a buscarlas…

Dos cabezas salen entonces de debajo de los edredones gritando al unísono una frase ininteligible y escondida entre tanto decibelio. Por tradición sé que dicen “que no, que no, que estamos aquí” Hasta ahí, bien. Mientras Lamayor se enrosca sobre sí misma, ligeramente reacia a abandonar el calorcito de la cama, yo visto a Lapequeña y le rechupeteo y mordisqueo los mofletes, algo que me es permitido siempre, excepto los días en que se levanta mohína y sin ganas de sintonizar con el mundo. Acto seguido cojo carrerilla, me santiguo tres veces como los toreros y encaro con valentía y prestancia de ánimo el caminito que lleva a la cama de Lamayor. Cual tendero de mercadillo comienzo a canturrear las bondades de la ropa que se va a poner.

– Huy qué bonita, pero qué bonita, pero queeeee bonita!!!! Un pantalón pitillo ideal con una camiseta rosa (este adjetivo es importante pronunciarlo en algún momento de la conversación para encontrar mejor predisposición por su parte) y preciosisisima ¿Has visto, peque?

– ¡No quiero!

– Pero si vas a estar guapísima

 – ¡No quiero!

– ¿Prefieres la de HellowKitty?

– ¡No quiero! 

– ¿Entonces la de Princesas? ¿La de Pocoyó?, ¿La de Iron Maiden?

– ¡No quiero! ¡Son todas muy feas! – dice mi pequeña princesa despeinada, mientras grita con los ojos inyectados en sangre y deja escapar culebrillas y sapos gordos por las comisuras.

Se inicia entonces el proceso de “me tiro al suelo – berreo – me voy a otra habitación – o mejor me encierro en el baño – me paso por otra habitación por si acaso queda algún vecino dormido – como nadie viene a buscarme me siento desatendida – y entonces lloro con más fuerza”.

– Pero, mi amor, ven – insisto sentada aún sobre su cama con la ropa en el regazo – ven y te dejo elegir los calcetines que tú quieras, te lo prometo.

Toma ya mi cesión en cosa insustancial, propia de esos cursos en habilidades de negociación que tanto gustan en las empresas.

– Yo sólo quiero ponerme el disfraz de Blancanievessssss – grita una voz iracunda, desde algún oscuro rincón entre Mordor y el armario del pasillo.

Como ven, la cosa empeora y yo sopeso tomarme un whisky.

Tras media hora de forcejeos, lloros, gritos lastimeros y amenazas tipo “te juro que te vas a la calle en pijama”, mi pequeña It girl accede a vestirse a regañadientes y aplazar el disfraz para el fin de semana. Cuando parece que la calma vuelve a reinar en la habitación, llega el momento de elegir peinado.

– Quiero dos coletas.

– Dos coletas no, mi vida, que luego se te mete el pelo en los ojos.

– Pues una trenza de raíz.

– Sí claro, con las horas que son… ¿No prefieres un moño italiano con las puntas en espiga?

Volvemos a llorar, pero esta vez lloramos todas. Ella por la trenza, yo por desquicie y Lapequeña por pura solidaridad. Cuando por fin accede a ponerse la cinta en la cabeza, observo con verdadero pavor que ha elegido una amarilla con topos verdes de entre todas las candidatas posibles, opción que no le va nada de nada con el modelo de hoy, me perdonarán ustedes. Sin apenas proponérmelo saco el personal shopper Josie que llevo en mí y le comento como por encima la posibilidad de elegir otra cinta argumentando serias incompatibilidades cromáticas.

– Pero a mí me gusta la de lunares, mami.

– Ésa va mejor para clase de baile, cariño, y baile no toca hasta el viernes – sentencio con el único fin de liarla por un momento y que se olvide de esa primera elección -. Mejor escogemos la blanca, que va con todo.

Una vez definido el dress code de hoy bajamos a desayunar, las siento en sus sillitas y delego el desayuno en manos de la mujer de alma cándida que me ayuda en casa. Aprovecho la discusión sobre qué cereales prefieren tomar para ducharme y después pasar la siguiente media hora sentada en la cama pensando qué ponerme para atravesar los escasos 500 metros que separan cole y guardería de la puerta de nuestra casa.

…No me gusta nada, qué ropa más fea tengo, qué asco de invierno, no sé qué hago poniéndome estos tristes vaqueros tan chic rústico, si a mí lo que me apetece en realidad es ponerme el wrap dress rojo con la espalda al aire que me compré para la boda de Elena…

Y es entonces, oh cielos, cuando caigo en la cuenta de cuán injusta he sido.

Camino del cole sonreímos pizpiretas y peladas de frío, yo con mi mega fantastic vestido rojo y Lamayor con el suyo de Blancanieves. Lapequeña nos mira atónita, ajena aún a este absurdo demonio que nos consume y que, por desgracia, casi siempre viste de Prada.

82 comentarios

Archivado bajo Elucubraciones, Familia, Humor, Moda, Mujer, Neurosis, Ser madre

Pal’ armario VII


 

Elarmario de Lascascarrias. Abra con un clic y deje su artefacto inservible.

5 comentarios

Archivado bajo Cascarria, Elucubraciones, Humor, Moda, Ser madre