Archivo mensual: agosto 2011

Pal’ armario VI


En estos tumultuosos días en que nos da por preparar con meticulosidad la vuelta al cole, no deberemos perder de vista esta cascarria…

Elarmario de Lascascarrias. Abra con un clic y deje su artefacto inservible.

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El mismo temor, la misma lluvia


En verano no debería llover, ni muchísimo menos tronar, y menos un sábado, que es de muy mala educación.

Imagen extraída de El Libro de Blog de Madre

La versión individualista de esta historia te permitiría pasar una tarde melancólica en casa; una de esas tardes grises de manta y peli, ingiriendo helado a manos llenas y sin la menor intención de levantarte del sofá hasta que el roce del skay te produjera una alarmante quemazón local. Quizá hablarías horas con una amiga, o con dos, o con tres, leerías algo pendiente, te conectarías para ver qué anda sucediendo en el mundo…y poco más. Pasar una tarde encerrada en casa con niños en edad de experimentar con su entorno quizá genere un pelín más de ansiedad y desazón. Si a eso añades que el verano y sus planes vacacionales tienden a alejar del hogar a familiares y amigos a quienes pedir socorro, el resultado es ciertamente devastador.

Es en estas tardes cuando a tus vecinos les da por empujar lentamente las paredes colindantes que os separan, hasta que tu casa queda reducida al mínimo habitable por ley; los techos se derriten sobre tu cabeza, el suelo se te pone de puntillas y tú, en medio y con cara de queso de sandwich, te ves obligada a pasar horas y horas y horas inventando un mundo paralelo para entretener a Lasniñas. ¡Ay, Lasniñas! Esos seres angelicales que hacen las delicias de cuantos las conocen en situaciones normales outdoor, desarrollan en las tardes de lluvia una tendencia psicótica que les hace reír, gritar y llorar, todo a un tiempo y a unos decibelios anormalmente disparatados según las ordenanzas municipales. Igual que expertos zapadores, y con una proactividad digna de elogio, se encargarán de efectuar cuantas demoliciones sean necesarias en mobiliario y decoración al tiempo que plantan a su paso minas terrestres en forma de galleta untada en saliva y colacao por todo el salón, pasillo y parte inferior de la escalera.

Temerosa por tu salud mental y harta de decir quenooooooooooo cada minuto y medio, optas por relajar los nervios y las normas educativas y aquello se vuelve Gomorra. ¡Haaala! Saltar en la cama desde el armario, comerse el jabón, cortar con los dientes los cables del teléfono y desencajar el lavabo de la pared con sus pequeñas manos de deditos angelicales, todas ellas actividades que con sol estarían absolutamente prohibidas, en días de lluvia son pasadas por alto como si en lugar de padres y educadores fuesemos concejales de urbanismo de moral algo laxa.

La reacción más sana para tu psiquis sería salir corriendo y sentarte en la acera a esperar que la lluvia te calara hasta los huesos y se llevara por el desagüe tanto kilo de tensión acumulada. Si no fuera porque dejarías abandonado dentro del receptáculo al padre de las criaturas que después estaría esperándote con los ojos llenos de rencor y un palo de golf escondido tras la espalda, sería una opción a considerar.

Por todo ello, y por más cosas que no cuento por puro pudor, Marido y yo nos sentamos atemorizados cada noche a ver Eltiempo. Abrazados en el sofá y rezando a cuantas deidades conocemos con mano en cuestiones climatológicas – de Ra a la Virgen de la Cueva – celebramos con palmitas los soles y sollozamos temblorosos ante las nubes. Si las predicciones anuncian lluvia, sabemos que no podemos venirnos abajo; es hora de ser fuertes y de encargar cantidades industriales de pizzas, DVDs de Mickey y dardos tranquilizantes.

(Post reeditado. Oct 2o1o)

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¿Qué le pasa en el cuello, madre?


Fue un breve movimiento, creo recordar, un simple pero vertiginoso estiramiento de brazo en modo latiguillo para evitar que Lapequeña metiera los dedos entre las puertas del ascensor, cuando de repente noté ese clac tan propio de las contracturas de trapecio. Cargada con el saco bolso en un hombro y la mano de Lamayor asida a la otra mano libre, me quedé enganchada en postura de semiflexión y así anduve unos pasos, como la madre de Maruja Jarrón, hasta que decidí dejar de hacerme la fuerte y sentarme en la acera a arañarme la cara y llorar desconsolada de dolor.

Como resultado del tirón llevo dos días emulando sin estilo ninguno a Robocop, absolutamente incapacitada para girar el cuello, mirar a ambos lados de mi cuerpo por si me atacan por los flancos hordas de enanos verdes o simplemente bajar la cabeza para comprobar si llevo los zapatos puestos. Mi universo entero se reduce a la visión frontal que me permite mi cabeza fosilizada. Si quiero mirar a derecha o izquierda, giro la cintura con los brazos en jarras como si estuviera bailando una muñeira y listo. No me pidan más.

Miamiga fisioterapeuta altamente bronceada me recomienda telefónicamente desde las playas de Cádiz ingerir antiinflamatorios y relajantes musculares a partes iguales. Prescindo de lo segundo porque me dejan con la misma actividad cerebral que una col y no me apetece nada derramar baba por las comisuras. Los antiinflamatorios me ayudan sobremanera y se convierten en mis mejores amigos. ¡Cómo los adoro y cómo los ingiero! También me recomienda calor pero a no ser que me enchufe la plancha directamente sobre el hombro damnificado lo veo difícil porque la manta eléctrica desapareció durante la mudanza y no me veo yo con cuerpo torero para ponerme a buscarla entre gritos e improperios, deshaciendo las cajas que aún viven en la habitación del caos.

Resignada me siento en el sillón mientras Lasniñas chillan a mi alrededor y se me enganchan a las piernas intentando treparme hasta la coleta. Cuando tiran del músculo enganchado bramo de dolor y ellas se asustan y se van. Soy clavadita a esas abuelas que se duermen en la cena de Nochevieja y sus nietos aprovechan para ponerles sobre el cuerpo espumillón y luces de navidad. La operación de escalada se repite dos veces más hasta que huyo, me encierro en el baño y cierro con cerrojo.

La mujer todopoderosa que trabaja en casa cuidándonos a todos me libera temporalmente de mis obligaciones maternales y baja al parque con Lasniñas. Loado sea el señor. Maltrecha salgo del váter, andando despacito y con cautela, como si pisara huevos frescos y temiera despachurrarlos sobre el parqué. Enciendo la tele, apago la tele, abro un libro, cierro el libro. Tiene narices que para una vez que tengo tiempo libre, carezca de actividad muscular para disfrutarlo.   

Me siento como si hubiese pasado por las manos de un taxidermista, erecta toda yo, hierática, tiesa como un palo de sombrilla y dolorida como si me hubiese volteado una vaquilla de pueblo. En plena desesperación recurro a la caja de Relaxilitos y me echo un par al coleto. Minutos después se me apaga la cabeza y dormito durante tiempo indeterminado. Soy incapaz de discernir si hubo o no derramamiento de baba. Lamento no poder dar detalles escabrosos.

Cuando Marido vuelve al hogar al grito de Vilmaaaa me encuentra vertida sobre el sofá y mimetizada con la polipiel cual tapete de ganchillo. Asustado y diligente corre a darme un masaje con crema en el hombro dolorido, máximo gesto de amor por su parte pues odia la crema más que a Hacienda o incluso que a las alcachofas, que ya es. El meneo me calma el dolor del hombro pero me deja un extraño dolor reflejo en las lumbares que ahora también me impide agacharme. Definitivamente, soy un dechado de agilidad y virtudes móviles. De repente me asusto mucho y pido al cielo que mi casa no se queme espontáneamente porque apenas tendría fuerzas para salir corriendo y salvar de las llamas la mesa de pino del salón y la yogurtera. Los relajantes musculares, oye, que me hacen pensar cosas muy raras.

Lasniñas entran en casa como en toriles pero antes de que vuelvan a intentar trepar sobre mi cuerpo como mozos sobre una cucaña, su padre les hace un placaje y se las lleva jolgorioso a la piscina. Ellas encantadas. Yo les digo adiós con la manita, en modo infanta, desde mi destierro en el sillón. 

El efecto del cóctel de medicamentos llega a su momento álgido y siento unas ganas locas de pinchar algo de Bob Marley. Sonrío bobaliconamente, tarareo canciones, quiero mucho a mis amigos. Si me viera capacitada para semiflexionar el brazo y encenderme un cigarrito ya sí que me sentiría la reina del afterhour doméstico.  Ventanas azules, verdes escaleras, muros amarillos con enredaderas ¿De dónde habré sacado yo esta poesía que me martillea la cabeza? Vuelvo a dormitar y sueño que comparto jarras y jarras de hidromiel junto a otros vikingos como yo. Qué extraños sueños. En esas me hallo cuando se me cae el cuello del cojín por la flojez que produce la extrarrelajación y me despiertan mis propios gritos de dolor.

Me pican mucho las plantas de los pies… ¿Hay alguien ahí? – grito mientras oigo mi propio eco en la lejanía. ¿Hola?… ¿Alguien puede ayudarme? Supernanny viene a rescatarme y me trae un vasito de agua fresca con pajita. Sonrío agradecida con los ojos llenos de candor. Esta mujer se acaba de ganar el cielo y dos días libres. Mientras se aleja vuelven a picarme los pies pero me aguanto, que no me gusta abusar.

Antes de que un agente judicial se presente en casa y me obligue a ingresar en la Betty Ford por mi uso y abuso de los relajantes, decido tomar las riendas de mi propio destino y llamo a un fisio de urgencia. Media hora después me planto en su consulta despeinada y con los ojos inyectados en sangre, conmocionada por el suplicio de conducir hasta allí. Me recibe el increíble Hulk con bata verde y unas manos como raquetas, plagadas de enormes dedos que ganarían sin dudarlo cualquier concurso de hortalizas gordas. Esto lo arreglamos en un momento, maja – oigo que dice instantes antes de desmayarme.  Una vez terminada la sesión de tecrujolcuerpo, el increíble Hulk me comenta riguroso su dictamen. Esto viene producido mayormente por demasiadas horas frente al ordenador – me dice. Maldito ratón – pienso compungida – si ya sabía yo que ser una madre 2.0 terminaría siendo una profesión de alto riesgo.

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¡¡Todo un sueño hecho realidad, señores!!

 

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Ideal y requete para regalar a la prima parturienta o para llevarse uno a la playa mientras se empapuza de arena cual croqueta. Eso sí, corran a por él, criaturas ¡¡no se vayan a agotar!! :)

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