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Mi querida fashion victim…


El día comienza a las 7:45h. Abro los ojos y los vuelvo a cerrar corriendo, apretándolos fuertemente y sonriendo agradecida al cielo, lámpara mediante, por no estar metida en el atasco. Me desperezo y plantifico presurosa un jersey XL sobre el camisón porque por las mañanas esta casa se trasmuta en un coqueto iglú con plaza de parking y videoportero. Feliz, la la lá, la lá por poder despertar a Lasniñas y llenarlas de besos matutinos, me dirijo a su habitación y subo la persiana mientras murmullo dulces palabras de amor.

– Chiquititas mías, mis pequeñitas, ya es de día, hay que ir al cole, a ver amiguitos, lá lará laritos, venga, que hay que despertarse…

Silencio absoluto.

– Pequeñitas, ¿dónde estáis? … ¡Pero bueno! Si no están… A ver, a ver, voy a investigar por las camas, quizá se hayan ido y tenga que salir corriendo a buscarlas…

Dos cabezas salen entonces de debajo de los edredones gritando al unísono una frase ininteligible y escondida entre tanto decibelio. Por tradición sé que dicen “que no, que no, que estamos aquí” Hasta ahí, bien. Mientras Lamayor se enrosca sobre sí misma, ligeramente reacia a abandonar el calorcito de la cama, yo visto a Lapequeña y le rechupeteo y mordisqueo los mofletes, algo que me es permitido siempre, excepto los días en que se levanta mohína y sin ganas de sintonizar con el mundo. Acto seguido cojo carrerilla, me santiguo tres veces como los toreros y encaro con valentía y prestancia de ánimo el caminito que lleva a la cama de Lamayor. Cual tendero de mercadillo comienzo a canturrear las bondades de la ropa que se va a poner.

– Huy qué bonita, pero qué bonita, pero queeeee bonita!!!! Un pantalón pitillo ideal con una camiseta rosa (este adjetivo es importante pronunciarlo en algún momento de la conversación para encontrar mejor predisposición por su parte) y preciosisisima ¿Has visto, peque?

– ¡No quiero!

– Pero si vas a estar guapísima

 – ¡No quiero!

– ¿Prefieres la de HellowKitty?

– ¡No quiero! 

– ¿Entonces la de Princesas? ¿La de Pocoyó?, ¿La de Iron Maiden?

– ¡No quiero! ¡Son todas muy feas! – dice mi pequeña princesa despeinada, mientras grita con los ojos inyectados en sangre y deja escapar culebrillas y sapos gordos por las comisuras.

Se inicia entonces el proceso de “me tiro al suelo – berreo – me voy a otra habitación – o mejor me encierro en el baño – me paso por otra habitación por si acaso queda algún vecino dormido – como nadie viene a buscarme me siento desatendida – y entonces lloro con más fuerza”.

– Pero, mi amor, ven – insisto sentada aún sobre su cama con la ropa en el regazo – ven y te dejo elegir los calcetines que tú quieras, te lo prometo.

Toma ya mi cesión en cosa insustancial, propia de esos cursos en habilidades de negociación que tanto gustan en las empresas.

– Yo sólo quiero ponerme el disfraz de Blancanievessssss – grita una voz iracunda, desde algún oscuro rincón entre Mordor y el armario del pasillo.

Como ven, la cosa empeora y yo sopeso tomarme un whisky.

Tras media hora de forcejeos, lloros, gritos lastimeros y amenazas tipo “te juro que te vas a la calle en pijama”, mi pequeña It girl accede a vestirse a regañadientes y aplazar el disfraz para el fin de semana. Cuando parece que la calma vuelve a reinar en la habitación, llega el momento de elegir peinado.

– Quiero dos coletas.

– Dos coletas no, mi vida, que luego se te mete el pelo en los ojos.

– Pues una trenza de raíz.

– Sí claro, con las horas que son… ¿No prefieres un moño italiano con las puntas en espiga?

Volvemos a llorar, pero esta vez lloramos todas. Ella por la trenza, yo por desquicie y Lapequeña por pura solidaridad. Cuando por fin accede a ponerse la cinta en la cabeza, observo con verdadero pavor que ha elegido una amarilla con topos verdes de entre todas las candidatas posibles, opción que no le va nada de nada con el modelo de hoy, me perdonarán ustedes. Sin apenas proponérmelo saco el personal shopper Josie que llevo en mí y le comento como por encima la posibilidad de elegir otra cinta argumentando serias incompatibilidades cromáticas.

– Pero a mí me gusta la de lunares, mami.

– Ésa va mejor para clase de baile, cariño, y baile no toca hasta el viernes – sentencio con el único fin de liarla por un momento y que se olvide de esa primera elección -. Mejor escogemos la blanca, que va con todo.

Una vez definido el dress code de hoy bajamos a desayunar, las siento en sus sillitas y delego el desayuno en manos de la mujer de alma cándida que me ayuda en casa. Aprovecho la discusión sobre qué cereales prefieren tomar para ducharme y después pasar la siguiente media hora sentada en la cama pensando qué ponerme para atravesar los escasos 500 metros que separan cole y guardería de la puerta de nuestra casa.

…No me gusta nada, qué ropa más fea tengo, qué asco de invierno, no sé qué hago poniéndome estos tristes vaqueros tan chic rústico, si a mí lo que me apetece en realidad es ponerme el wrap dress rojo con la espalda al aire que me compré para la boda de Elena…

Y es entonces, oh cielos, cuando caigo en la cuenta de cuán injusta he sido.

Camino del cole sonreímos pizpiretas y peladas de frío, yo con mi mega fantastic vestido rojo y Lamayor con el suyo de Blancanieves. Lapequeña nos mira atónita, ajena aún a este absurdo demonio que nos consume y que, por desgracia, casi siempre viste de Prada.

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