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Mujeres, hombres y bicicletas


Como recién salido de un programa chusquero, digan ustedes que sí, aunque en este caso no hay tronista, y si lo hubiera, sería la bicicleta. 

Hace unos días, una amiga me contó entre risas y codazos maliciosos una genial ocurrencia de su hija de 4 años “Los papás juegan al tenis y las mamás cuidan de nosotros”. Tal cual. Y se quedó tan pichi. Obviamente, si de lo que se trataba era de resumir en una frase su realidad circundante, la niña sabía que lo había bordao.

La frase podría recordar al título de uno de esos libros de autoayuda que diseccionan a ambos sexos y enumeran las razones biológicas por las que en ocasiones somos tan diferentes – que si nivel hormonal bla bla bla, que si hemisferio tal o cual – aunque en realidad no lo seamos tanto. Si dejas a un lado la cantidad de vello corporal y la rapidez y facilidad de postura para miccionar en baños públicos, en el fondo no es tanta la distancia que nos separa.

Pero fíjate tú que hay un punto en el camino en que esta mínima diferencia se hace tan grande y peligrosa como un escorpión de cola gorda. Cuando la cigüeña asoma el pico por la puerta de casa hay mil cosas que al momento se tiran despavoridas por la ventana: la improvisación, las maletas pequeñas, las carnes prietas, los tops ombligueros, el estreno de los viernes… Pero de todo este elenco de fugitivos suicidas el no poder disponer de tu propio tiempo quizá sea lo más sangrante. El miniser llega dispuesto a okupar la casa entera y a acaparar el cien por cien del tiempo libre de todo aquel que se acerque a menos de cien metros a la redonda. Entonces comienza una entretenida partida de Risk en la que Padre y Madre mueven ficha en turnos alternos, luchando con uñas y dientes para no perder ni una mijita de espacio propio. Se abre el coloquio…¿Pasamos todo el tiempo los dos juntos con el bebé? ¿O sacamos el Salomón que todos llevamos dentro y nos repartimos 50% cada uno dejando espacio al otro para oxigenarse a costa de cruzarnos sólo por el pasillo? Cuántas dudas…

Como al cromosoma X, que suele ser el pringao de la clase, le sigue casi siempre un gusto por la abnegación extrema, los hobbies de madre y sus aparejos terminan normalmente en el mismo sitio que las tallas 36, es decir, en el fondo del armario para que nada te recuerde que aquello un día fue tuyo. Tablas de snow, gafas de snorkel, tu disfraz de catwoman, aquella maqueta de la Torre Eiffel que hiciste con mondadientes, el curso de edición de vídeo, el de macramé, el de danza del vientre…

Los hobbies de padre sin embargo son algo más porculeros y se agarran con fuerza sobrehumana a su entorno, mostrando una curiosa resistencia a abandonar el hogar familiar. Es más, lejos de apaciguarla, la llegada de los miniseres acelera la querencia masculina por salir de casa, haciendo planear actividades outdoor a hombres que no se habían puesto unos rockis desde su más tierna infancia. Dos o tres hijos más tarde, y a poco que una madre ceda, en las cenas familiares habrá que ponerle cubierto y servilleta a la raqueta de pádel, a la bicicleta y al piolet. Eso contando con que el interfecto sea un alma solitaria, porque si decide jugar a deportes de equipo tendremos que asilar en casa a diez compañeros más, junto al utillero y los reservas.

Este deseo de escape, si bien es sano y reparador, en ocasiones puede hacer estallar la caja de los truenos si siempre es la misma cabeza con rulos la que se queda en casa custodiando a la progenie. Que digo yo, Paco, que igual de sano es tirarse una hora zascandileando arriba y abajo de portería a portería, que correr detrás de tus hijos durante tiempo similar, intentando que se pongan los pantalones, hagan los deberes, no se coman el jabón o no se saquen mocos, o que por lo menos no los peguen luego en la pared del salón. Si lo pruebas, este ejercicio es igual de bueno para la psiquis y además no tienes que llamar antes para alquilar pista. Lo ves, todo son ventajas.

Como temo que se me tache de tendenciosa, sexista y ajquerosa, también diré que hay excepciones. Me han contado que hay un pueblo en la alta montaña segoviana donde los hombres dejan de lado sus aficiones y hobbies para cuidar de sus hijos, piden reducciones de jornada, aceptan puestos basura con tal de salir a las 2, se comen siempre el trozo de filete más pequeño y se levantan cada noche para ver si la mantita de la cuna continúa en su mismo sitio y función. En este pueblo las mujeres planean salir a la calle a manifestarse para que ellos dejen de acaparar funciones. Ay, qué fatiga. Si encuentro el pueblo del punto medio, ya se lo comentaré en otro post…

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Lamadre ya no quiere ser como Beckham


Me gustaba el fútbol. Y mucho, oiga. Puede ser que en ello influyera a raudales que soy la menor de tres hermanas y cuando mi padre vio la poca opción que quedaba para la llegada del hijo varón, me apañó un par de lazos blancos en las coletas y me dijo, “anda y tira pal Bernabéu”. Todo cuanto ven tus ojos un día será tuyo, hija – exclamó entre otras jacarandas y chistes típicos, con aquel gorro de ruso espantoso que se me ponía para los partidos invernales. Pero yo me lo creí. Y me lo creí tanto que mientras mis amigas leían a LosCinco en la casa de la tortuga, yo me metí entre pecho y espalda las biografías completas de Di Stéfano y otros semidioses, no fuera a ser que un día me llamaran para gobernar y no me hallara yo dispuesta.

Pasaron los años y Laniña que fui creció jubilosa viéndole un testículo a Butragueño, sufriendo con los últimos goles de Malta y con el señor al que Juanito pisó la cabeza; sospechando que Michel sentía algo verdadero por Valderrama y que Hugo Sánchez se había criado en un circo; llorando con los robos de Tenerife más que con los partos y vociferando hasta la afonía la llegada de Laséptima, Laoctava, Lanovena…¡Tol día en Cibeles, ay, qué gustico!

Sólo fui ferviente creyente, ojo, cero practicante, que todo hay que decirlo.  Aunque competí con cierta dignidad en más de una Liga Fantástica, aquello de enfundarme espinilleras, mancharme de barro y briznas de hierba y escupir gargajos sobre el césped por boca y/o nariz siempre me pareció de lo más tosco y rural. Obvio que me apeteciera infinitamente más tirar de palillo, mahous y unas bravas sobre la barra de cualquier bar, entre provechitos disimulados e improperios al árbitro.   

Celebrando Laoctava me hice un esguince, no pensaba yo decirlo pero ya que me preguntan. Tantas veces elevé mi cuerpontero y lo dejé caer entre oé y oé, mostrando ingenio, capacidad para el desmarque y doble visión de juego que en una de esas me olvidé de aterrizar sobre ambos tobillos y perdí la verticalidad al borde de la barra. La confluencia de astros quiso que dos días después hubiera de empezar un nuevo trabajo en una nueva agencia, viéndome por tanto obligada, oh cielos, a llamar al futuro y por siempre Jefe para explicarle el motivo de mi convalecencia y de mi escayola, ambas dos cosas. Afortunadamente me entendió y creo que desde ese día le caí mucho mejor. Entre hombres nos entendemos. 

Y ya que sacamos las agujas de hacer punto y nos entregamos por entero al mundo confidencias, también diré que durante años escuché cada noche Elarguero con religiosa perseverancia y un cuco transistor bajo la almohada. Nunca se lo dije a nadie por miedo al qué dirán, déjate, que de malignas está el mundo lleno y ya circulaban ciertos rumores por la facultad sobre que antes me llamaba Ramón y calzaba un cuarenta y tres. 

De igual modo abochornado reconoceré que fue a un futbolista a quien pedí el primer y único autógrafo que he solicitado en mi vida. Fue a Michel, en un restaurante. Me sonrió y me desmayé. No recuerdo más. Igual de emocionada asistí al nacimiento de Raúl aquella jornada en Larromareda y hasta el día de hoy siento orgullo de madre al ver en lo que se ha convertido y en la cantidad de hijos que tiene, Lavirgen.

Pero algo en mí ha cambiado, para qué negarlo. Ya no me subyuga como antes ver a veintidós tipos churretosos corriendo como becerros, ahora todos allí, ahora todos pal otro lao, como si el campo se balanceara cual barco pirata y no les permitiera a los angelicos decidirse entre la dicotomía de una u otra portería; ahora me quejo porque manolito me ha tirado al suelo, ahora se me cruza un cable y te doy un cabezazo en el estómago, ahora me sale una nueva tableta en el abdominal derecho y ya parezco Hulk. Nontiendo, qué quieren que les diga. 

Cuando yo aparqué mi afición, el futbol era otra cosa, más humano, no sé, más de andar por casa, algo más paternalista y menos sofisticado. Había un único árbitro, vestido de negro hurraca, que imponía respetito, no como ahora que hay diecisiete y salen todos al campo cual horda de manifestantes con pinganillo tipo Madonna para cuchichear a sus anchas. Así no, hombre, no. 

Es posible que la culpa de esta mi desidia la tengan los nuevos horarios que se han marcado las televisiones, amas y señoras del cotarro futbolero amén de otras muchas cosas. Empezar la fiesta cuando el sol se pone, el primetime llega y una ya está ahíta de correr tras sus propios miniseres, laverdad, no me parece de recibo. Pero como tampoco es cuestión de echar balones fuera, también deberé admitir que mis prioridades han cambiado y que puestos a estar hora y tres cuartos viendo jugar a la pelota, prefiero hacerlo con Lasniñas, en el parque, jugando a lanzársela lejos, lejos para que corran a por ella, se cansen y duerman morrocotudamente hasta el nuevo sol. Dios sea loado.

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