Síndrome de la incubación


En este nuestro espacio de hoy, amigos y amigas de mis entretelas, vamos a tratar un tema peliagudo y piriforme, algo eminentemente masculino que dista mucho de ser una pelota de fútbol o una lata de cerveza, lo digo por no generar falsas expectativas. Con ello pondremos a salvo de una vez por todas, la decencia y calidad moral de cuantos padres conocemos. Hombre ya.

Se trata del Síndrome de la incubación que afecta al organismo de los futuros padres mientras asisten expectantes a la llegada de un miniser. Consiste básicamente en la acumulación de síntomas solidarios con la gestante tales como el crecimiento abdominal, la angustia, el mono nicotínico, las nauseas y algún que otro trastorno emocional más.

Frente a la mujer en estado, el hombre pasa a un segundo plano, haciéndose borroso para amigos y familiares que juegan a despistarle e ignorarle por completo. En consecuencia se siente solo. En lugar de irse a su habitación a jugar a los clics y dramatizar sobre su reciente invisibilidad, el hombrepadre decide implicarse y mimetizarse con su entorno, adoptando costumbres y quejas típicas de la futura madre. Por ejemplo, los antojos. Es muy común que al futuro padre se le antoje salir escopetado los sábados noche a jugar al mus con sus amigos mientras la mujer se queda varada sobre el sofá mirándose embelesada la panza y preguntándose cómo demonios conseguirá hacer factible el equivalente pélvico a expulsar una sandía por la nariz. Tras la segunda copa y justo antes de envidar a pares, él también se lo pregunta, vaya que no,  y seguro que si por él fuera, entraba a buscar al miniser para hacerle salir pacíficamente, pero no se ve capaz y se retrotrae. Lógico.

Otro ejemplo claro es el insomnio. Tumbado mirando al techo cuan largo es, se sentirá incapaz de pegar pestañas en toda la noche ante lo inconmensurable del roncar ajeno. El diafragma de la embarazada, sobre todo si ésta se halla en el último trimestre de embarazo, tiende a espachurrarse contra todo órgano que pilla, debido a la presión que ejerce la bolsa que alberga al calentito miniser. Por ello y sólo por ello, esta bendita terminará produciendo unos sonidos guturales la mar de incómodos y desacostumbrados en su dormir principesco. Si el hombrepadre es clemente (ojo que seguimos sin hablar de fútbol) y consigue no despertarla enfurecido al grito de yastabien, mari, pordiosss, ya se ocupará de ello su futuro hijo/a con una oportuna patadita en las costillas. Desde ya hacen equipo, vete acostumbrando.

Dejar de hacer ejercicio, hincharse a bizcochos y yayitas con chocolate o zamparse unos colacaos desproporcionados después de cenar son otras de las consecuencias de este curioso síndrome solidario. Si engordas quince quilos es normal que el hombrepadre engorde otros tantos, si tenemos en cuenta que os pasáis la noche ambos dos mano a mano con el maxicubo de palomitas y el helado de cheescake. Cuidao que vais a explotar, criaturas.

De igual modo solidario intentará ayudar a Lamadre en el proceso de preparación del nido. Mientras ella compra patucos y bodies como si sufriese un tic nervioso, además de todos los artículos de celulosa del mercado, más cuna, cambiador, primera puesta, alcohol para el cordón y siete cajas de gasas, él se ocupará del coche. Cambiar el coupé tres puertas por el familiar es ardua tarea y conlleva un desgaste emocional que no todos superan con entereza. Notescondas, hombre, que lagrimillas se le escapan al más pintao.

Algunos padres llevan esta empatía tan al límite que creen sufrir del mismo modo los pesares, tormentos y otros dolores con que la madre naturaleza premia sólo a las mujeres. Sé de uno que a la mañana siguiente del parto, mientras ella apretaba los dientes y rezaba porque algún ángel bondadoso dejara caer sobre su cama una lluvia de morfina y derivados, o en su defecto una pesada maza que le golpease la cabeza y le hiciera dormitar, se levantó del sofá cama sujetándose con fuerza el costillar derecho y diciendo ¡Ay, Mami, a ver si viene el médico y nos da el alta porque en este sofá se duerme fatal. No sabes qué noche he pasado! … El amor, que todo lo ciega, y los puntos que tiraban mucho, impidieron que esta mujer se levantara furibunda y le clavara la vía en el rabito de la boina. Bien merecido lo tenía.

La verdad es que esta fase empática mola y sólo trae consecuencias positivas, si sabéis llevarlo bien y compartís sin enfados la mascarilla de pelo y el gloss de labios. Únicamente deberéis ponerla fin y desnudarla sobre el diván de alguien que fume en pipa, el día en que llegues a casa y veas a tu chico con uno de tus camisones y los rulos puestos, preguntándote de dónde vienes y quejándose porque no tienes en cuenta sus necesidades. Ahí ya no, Paco, que todo tiene un límite.

Entre chascarrillos y veladas puñaladitas, sirva este post para agradecer su inestimable colaboración en este lío a todo padre o ente que ejerza el sufrido rol paterno; alguien de manos grandes cuyos besos pinchen y cuyos hombros sean capaces de transportar miniseres en las excursiones pedestres sin que en el hueco de sus cervicales suene clac…

¡Gracias, salaos! Sin vosotros el mundo estaría mucho más vacío.

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