Por culpa de un bote de rímel


Esta mañana he descubierto algo escalofriante. Se me ha secado el bote de rímel. Ésta debería ser del tipo de frases hechas que describen grandes catástrofes, pero probablemente nadie que no haya pasado por ello podrá jamás imaginar cuánto encierran estas palabras.

Harta de no tener planes chulos para salir he decidido inventármelos, encerrarme en el baño durante una hora y salir altiva y decorada cual abeto navideño. En el armario esperaba un vestido negro de corte imperio que no veía luz solar desde la boda de Ana y Emilio y dos taconazos a juego. Decidida he mirado la lista de tudús de hoy esperando que me iluminara un rayo de sol guohóhó, pero sólo tenía dos entradas: “Ir al banco a entregar la declaración” y “Comprar toallitas”. Dado el atuendo me veía más suelta en Barclays que en el Carrefour así que para allá me fui, no sin antes revisar ante el espejo de la entrada mi moño italiano cruzado en zigzag.

Esperaba que al bajar del coche una suave brisa con olor a mar me despeinara el flequillo o que un desconocido me regalara flores, lo que sucediera antes, pero lo único que he conseguido ha sido torcerme un tobillo contra la esquinita de la acera y casi dejarme los dientes. La costumbre del zapato plano y el desuso por las alturas es lo que tienen. A pesar de todo, creo que he salido del percance con sobrada dignidad y apenas se me ha notado la cojera hasta llegar a la ventanilla dos.

Carlos Cabello y su placa reluciente de sobremesa se han quedado flipados al verme, como si la gente no fuese con pendientes de brillantes y pasmina a las diez de la mañana de un martes, hay que joderse. El trámite me ha llevado unos quince minutos en los que he podido aguantar como una garza sobre una sola pata, simulando una pose sensual a la par que sencilla, pero al encaminarme hacia la salida se me ha escapado un grito de dolor y un mediopaso tipo Chiquito. Horror: el tobillo damnificado había engordado casi tanto como Britney Spears entre tratamiento y tratamiento. Esta querencia mía a hacerme esguinces me gustaba más cuando me los hacía con tres copas encima bailando paquitoelchocolatero. Era mucho más digno. Dónde va a parar.

Tras dos intentos fallidos de posar con garbo el tobillo Spears sobre el embrague Seat, a la tercera lo conseguí sin marearme de dolor. Arranco y me digo: ahora, a echar el resto al carrefour, total, para una vez que salgo. Al llegar a la puerta del hiper me invade el desaliento. Con un boli entre los dientes y gesto contraído atravieso el control de entrada haciendo esfuerzos por andar derecha. A mi lado, cientos de siluetas similares a mí; lentejuelas y palabras de honor llenan los pasillos desde Hogar a Refrescos y bebidas. Éstas son de las mías, me digo, todas ellas de baja maternal desempolvando vestidos de fiesta. Me encuentro muy a gusto, pero es tarde y debo volver a casa. Completamente convencida de que no puedo dar un paso más, me siento sobre la acera del parking y llamo a Marido para que venga a por mí. Minutos después aparece sonriente y me sorprende tirada en la calle con el moño derretido sobre las sienes y tobillos de diferentes padres… y sin las toallitas. En ese mismo momento doy gracias a dios por no llevar rímel porque si no, los cercos negros bajo los ojos le habrían restado todo glamour a la situación.

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3 comentarios

Archivado bajo Ser madre

3 Respuestas a “Por culpa de un bote de rímel

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  2. Carlota

    ¡dios mio! este no lo había leido, lo he descubierto por un comentario de otra lectora. No es grande, es enooooorme!

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